La ola los sacó de su isla; ahora esperan volver a casa

Soraida Ballesteros perdió los cultivos de arroz, maíz y sandía que sostenían parte de la economía de su familia. Pese a las pérdidas, mantiene la esperanza de regresar a la isla donde vive desde niña. La Estrella
Por

  • 14/10/2026 00:00

Daddy Delgado escapó del avance del mar durante el terremoto y Soraida Ballesteros perdió los cultivos que debía cosechar ese día. En Isla Cañas, más de 300 personas evacuaron en menos de 40 minutos. Ahora, las familias esperan regresar a sus hogares y recuperar la vida que el sismo interrumpió

Daddy Delgado miraba hacia atrás mientras aceleraba la lancha. El mar avanzaba detrás de él por el estero y su compañero intentaba alejarse de la ola que entraba hacia la isla. Lo que comenzó como una jornada de pesca se convirtió, en cuestión de segundos, en una carrera para salvar la vida.

“Yo le había dicho al compañero que había un 90% de que iba a haber como un pequeño tsunami con este temblor que nunca lo habíamos sentido en esta costa”, recuerda el pescador.

Poco después, miró hacia la boca del mar y vio cómo el agua se levantaba desde la profundidad. La advertencia que acababa de compartir con su compañero se convirtió en una amenaza visible.

“Mire para allá. Mire la ola que viene”, le dijo.

El dueño de la lancha le pidió acelerar el motor a toda máquina. Daddy reaccionó y emprendió la huida.

“Yo solamente miraba para atrás y la ola venía porque ella entró por el estero. Yo venía para acá, la ola venía atrás de nosotros. Pero nunca nos alcanzó”, relata.

La ola entró por distintos puntos de la isla y avanzó por el estero. El pescador logró ponerse a salvo, pero la experiencia dejó una imagen que todavía recuerda: el agua avanzando detrás de la embarcación mientras intentaba escapar.

En tierra firme, otros habitantes enfrentaban la misma urgencia. El fuerte sismo alteró la vida de una comunidad que depende del mar y de la tierra para sobrevivir.

Más de 300 personas salieron de la isla en menos de 40 minutos

Los propios residentes organizaron una evacuación apresurada y trasladaron a más de 300 personas en menos de 40 minutos, según los datos recopilados para esta crónica. Muchas familias abandonaron sus viviendas sin alimentos, ropa ni otras pertenencias, ante el temor de quedar atrapadas.

“Cuando vimos el movimiento, no fue que nos evacuaron. Nosotros salimos”, explica Daddy.

Daddy Delgado, pescador de Isla Cañas, recuerda cómo escapó en su lancha de la ola que avanzó por el estero después del fuerte sismo. “La ola venía atrás de nosotros”, relató.

El pescador calcula que entre ocho y diez lanchas participaron en los primeros traslados, aunque otras embarcaciones también colaboraron. Los pescadores pusieron sus medios de trabajo al servicio de la comunidad para llevar a las familias hacia zonas más seguras.

La evacuación ocurrió por iniciativa de los propios habitantes, que no esperaron a que llegaran los organismos de emergencia para salir. En medio del temor y la incertidumbre, la prioridad era alejarse del peligro.

La salida permitió poner a salvo a los residentes, pero los obligó a dejar atrás sus viviendas, sus pertenencias y los cultivos que garantizaban el sustento de muchas familias.

En Isla Cañas, escapar significó abandonar mucho más que una casa: también quedaron atrás la tierra cultivada, el trabajo de meses y una forma de vida ligada al mar.

Isla Cañas: una vida ligada a la pesca y la agricultura

Isla Cañas está situada frente a la costa del distrito de Tonosí, al sur de la península de Azuero, en el océano Pacífico. Su economía depende principalmente de la agricultura, la pesca, el marisqueo y el turismo ecológico, actividades estrechamente relacionadas con sus playas, manglares y terrenos agrícolas.

