La otra cara del cáncer infantil: Arturo y las noches sin luz, sin paz y sin respuestas

El tratamiento oncológico infantil no solo exige tiempo y especialistas: también implica costos extremadamente altos. Puede llegar a medio millón de dólares.
  • 11/05/2026 22:48

Arturo, de nueve años, pasa las noches preguntándole a su madre si va a morir. Entre quimioterapias, carencias, conflictos familiares y el recuerdo de otros niños que no sobrevivieron. Esta segunda crónica retrata la batalla íntima de un niño que aprendió demasiado pronto a convivir con el miedo, la incertidumbre y la separación de sus padres

La noche cae entre cuatro paredes desnudas. Sin electricidad y bajo el persistente zumbido de los mosquitos, Arturo, de 9 años, busca el sueño junto a su madre, Ana. Los nombres son seudónimos, un resguardo necesario para proteger la identidad de los protagonistas de esta historia marcada por la fragilidad y el coraje. A su alrededor se instala una atmósfera pesada y desconcertante.

A diferencia de otros niños de su edad, Arturo no habita el espacio de la cama para proyectar fantasías o repasar las travesuras del día. Para él, el descanso es el umbral de una incertidumbre que ningún infante debería conocer. Entre las sábanas, su mente no vuela hacia cuentos mágicos, sino hacia la realidad de su diagnóstico: el cáncer y las fracturas familiares.

—Mamá, ¿me voy a morir? Y si muero, ¿qué será de ti? Y si sobrevivo, ¿a dónde vamos a ir?

Las preguntas lúcidas y temerosas, encuentran en Ana, su único receptor. Cada noche, Arturo revive el recuerdo de sus “compañeros de batalla” que ya no están, enfrentando la posibilidad de ser el siguiente. Su cama no es el inicio de los sueños, sino el inventario de las cicatrices que turban su niñez.

Un niño recibe tratamiento de quimioterapia en las instalaciones del Hospital del NiñoDr. José Renán Esquivel.
La llegada del diagnóstico

Con la firmeza de quien resguarda en sus manos su tesoro más preciado y con la sombra del dolor que eso conlleva, así es hablar con la madre de Arturo, Ana.

Desde su nacimiento y hasta poco antes de su diagnóstico, el pequeño de nueve años y cabello ondulado era la chispa de su pequeño pueblo. En su cuerpo habitaba la energía pura. Sus amaneceres eran como los de un “animal salvaje”, según relata su propia madre. Pero ese mundo agitado se vio convulsionado en diciembre de 2024. Su paz se vio quebrada cuando un grupo de doctores, sentados frente a la madre, pronunciaron una cadena de términos desconocidos e ignorados que culminaron en una sola frase que captó toda su atención: “Su hijo tiene leucemia”.

El diagnóstico trastocó sus vidas, pero incluso en ese instante, Ana no detuvo su determinación de salir adelante y soñar un mejor futuro para Arturo. La resiliencia se activó.

La historia de Arturo se narra en medio de un panorama médico con cifras relevantes: las leucemias se mantienen como el tipo de cáncer más frecuente en la población infantil de Panamá, concentrando cerca del 40% de los diagnósticos generales.

Y dentro de esta categoría, en su mayoría se diagnostican leucemias linfoblásticas agudas, una enfermedad que, aunque agresiva, tiene altas probabilidades de respuesta al tratamiento con una detección oportuna.

“Pensé que era un sueño. Nunca imaginé que mi hijo tuviera leucemia”, relata Ana como quien imagina realidad lejana.

“¿Me voy a morir?”, resonó la voz del niño en los oídos de Ana en su primer intento por explicar que el poder de vivir ahora estaría en sus manos. Que tendría que enfrentar un panorama que, en palabras de muchos, ningún niño debería vivir.

Arturo tendría que recibir quimioterapias y tratar de llevar una infancia lo más normal y feliz posible. Una realidad profundamente incompatible.

Además, meses antes había sido diagnosticado con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad).

Aun así, el inocente instinto de supervivencia del pequeño permanecía intacto, como si en sus manos yaciera la certeza de que todo estaba conquistado, incluso cuando su realidad aún no reflejaba el posterior panorama agotador.

La oncóloga pediatra Karina Quintero explica los desafìos y avances que enfrenta el sistema de salud en esta rama
Un sistema al límite: especialistas y costos

Actualmente, Panamá registra un porcentaje de supervivencia del 67%, pero acompañado de un esfuerzo titánico y mancomunado podría lograr un 90%. “Panamá ya avanzó, pero todavía está lejos de donde podría estar”, expresa la oncóloga pediatra del Hospital del Niño Dr. José Renán Esquivel.

Ante este reto, se abre el paso a uno de los grandes desafíos en la atención y posterior tratamiento oncológico para la infancia: la escasez de especialistas en esta rama. La dra. Karina Quintero explica que, aunque no considera este factor como una limitante en la asistencia médica de los pacientes, la necesidad es clara y palpable. “Nosotros requerimos de muchos especialistas. Específicamente, hablando de oncología pediátrica, somos cuatro”, señala.

