Terremoto en Panamá: los testimonios y las grietas en Azuero

Las réplicas se sintieron durante el día. Con el paso de las horas, los movimientos comenzaron a formar parte de una nueva rutina, aunque cada sacudida recordaba que la emergencia no había terminado Erick Marciscano | La Estrella de Panamá
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  • 12/10/2026 07:09

La Estrella de Panamá viajó a las zonas del epicentro del terremoto del pasado viernes. Los residentes narran lo que vivieron cuando la tierra tembló y, dos días después, se siguen registrando réplicas. El Gobierno inicia la reconstrucción de las comunidades

A las 5:30 de la mañana, Don Toto llegó a su carnicería en Tonosí. Tenía cerdo para vender desde el viernes. El pueblo apenas comenzaba a despertar. Él, a sus 74 años, intentaba retomar una rutina que el terremoto del viernes interrumpió de golpe.Desde 1997 mantiene su negocio.

Pero esta vez, además de pensar en las ventas, esperaba que regresaran el agua y la electricidad. La falta de ambos servicios complicaba la vida diaria y mantenía a los residentes pendientes de cuándo podrían recuperar algo de normalidad.

El temblor lo sorprendió mientras preparaba el almuerzo en su casa. Su esposa y su nieto estaban allí. Cuando sintió que la tierra se movía, intentó proteger al niño y sacarlo del lugar, pero cayó hacia atrás. Su esposa también cayó en el portal y tuvo dificultades para levantarse.

Yo no había visto eso en la vida que tengo —recordó, mientras miraba un nuevo amanecer en la plaza central del Tonosí, en dónde duermen todas las noches decenas de personas por temor a que las replicas provoquen daños en sus viviendas.

La casa quedó con grietas, una señal visible de lo ocurrido que ahora obliga a la familia a preocuparse por la seguridad de la estructura.—No tenemos agua, no tenemos luz —dijo Don Toto.

Las réplicas se sintieron durante el día. Con el paso de las horas, los movimientos comenzaron a formar parte de una nueva rutina, aunque cada sacudida recordaba que la emergencia no había terminado. Como otros residentes, Don Toto agradecía que el terremoto ocurriera de día.

La posibilidad de que los sorprendiera mientras dormían le hacía pensar en consecuencias aún más graves.

En Búcaro, el suministro de agua era una de las principales preocupaciones. Los residentes señalaban las tuberías desplazadas y los daños en la conducción del acueducto rural
Ante el deterioro de las vías habituales, los potreros comenzaron a utilizarse como rutas alternas para rodear los tramos afectados y evitar las grietas
Una misa al aire libre en medio de la incertidumbre

El domingo, la vida comunitaria buscó también un espacio para continuar. En Tonosí, los pocos feligreses participaron en una misa al aire libre, mientras el pueblo intentaba encontrar calma después de los momentos de miedo.

La escena contrastaba con las carreteras dañadas y la preocupación que todavía acompañaba a las familias. Para muchos, el terremoto no solo dejó grietas en las viviendas y dificultades para desplazarse; también alteró la sensación de seguridad con la que comenzaban cada día.

Búcaro: casas y caminos marcados por el terremoto

A las ocho de la mañana del domingo, Búcaro parecía un pueblo fantasma. Las puertas de las casas permanecían abiertas, tal como quedaron cuando sus habitantes salieron el viernes. En la calle, principalmente hombres recorrían la comunidad con recipientes en busca de agua potable.

Las viviendas y el terreno mostraban las consecuencias de la sacudida. En las carreteras, el asfalto se partió en grandes bloques y algunos tramos cedieron junto a las laderas. En uno de ellos, parte de la calzada se desprendió hacia el desnivel y dejó apenas una franja estrecha para el paso de los vehículos.

Las grietas, los hundimientos y la erosión obligaban a avanzar con cautela. En los caminos de tierra y grava, palos, plásticos amarillos y sacos servían como advertencias improvisadas para señalar los sectores peligrosos.

Ante el deterioro de las vías habituales, los potreros comenzaron a utilizarse como rutas alternas para rodear los tramos afectados y evitar las grietas. Esos pasos improvisados permitían buscar una salida, aunque no eliminaban las dificultades para entrar y salir de la comunidad.

En algunos puntos, los hombres se detenían a observar los hundimientos y los montículos de tierra que evidenciaban el desplazamiento del terreno. Cada desvío era una respuesta práctica a un problema que afectaba la movilidad y complicaba el acceso a las comunidades.

