Treinta días después del terremoto, Rosa todavía espera recuperar su vida
- 08/11/2026 16:01
En Hicaco, distrito de Soná, una familia intenta recuperar la normalidad después del terremoto del 9 de octubre. Rosa pasó más de tres semanas refugiada bajo lonas, perdió pertenencias y todavía espera ayuda para reconstruir su cotidianidad
La tierra dejó de moverse, pero para Rosa la vida todavía no vuelve a estar en su sitio.
El terremoto del 9 de octubre duró apenas 45 segundos. Lo suficiente para alterar la tranquilidad de su hogar, sacar a sus cinco hijos de la rutina y convertir la incertidumbre en parte de sus días.
Tiene 34 años y vive en Hicaco, corregimiento del distrito de Soná, en Veraguas. Antes del sismo, su vida transcurría entre la casa, sus hijos y el trabajo que realizaba junto a su compañero en la pesca y la recolección de moluscos. No tenía grandes comodidades, pero contaba con algo que ahora extraña: la posibilidad de vivir sin preguntarse qué ocurriría al día siguiente.
La casa donde vivía no llegó por un regalo ni por una solución del Gobierno. Fue el resultado de años de esfuerzo familiar. Levantaron poco a poco aquella vivienda, con recursos propios y la esperanza de tener un lugar seguro para criar a sus hijos.
El 9 de octubre, cuando comenzó el terremoto, Rosa era la única persona dentro de la casa. Sus cinco hijos estaban afuera. En medio del movimiento de tierra, pensó en lo que podía ocurrir. Sobrevivió. Sus hijos también.
“Yo le doy gracias al Señor primeramente porque de repente, en un terremoto, pudimos todos estar muertos. El Señor nos cubrió con sus manos preciosas”, recuerda.
Pero sobrevivir fue apenas el comienzo de otra historia.
Tres semanas bajo lonas
Después del terremoto, Rosa y su familia abandonaron la vivienda. No tenían certeza de cuándo podrían regresar ni de lo que encontrarían. Buscaron refugio en un potrero de Carrizal, donde coincidieron con otras personas que también dejaron sus casas.
Allí extendían lonas sobre el suelo para pasar la noche. Bajo aquellas cubiertas improvisadas dormían Rosa, su madre, sus hijos y otros familiares. No era una solución permanente. Era lo que tenían.
Permanecieron en ese lugar durante más de tres semanas. Luego, una mujer les ofreció su casa por algunos días. La solidaridad de aquella persona les permitió encontrar un techo temporal mientras continuaban las réplicas.
Finalmente regresaron a Hicaco, pero volver a casa no significó recuperar lo perdido.
Los colchones quedaron mojados y se dañaron. Parte de la ropa tampoco pudo salvarse. La estufa que ahora utiliza llegó como regalo de una familiar de su cuñado. La anterior apenas funcionaba y la obligaba a esperar para cocinar los alimentos por partes.
“La estufa esa la tengo porque me la regaló una esposa de mi cuñado”, cuenta.
Son objetos que pueden parecer pequeños frente a la magnitud de un terremoto, pero para una familia que intenta recuperar su cotidianidad representan diferencias concretas.
En Hicaco viven 2,007 personas, según las estimaciones de población de 2023. Ese mismo año, el corregimiento registró una incidencia de pobreza multidimensional de 40, de acuerdo con los indicadores territoriales. La cifra ofrece una referencia sobre las condiciones sociales de la comunidad antes del terremoto, donde las dificultades económicas y laborales también forman parte de la realidad de muchas familias.
Para Rosa, esa realidad tiene nombres concretos: colchones que ya no sirven, ropa que necesita reponer y una actividad económica que todavía intenta reorganizar.
Cinco hijos y una vida distinta
La emergencia también alcanzó a los cinco hijos de Rosa. Uno estudia en secundaria y los otros cuatro cursan primaria. Después del terremoto, los niños recibieron módulos escolares para continuar sus actividades académicas desde casa.
Rosa intenta acompañarlos con las tareas mientras espera que los docentes recojan los materiales para calificarlos.