Y los desafíos parecían extenderse como un hilo. En términos más precisos, Panamá solo cuenta con una cirujana oncóloga pediátrica.

El tratamiento oncológico infantil no solo exige tiempo y especialistas: también implica costos extremadamente altos. La doctora Quintero explica que algunos pacientes requieren terapias altamente especializadas, como el anti-GD2 utilizado para tratar neuroblastomas avanzados, cuyo valor puede alcanzar los $20 mil por vial y hasta medio millón de dólares por tratamiento completo. Sin embargo, insistió en que el diagnóstico oportuno puede marcar una diferencia enorme, ya que detectar el cáncer en etapas tempranas muchas veces permite tratarlo únicamente con cirugía y evita terapias mucho más complejas y costosas.

La especialista se apropia de una nota: “El tratamiento oncológico es muy costoso... Es más económico hablar de diagnóstico oportuno”.

Ana: la mujer fragmentada y el peso de la soledad

Desde hace un año y cuatro meses, Arturo se ha sometido a un sinnúmero de quimioterapias ambulatorias y hospitalización. Siempre ha estado acompañado de Ana, su madre. Se ha mantenido fuerte, con buena actitud y pocos efectos secundarios producto del fuerte tratamiento para liquidar el cáncer. Su inocencia permanece. Su sueño de ser policía crece.

Sufre la separación de su familia para someterse a sus tratamientos, pero el consuelo del reencuentro lo es todo. Arturo lucha por su vida, pero también la vive.

Ana es madre de tres hijos. Arturo es el menor de ellos. Es una mujer con la mirada fija en su rol de crianza. Sus ojos se iluminan fácilmente al hablar del amor por su hijo y la felicidad que le ha dado desde su llegada. “Arturo es mi mayor impulso. Es mi compañero pío pío”, expresa con una sonrisa cargada de humildad y pureza.

Ana heredó un pequeño emprendimiento de su madre en el pueblo donde nacieron. Lo administró durante tres años, hasta que la situación médica de su hijo le impidió continuar.

La calma de su semblante se quiebra al hablar de su contexto social y familiar. Su rostro, cabizbajo, refleja la desesperación de una madre por sobrevivir acompañada únicamente de la soledad de sus pensamientos. “Siempre he estado sola”, sentencia.

Y es que sus problemas familiares comenzaron tres años antes del diagnóstico de Arturo, cuando concretó su separación con el padre. Tras conocer la existencia de la enfermedad, intentaron retomar la relación por el bienestar familiar, pero los esfuerzos no dieron resultado: “Él no va a cambiar”, expresa Ana.

Como el padre de Arturo es el dueño de la propiedad donde residen, continuaron viviendo bajo el mismo techo: “juntos, pero no revueltos”, en ese entonces.

Después, en julio de 2025, el instinto de madre tomó el control. Ana presentó una denuncia contra el padre de Arturo. “Nunca me ha tocado, pero la violencia psicológica, la falta de sustento económico como figura paternal y sus vicios no los aguanto más”. La denuncia se mantiene en investigación.

Las autoridades ordenaron el desalojo del padre y otorgaron una medida de alejamiento. Sin embargo, surgió una nueva incertidumbre: Ana podía permanecer en la vivienda —que está a nombre del padre— solo mientras Arturo complete su tratamiento.

“¿Qué pasará después?” Esa es una de las preguntas que Ana no puede responderle a su hijo cada noche en su cama.

La casa, que fue adaptada para mejorar la calidad de vida de Arturo mediante un proyecto social, no cuenta con electricidad debido a la negativa del padre de firmar los permisos necesarios.

Arturo sobrevive entre calurosas paredes de cemento y el fogaje que arde en su cuerpo como efecto atosigado del tratamiento contra la enfermedad.

“Adora a su padre”, dice él, pero denota una carga que nubla su infancia: pensar en la muerte y sentir constantemente la angustia de su madre.

Ana baja la mirada y sus lágrimas ya no se esconden: “A veces no entiendo las leyes de este país”. “Siempre estoy sola. Me quiebro sola para que él no me vea llorar”, lamenta.

Arturo no sueña con mundos mágicos. Maneja con serenidad el concepto de la muerte. Lucha contra el cáncer, pero también contra una posibilidad que de quedarse sin techo, arrebatado por su padre, que está amparado por la ley.

Hoy, con nueve años, ha retomado sus estudios con el apoyo de su escuela. Cumple con sus quimioterapias puntualmente en el Hospital del Niño. Recibe atención psicológica para calmar las inquietudes de un destino que no decidió vivir, pero que afronta con tenacidad. Sin embargo, cada noche, acostado en su cama, recuerda a sus compañeros de lucha y repite como una línea interminable: “Mamá, ¿y si me muero...?”.

Dra. Karina Quintero
Oncóloga pediátrica
El tratamiento oncológico es muy costoso... Es más económico hablar de diagnóstico oportuno”