Las casas de Búcaro también reflejaban la fuerza del terremoto. La sacudida alteró la vida de una comunidad costera donde, cuatro días después, todavía había vecinos concentrados en resolver necesidades básicas antes de pensar en recuperar la rutina.

El Hospital General Dr. Cecilio A. Castillero (ubicado en la Avenida Carmelo Spadafora, Chitré, provincia de Herrera).
Los pacientes se mantiene en las áreas públicas ante los riesgos de réplicas constantes.
El agua, la urgencia de cada día

En Búcaro, el suministro de agua era una de las principales preocupaciones. Los residentes señalaban las tuberías desplazadas y los daños en la conducción del acueducto rural. Cerca de la costa, una cuadrilla intentaba reparar la toma de agua mientras otros vecinos buscaban recipientes para transportar el líquido.

El agua es lo primordial —explicó uno de los residentes.

La frase resumía una necesidad que atravesaba la jornada de la comunidad. Sin agua, las tareas más sencillas se convertían en un problema y la recuperación de la vida cotidiana parecía todavía lejana.

Los vecinos también recordaban que, tras el terremoto, temieron por la posibilidad de que llegara una ola, luego de observar que el mar se retiraba. Ante la incertidumbre, las familias se organizaron por cuenta propia para abandonar sus casas y buscar terrenos más altos.

—Nosotros nos evacuamos nosotros mismos. Esto fue idea de nosotros —dijo un residente.El hombre, que llevaba una gorra color chocolate y una funda para machete, encabezaba una cuadrilla que intentaba reparar la toma de agua del acueducto rural. Mientras participaba en los trabajos, cuestionó que, según su testimonio, no vio una comisión recorrer el lugar para levantar un censo de las familias afectadas y conocer sus necesidades.

El temblor terminó, pero sus consecuencias seguían presentes en los caminos, las viviendas y las preocupaciones de cada familia.
Todos coincidían en agradecer que el terremoto ocurriera de día. Pensaban en lo que pudo pasar si la sacudida los sorprendía mientras dormían, sin tiempo para salir de sus casas.
La Cacica espera que llegue la ayuda

En La Cacica, un sector rural cercano a El Valle de Tonosí, las familias seguían pendientes de la asistencia que esperaban de las autoridades. Cada auto que igresaba tenpían la esperanza de que la ayuda estaba por llegar. Según los residentes, hasta ese momento solo se había realizado una inspección.

La incertidumbre se mantenía en las viviendas afectadas, mientras los habitantes aguardaban respuestas sobre la ayuda prometida y los pasos necesarios para atender los daños. La inspección representaba un primer contacto, pero las familias todavía esperaban que la evaluación se tradujera en asistencia concreta.

En el mismo sector vive Sabina Gutiérrez, quien está por cumplir 75 años. El terremoto la sorprendió mientras preparaba el almuerzo y cuidaba a un niño. El arroz estaba listo y ella se disponía a freír pescado cuando sintió el movimiento y escuchó un estruendo.Salió de la cocina llamando al pequeño, pero cayó en el pasillo. Intentó levantarse para ayudarlo mientras el niño avanzaba casi gateando.

—Ay, mamá, vamos a morir, vamos a morir —decía el pequeño.

—No, no vamos a morir nada —le respondió Sabina.

Finalmente, logró salir con él. Su hijo, quien acompañó el recorrido, también describió cómo se escuchó que venía el terremoto.

Para Sabina, aquellos segundos quedaron ligados al esfuerzo de proteger al niño en medio de una sacudida que convirtió una tarea cotidiana en una situación de peligro.

Mantener la atención médica ha sido relevantes para las madres y sus recién nacidos.
Muchas de las iglesias emblemáticas de Chitré sufrieron fuertes daños estructurales,

Cuatro días después, la espera continúa. En Tonosí, Don Toto intentaba mantener abierto su negocio mientras esperaba el regreso del agua y la electricidad.

En Búcaro, los vecinos buscaban agua y utilizaban potreros como rutas alternas ante las carreteras partidas. En La Cacica, las familias aguardaban que la inspección diera paso a la ayuda que esperaban de las autoridades.

Todos coincidían en agradecer que el terremoto ocurriera de día. Pensaban en lo que pudo pasar si la sacudida los sorprendía mientras dormían, sin tiempo para salir de sus casas.

El temblor terminó, pero sus consecuencias seguían presentes en los caminos, las viviendas y las preocupaciones de cada familia. Entre grietas, falta de servicios y espera, los habitantes de Tonosí intentaban recuperar la seguridad de sus hogares y la tranquilidad de sus vidas.