Esa relación con la tierra y el mar explica parte de las pérdidas que dejó la emergencia. Para muchas familias, los cultivos representan alimentos para el hogar e ingresos para sostener a sus hijos y nietos. La pesca, por su parte, forma parte de la rutina y de la identidad de quienes viven en la isla.

El terremoto interrumpió ese equilibrio. Algunas viviendas sufrieron daños, mientras que los sembradíos de arroz, maíz y sandía quedaron afectados, según los testimonios recogidos.

La incertidumbre sobre el regreso aumenta la preocupación de los residentes, que necesitan conocer el estado de sus viviendas y las condiciones de los servicios básicos en la isla.

Para Soraida Ballesteros, la pérdida llegó justo cuando esperaba recoger los frutos de meses de trabajo.

Soraida perdió la cosecha y cuestiona la respuesta de Mulino

“Yo iba a cosechar ese día sandías y todo se me ha perdido”.

Soraida Ballesteros enumera las pérdidas sin apartarse de una certeza que repite como si necesitara recordársela a sí misma: “Lo importante es que nosotros estamos vivos”.

La mujer llegó a la isla cuando tenía siete años. Allí construyó su hogar y encontró en la pesca y la agricultura la manera de sostener a su familia. El arroz, el maíz, los frijoles y las sandías no eran solamente alimentos: representaban meses de trabajo y la posibilidad de obtener ingresos.

“Nosotros mismos trabajamos nuestro cultivo para nosotros comer y para vender también”, explica.

Soraida tiene siete hijos y 16 nietos. Su familia mantiene un vínculo profundo con la isla, donde transcurrió buena parte de su vida. Una de sus hijas vive fuera, pero ella no cuenta con otro terreno al cual trasladarse ni considera otro lugar como su hogar.

En medio de las pérdidas, también expresa su decepción con el presidente de la República, José Raúl Mulino, por la atención que, según su testimonio, recibió la comunidad después del terremoto.

Soraida recuerda que el mandatario manifestó que la isla sería atendida al final. Según su relato, el diputado fue una de las primeras autoridades que se acercó, mientras que el alcalde llegó el lunes, la noche anterior a la conversación.

Su reclamo refleja la preocupación de una comunidad que espera respuestas sobre la recuperación de las viviendas, los cultivos y los servicios básicos necesarios para regresar.

Pese a su inconformidad, Soraida reconoce la solidaridad de las personas que llevaron ayuda a las familias afectadas. Las donaciones comenzaron a llegar desde distintos lugares y, según cuenta, contribuyeron a cubrir las necesidades de quienes permanecen fuera de la isla.

“Hay mucha bendición de todos lados y está llegando”, afirma.

Los habitantes de Isla Cañas organizaron su propia evacuación tras el terremoto. Los pescadores utilizaron sus lanchas para trasladar a las familias hacia lugares más seguros.

La espera lejos de casa

Daddy y las demás familias desplazadas permanecen en un refugio ubicado en Sigua, en las Galeras del señor Lando Plata, mientras esperan indicaciones de las autoridades sobre el momento seguro para regresar.

Lejos de sus casas, intentan adaptarse a un espacio que no sustituye la intimidad ni las rutinas de sus hogares. La convivencia entre muchas personas, en una galera construida para ganados, la preocupación por los daños y la falta de una fecha para el retorno aumentan la tensión.

“Estamos allá por lo menos un poco seguros, pero también estamos incómodos. Es un lugar que no es de nosotros y ahí, aglomerado, el montón de personas que estamos allí, no nos sentimos bien”, manifiesta Daddy.

Aunque algunos habitantes desean regresar cuanto antes, la posibilidad de volver depende de las condiciones de seguridad y de la evaluación de los daños. La falta de agua y electricidad también impide recuperar la normalidad.

Soraida sabe que la espera puede prolongarse. No tiene otro terreno al cual trasladarse y quiere regresar al lugar donde ha vivido desde niña.

