La zafra de los cuerpos: memoria, juventud y esclavismo

La juventud ocupa un lugar central en la investigación sobre las formas contemporáneas de trabajo y las relaciones históricas de poder en la economía de plantación.
  • 11/10/2026 00:00

Se ha llamado violencia lenta a aquellas formas de daño que se acumulan gradualmente y cuyos efectos pueden resultar difíciles de percibir dentro de una escena cotidiana

Memoria, juventud y el continuum esclavista en el monocultivo de la caña. Detrás de la blancura granulada que endulza la cotidianidad en las mesas de Panamá, de Colombia y del continente, subyace una amargura histórica que todavía resulta difícil de digerir. Recuerdo, desde la herida de la infancia, la llovizna negra que caía junto al rocío y aquellas noches antorchadas en las que los campos ardían hasta convertir el aire en un residuo espeso. Ignorábamos que aquel vuelo despistado de partículas negras que terminaba en nuestro café era también la caracha de seres consumidos por el tiempo. Muchos años después, esa memoria vuelve convertida en pregunta ¿qué cuerpos hicieron posible la caña que hoy vemos? ¿Cuántos fueron utilizados como abono para sembrarla?

La pregunta abre una lectura distinta de los paisajes del azúcar. La caña puede contemplarse como cultivo, mercancía e industria, como lujo y buen sabor, pero también como una forma histórica de organizar territorios, cuerpos y tiempos. En Panamá, su presencia se remonta al periodo colonial y hacia mediados del siglo XVI la producción azucarera ya estaba vinculada con circuitos económicos y territoriales asociados al Camino de Cruces.

En el suroccidente colombiano, especialmente en el Valle del Cauca, el monocultivo adquirió una dimensión territorial extraordinaria y terminó incorporándose a una determinada idea regional de progreso, productividad y modernización. Entre ambos espacios existe una historia conectada por las formas mediante las cuales la economía de plantación transforma el territorio y convierte determinadas vidas en condición de posibilidad de la riqueza.

Cuerpo-caña: ontología del monocultivo

Esta es la preocupación que atraviesa mi investigación doctoral, es decir, leer a contrapelo los paisajes de la caña para reconocer en ellos las huellas de una historia esclavista que ha cambiado de forma y de lenguaje. La esclavitud abordada o sentipensada como institución jurídica y como régimen histórico, expone efectos que también pueden rastrearse en relaciones posteriores de explotación, racialización, apropiación territorial, regulación corporal y administración desigual del tiempo.

Desde esta perspectiva, la plantación aparece como un archivo vivo, una estructura capaz de conservar y actualizar determinadas jerarquías mientras modifica los mecanismos mediante los cuales las reproduce. La violencia cambia entonces de apariencia, y su persistencia se reconoce en la manera en que ciertos cuerpos continúan siendo disponibles para sostener ciclos productivos que exigen juventud, resistencia y reemplazo.

Aquí adquieren emocional importancia las juventudes. En la gramática histórica de la plantación, ser joven ha significado con frecuencia disponer de un tiempo corporal que puede ser administrado, utilizado y comprometido antes de que llegue a convertirse plenamente en proyecto propio. La Ley de Libertad de Vientres de 1821 ofrece un ejemplo elocuente: los hijos e hijas de mujeres esclavizadas nacidos después de su promulgación fueron declarados libres, aunque quedaron obligados a permanecer vinculados al patrón hasta los dieciocho años.

La libertad jurídica convivía así con una servidumbre diferida que capturaba precisamente los años de mayor vigor. Esa tensión permite comprender la juventud como una tecnología colonial del tiempo, una categoría cuya definición histórica también ha servido para ordenar quién puede disponer de su futuro y quién debe entregarlo anticipadamente.

Juventud: tecnología colonial y mercancía sintiente

En el presente, esa administración desigual del tiempo adopta otras formas. La precarización laboral, la subcontratación y el pago por destajo pueden producir cuerpos disponibles para el ciclo productivo, especialmente allí donde las condiciones sociales reducen las posibilidades de elección. El joven trabajador aparece entonces como una mercancía sintiente: siente el cansancio, el calor, el dolor y la incertidumbre, mientras su cuerpo es incorporado a una maquinaria que necesita rendimiento y reemplazo.

