Más que un desfile: Las Tablas y la celebración de la pollera
- 17/01/2026 15:22
El sonido de los aplausos se mezcla con la música típica y con el murmullo constante del público que observa, comenta y señala detalles. No se trata solo de ver pasar polleras: se trata de reconocerlas.
Las Tablas no amanece igual cuando llega el Desfile de las Mil Polleras. Desde temprano, el pueblo comienza a latir con un ritmo distinto.
Las calles se llenan de pasos apurados, de telas que se ajustan con cuidado y de miradas que buscan no llegar tarde a una cita que, más que anual, parece heredada. El sol aún no alcanza su punto más alto cuando ya es imposible ignorar que este no es un día cualquiera.
A un lado del recorrido, mujeres de distintas edades terminan de acomodarse los tembleques frente a pequeños espejos improvisados. Algunas lo hacen solas; otras, acompañadas por madres, tías o amigas que revisan cada detalle con precisión. No hay prisa visible, pero sí concentración. Cada pollera lleva horas, meses y, en muchos casos, años de trabajo. Cada una carga una historia que no siempre se dice en voz alta, pero que se nota en la forma en que se camina.
Cuando el desfile comienza, Las Tablas se convierte en un escenario vivo. El sonido de los aplausos se mezcla con la música típica y con el murmullo constante del público que observa, comenta y señala detalles. No se trata solo de ver pasar polleras: se trata de reconocerlas. De distinguir bordados, encajes, colores y estilos que hablan de regiones, de familias y de tradiciones que se resisten al olvido.
Entre las participantes hay nervios, emoción y orgullo. Algunas desfilan por primera vez; otras repiten el recorrido con la misma ilusión de la vez inicial. “Esto no se cansa”, dice una de ellas antes de avanzar, mientras ajusta el faldón y respira profundo. El desfile no es una competencia, pero cada paso se da con la conciencia de estar representando algo más grande que una vestimenta.
El público responde con la misma intensidad. Familias completas se acomodan bajo sombrillas o buscan la sombra donde se pueda. Hay turistas que observan con asombro, cámaras en mano, sorprendidos por la cantidad de detalles y por la solemnidad alegre del ambiente. Para muchos, El Desfile de las Mil Polleras es una primera aproximación al folclore panameño; para otros, es una tradición que se repite año tras año sin perder fuerza.
En medio de esta celebración popular también se hacen presentes figuras del ámbito institucional y diplomático. Autoridades, representantes culturales y embajadores acompañan el recorrido desde áreas asignadas, integrándose a un evento donde los protocolos ceden protagonismo frente a la expresión cultural. Su presencia confirma que el desfile trasciende lo local y se proyecta como una vitrina de identidad nacional.
Pero más allá de los cargos y los saludos formales, el protagonismo sigue siendo de quienes caminan. De las manos que sostienen con firmeza los accesorios, de las miradas que buscan a alguien conocido entre el público, de las sonrisas que aparecen cuando el cansancio empieza a sentirse. El calor no da tregua, pero tampoco logra apagar el ánimo.
Los artesanos, ubicados en distintos puntos, observan con atención. Algunos reconocen piezas hechas por ellos mismos; otros ven pasar trabajos similares al suyo y asienten con respeto. Su labor, muchas veces silenciosa, se hace visible en cada pollera que avanza. Sin sus manos, el desfile no existiría tal como se conoce hoy.
A medida que el recorrido avanza, Las Tablas confirma por qué sigue siendo el epicentro de esta celebración. No es solo el lugar, es la forma en que el pueblo se involucra, cómo cada esquina se convierte en punto de encuentro y cómo el desfile logra reunir a generaciones enteras en un mismo espacio. La tradición no se observa desde lejos: se vive.
Cuando las últimas participantes pasan y el sonido de los aplausos comienza a disminuir, queda una sensación compartida. La de haber sido parte de algo que no se agota en una mañana ni en un desfile. El Desfile de las Mil Polleras vuelve a recordarle al país que la identidad no se guarda, se muestra. Y en Las Tablas, una vez más, se mostró con orgullo.