“Nosotros tenemos una, es de esta, esta es viviendo en esta isla y no tenemos tierra en otro lado”, expresó al hablar de su futuro.

La frase resume la incertidumbre de quienes no cuentan con una segunda casa ni con otra parcela donde empezar de nuevo. La isla es el lugar donde construyeron sus vidas y al que esperan volver cuando las condiciones lo permitan.

La convivencia en los albergues representa un desafío para los residentes, que dejaron atrás sus casas y rutinas y ahora comparten espacios mientras esperan respuestas sobre su futuro.

Mientras tanto, algunos residentes regresan durante el día para revisar sus viviendas, recoger objetos y limpiar los espacios afectados. Según Daddy, se organizan en grupos pequeños, de dos, tres o cuatro familias, y después vuelven al refugio para pasar la noche.

La rutina se repite entre la necesidad de comprobar los daños y la incertidumbre sobre cuándo podrán regresar definitivamente.

La emergencia también deja una carga emocional

La incertidumbre sobre las viviendas, las pertenencias y el futuro de la comunidad también afecta el ánimo de las familias que permanecen en el refugio.

“Hay mujeres que ya no pueden con la carga de pensar tantas cosas. Se quebrantan”, relata Daddy.

Según el pescador, profesionales de la psicología llegaron para brindar atención a los afectados. También mencionó una visita de representantes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La ayuda institucional y la solidaridad de otras personas representan un respaldo para quienes intentan afrontar las consecuencias de lo ocurrido. Sin embargo, la preocupación persiste mientras las familias esperan conocer cuándo podrán volver y cuánto tiempo tomará recuperar sus viviendas y sus medios de vida.

Soraida encuentra fortaleza en la fe. Habla de Dios y de la Biblia como fuentes de apoyo frente a una experiencia que nadie imaginaba. Su esperanza no borra el dolor por los cultivos perdidos ni la incertidumbre de permanecer lejos de su casa.

La mujer también recuerda la fuerza de la corriente durante la evacuación y agradece que el sismo ocurriera durante el día.

“Gracias le doy a Dios que él lo hizo que fuera de día, porque si hubiera sido de noche...”, dice, antes de recordar las dificultades que enfrentaron al intentar ponerse a salvo.

La gratitud por estar viva se mezcla con la memoria de lo ocurrido. No significa que el miedo haya desaparecido ni que las pérdidas materiales dejen de importar. Significa que, en medio de la emergencia, todavía encuentra motivos para pensar en el futuro.

Volver a la isla, recuperar la vida

Las familias evacuadas de Isla Cañas permanecen en albergues, a la espera de que las autoridades determinen cuándo podrán regresar a sus hogares de forma segura.

Daddy recuerda la ola que perseguía su lancha. Soraida piensa en las sandías que debía cosechar aquel día. Son dos imágenes distintas de una misma emergencia: una, la lucha por escapar del agua; la otra, el esfuerzo de una vida que quedó bajo el peso de las pérdidas.

Para ambos, volver significa mucho más que recuperar un techo. Implica regresar al lugar donde construyeron sus vidas, recuperar el trabajo y reconstruir las rutinas que el terremoto interrumpió.

En Isla Cañas, la pesca y la agricultura no son solo actividades económicas. Son parte de la vida diaria de una comunidad que depende de sus recursos naturales para alimentarse, generar ingresos y mantener sus hogares.

Por ahora, las familias esperan las evaluaciones y las indicaciones que permitan determinar cuándo será seguro regresar. También necesitan recuperar los servicios básicos y conocer las condiciones de sus viviendas y terrenos.

Daddy sobrevivió a la ola que avanzó detrás de su lancha. Soraida perdió una cosecha que esperaba recoger. Ambos comparten la incertidumbre de permanecer lejos de la isla que consideran su hogar.

La emergencia los obligó a salir, pero no borró su deseo de regresar. Mientras esperan una respuesta, la esperanza de recuperar su vida en Isla Cañas sigue intacta.