La escuela sigue, pero en condiciones distintas. Los niños permanecen en casa y la madre debe dividir su tiempo entre las necesidades familiares y el acompañamiento educativo.
La economía tampoco encuentra todavía un camino claro. La actividad que realizaba junto a su compañero, vinculada con la pesca y la recolección de almejas y otros moluscos, formaba parte del sustento familiar. El terremoto alteró esa dinámica y Rosa todavía intenta comprender cómo reorganizar su vida.
Los indicadores de Hicaco correspondientes a 2023 registran un valor de 30.06 en precariedad del trabajo y 22.51 en desempleo. Son datos anteriores al terremoto, pero ayudan a entender el contexto económico de una comunidad donde recuperar los ingresos y reponer los bienes perdidos puede convertirse en una tarea difícil.
“A veces quedo en el aire, como que no sé qué ha pasado”, dice.
Tiene quinto grado de primaria. Su relato no utiliza términos técnicos para describir la recuperación después de un desastre. Habla de colchones mojados, ropa dañada, una estufa regalada y cinco niños que necesitan continuar sus estudios.
En esas palabras aparece una dimensión de la emergencia que los balances oficiales no siempre consiguen reflejar: lo que significa comenzar de nuevo cuando los recursos son limitados.
La espera que también duele
A un mes del terremoto, Rosa asegura que no recibió asistencia para recuperar los enseres que perdió. Tampoco, según su testimonio, recibió una visita para evaluar su situación familiar y las condiciones de su vivienda.
Escuchó que el representante del área realizó inspecciones en otros sectores, pero dice que su comunidad todavía espera respuestas.
“Nadie nos vino a apoyar”, afirma.
No habla de grandes exigencias. Menciona un colchón, artículos para la casa y la posibilidad de recuperar parte de lo que perdió.
En su relato no hay una fecha para la reconstrucción ni una respuesta concreta sobre lo que ocurrirá. La familia intenta seguir adelante con lo que tiene.
“Yo decidí que pasábamos como Dios pudiera, como el Señor nos tuviera a nosotros”, expresa.
La fe es su manera de enfrentar una situación que todavía no comprende. Rosa habla de Dios con frecuencia. Agradece haber sobrevivido y considera que el terremoto también debe servir para que las personas reflexionen sobre sus vidas.
Pero su fe no elimina las dificultades. Puede agradecer por seguir viva y, al mismo tiempo, sentir dolor por lo que perdió.
Cuando se le pregunta qué cambió durante el último mes, Rosa no necesita mucho tiempo para responder.
“Para muchos como que no ha pasado nada, pero para mí sí, porque yo no tengo la facilidad de tener como tenía anteriormente”.
La frase revela dos realidades que conviven después de un desastre. Para quienes no perdieron su vivienda, sus pertenencias o sus medios de subsistencia, el paso de los días puede representar el regreso a la normalidad. Para quienes tuvieron que abandonar sus casas, dormir bajo lonas y regresar sin recuperar sus condiciones de vida, el calendario no marca el final de la emergencia.
Rosa todavía siente temor. Habla de las réplicas y de una sensación de inseguridad que no desaparece. Dice que sigue con Dios, pero reconoce que todavía carga con el trauma de lo ocurrido.
Antes sabía cómo prepararse para una tormenta o un huracán. Un terremoto fue diferente. No hubo tiempo para organizarse ni para poner a salvo las pertenencias.
“Uno decía: esto es normal, esto pasa. Pero esto que ha pasado... todavía me siento como con un trauma”, relata.
Ahora mira el futuro con incertidumbre. No sabe qué ocurrirá con su vivienda, cómo recuperará lo perdido ni cuándo podrá volver a tener la estabilidad de antes.
Su esperanza está puesta en Dios. Cree que vendrán tiempos mejores, aunque todavía no pueda imaginar cómo serán.
Al cumplirse un mes del terremoto del 9 de octubre, la tierra dejó de temblar, pero la vida de Rosa sigue marcada por aquellos segundos.
Tiene cinco hijos que alimentar, una casa que necesita recuperar y una cotidianidad que todavía no consigue reconstruir.
Para el calendario, pasó un mes. Para Rosa, la emergencia sigue presente.