La noción de muerte social propuesta por Orlando Patterson (1982) permite profundizar esta lectura al mostrar cómo determinados regímenes de dominación producen sujetos separados de su autonomía histórica y de sus posibilidades de inscripción social. En el universo de la plantación, el problema del trabajo toca así una cuestión más profunda: la disputa por el tiempo que una persona puede reconocer como suyo.

Con la caña, se observa esa disputa porque el paisaje mismo conserva sus marcas. La quema tiene una función productiva concreta, pero también produce una experiencia sensible de pérdida: humo, ceniza, calor, desaparición de otras formas de vegetación y transformación de la memoria del territorio. Rob Nixon (2011) ha llamado violencia lenta a aquellas formas de daño que se acumulan gradualmente y cuyos efectos pueden resultar difíciles de percibir dentro de una escena cotidiana.

En los paisajes del monocultivo, esa lentitud puede leerse en el agotamiento del vigor, en la alteración de los ecosistemas y en la exposición desigual de las comunidades a los costos ambientales de la producción. La geometría ordenada de las plantaciones expresa así una determinada economía del territorio, mientras aquello que queda fuera de esa geometría, otras plantas, otros saberes, otras memorias, otros cuerpos, corre el riesgo de convertirse en residuo.

Llegar hasta esas historias exige también interrogar el archivo. Los documentos conservan rastros, pero distribuyen de manera desigual la posibilidad de hablar. En las huellas de la esclavitud y en las narrativas contemporáneas de la agroindustria aparecen silencios, ausencias y voces registradas desde posiciones institucionales determinadas. Por eso la investigación recurre a la fabulación crítica de Saidiya Hartman (1997/2008) como una práctica capaz de aproximarse a aquello que el documento deja en penumbra, manteniendo una responsabilidad ética frente a la historia. La ficción puede convertirse en una forma de conocimiento cuando trabaja sobre materiales históricos, desplaza las jerarquías del archivo y ensaya posibilidades de lectura para vidas cuya experiencia quedó parcialmente fuera de los registros oficiales.

Colombia–Panamá: cartografía del despojo común

La perspectiva permite poner en relación Colombia y Panamá desde una cartografía más amplia del despojo. La historia azucarera del istmo, las transformaciones territoriales del Valle del Cauca, las experiencias de comunidades expuestas a distintas formas de riesgo muestran la capacidad transnacional de la economía de plantación para reorganizar territorios y distribuir de manera desigual beneficios y costos. Allí donde determinados cuerpos y comunidades aparecen como más expuestos, la vulnerabilidad revela una construcción histórica que vincula cuestión ambiental, cuestión racial y economía territorial.

La pregunta por la esclavitud adquiere así otra dimensión cuando se observa su persistencia en prácticas, relaciones y temporalidades que utilizan otros nombres. El continuum esclavista que orienta esta investigación designa esa transformación histórica y la asume como una forma de dominación que puede abandonar el vocabulario jurídico de la esclavitud y conservar, bajo condiciones renovadas, relaciones de apropiación del cuerpo, del trabajo, del territorio y del futuro.

En ese recorrido, la ceniza de la infancia se convierte en una entrada al archivo, y la investigación busca seguir esas partículas entre la plantación y la ciudad, entre el documento y la memoria, entre la estadística y la ficción, hasta encontrar las formas en que la historia continúa alojándose en los cuerpos jóvenes, amargamente. Tal vez allí resida la pregunta que nos deja el azúcar, ¿qué formas de esclavismo aprendieron a sobrevivir después de que dejamos de llamarlas esclavitud? Mientras podamos formularla, el paisaje de la caña seguirá teniendo algo que decirnos, y la dulzura del azúcar ya no podrá separarse de la historia de los cuerpos que la hicieron posible.

El autor es Científico Social. Académico de la Universidad de Manizales, Colombia

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