Yoshua y la lección de vivir: crónica de una batalla infantil contra el cáncer
- 10/05/2026 18:48
Entre dos protocolos de quimioterapia, una recaída y la fuerza inquebrantable de su madre, la historia de Yoshua retrata el rostro más humano de la oncología pediátrica en Panamá. Esta es la primera de tres entregas de un reportaje especial sobre la infancia frente al cáncer
Un silencio pesado se apoderó de la sala de urgencias del hospital de colores. Para Senia, el tiempo pareció detenerse. Su hijo Yoshua, de apenas cuatro años en aquel entonces, acababa de ser sentenciado, de nuevo, por la voz un médico: “Su hijo tuvo una recaída testicular del cáncer”.
El mundo se derrumbó. La mirada ingenua del niño de la gorra de béisbol y de sonrisa fina, parecía apaciguar la conmoción, pero la angustia interna era profunda; la esperanza salía por la ventana. Yoshua tenía solo un mes de haber culminado un protocolo de dos años de quimioterapia cuando una masa en uno de sus testículos detuvo la tranquilidad de la familia, que creía haber superado lo peor de la tormenta.
El primer diagnóstico
La historia, sin embargo, había comenzado mucho antes de que el miedo tuviera nombre.
Antes de los hospitales y las agujas, Yoshua era, en palabras de su madre, “un niño tranquilito, sencillito”. A sus dos años y medio, las señales de alarma irrumpieron de forma silenciosa pero constante. Una fiebre tenaz se prolongó durante tres semanas. “Lo llevé a varias clínicas y me decían que tenía la glándula irritada”, relata Senia.
Pero el cuerpo de Yoshua hablaba otro idioma. Comenzó a perder peso, sufría de una fatiga extrema y en su piel aparecieron hematomas inexplicables junto a pequeñas manchas rojas (petequias). Nada encajaba. Hasta que una noche, en plena pandemia, el instinto materno dictó sentencia. Con las calles vacías y la movilidad restringida por estrictos toques de queda, Senia supo que su hijo no podía esperar más. “Vámonos, porque Yoshua no va a aguantar aquí”. Caminaron desde su casa hasta la policlínica más cercana en Sabanitas, provincia de Colón.
Allí comenzó un laberinto de decisiones urgentes, esperas y traslados. “No le pueden sacar sangre porque se coagula. Hay que llevarlo a Panamá”, le advirtieron. Senia no comprendía la gravedad clínica del cuadro, pero el peso de la urgencia era innegable. Un examen de médula ósea reveló la verdad al día siguiente: “Mamá, su hijo tiene cáncer. Es una leucemia linfoblástica aguda de riesgo intermedio”.
El 30 de junio de 2021, el diagnóstico cruzó la puerta de su hogar para cambiarlo todo. El padre del niño, marcado por el fantasma de una pérdida anterior, dejó escapar un lamento impulsivo: “Otro que voy a perder”. Senia, inquebrantable, trazó la línea de la batalla: “Mi hijo no se va a morir”.
Dos años de trinchera y una tregua efímera
Las salas del hospital se volvieron su nuevo hogar. El cuerpo de un niño de dos años fue sometido a una guerra desproporcionada: quimioterapias, vómitos, agujas y la caída del cabello. Hubo días en los que Yoshua ni siquiera lograba sostenerse en pie, pero su voluntad nunca se apagó. Senia, por su parte, aprendió a fracturarse en secreto.
“Mi mamá llora en el baño, pero cuando sale viene muerta de la risa”, solía decir el pequeño, revelando una perspicacia impropia de su edad. Ser madre de tres hijos en esas circunstancias era vivir escindida entre el niño que luchaba por su vida en una camilla y los que aguardaban en casa. El cáncer no ataca a un solo individuo; secuestra a toda la familia.
Tras finalizar aquel primer protocolo, los resultados fueron alentadores y una calma efímera se sentó a su mesa. Pero el cáncer, a menudo, no se retira de inmediato; se agazapa.
Cuando uno de los testículos de Yoshua aumentó de tamaño de forma asintomática —sin fiebre ni dolor—, Senia lo notó. La indicación médica de “esperar a la hematóloga” fue suficiente para disipar la alegría. Se sentó y lloró. Una célula maligna había migrado silenciosamente hacia el testículo, obligándolos a empezar de cero, esta vez con la pesada carga de conocer el tormento que se avecinaba.
La intervención quirúrgica era ineludible: había que extirpar el testículo afectado para intentar vencer a la enfermedad por segunda vez. En el viaje de regreso a casa tras la noticia, a bordo de un autobús ruidoso, Yoshua pronunció unas palabras que marcaron a su madre para siempre: “Mamá, si me pasa algo, sé feliz... tú hiciste todo por mí”. Lejos de rendirse, la serenidad del niño se convirtió en el ancla familiar. “Vamos para adelante, mamá. Si salimos de una, podemos salir de otra”.
El segundo asalto fue aún más complejo. Senia, embarazada de forma inesperada, dio a luz mientras su hijo mayor estaba ingresado, dividiendo su alma entre la vida que recién llegaba y la que se negaba a partir. Nunca renegó. “Dios, dame fuerza”, se repetía a diario.
El panorama médico: de la supervivencia a la esperanza en Panamá
El caso de Yoshua no es un evento aislado. Cada año, aproximadamente 167 niños son diagnosticados con cáncer en Panamá. Aunque representa una fracción menor frente a otras patologías, supone un desafío monumental para el sistema de salud.
Sin embargo, el país atraviesa una transformación crucial. Según explica a La Estrella de Panamá la oncóloga pediatra del Hospital del Niño Dr. Jose Renán Esquivel, Karina Quintero, la enfermedad no necesariamente está en aumento, sino que la capacidad de detección ha mejorado.
“Antes muchos pacientes no llegaban a diagnóstico. Hoy los estamos detectando” — Dra. Karina Quintero, oncóloga pediatra.
Hace apenas cinco o seis años, hasta el 90% de los casos llegaban en fases avanzadas y solo un 10% se detectaba a tiempo. Hoy, la estadística se ha invertido positivamente: cerca del 80% de los diagnósticos se realiza en estadios iniciales.
La distribución de los casos infantiles se divide en:
Leucemias (40%); en su gran mayoría, leucemias linfoblásticas agudas. Tumores sólidos (60%); destacan los tumores cerebrales (20% al 25%), seguidos de retinoblastomas, linfomas y el tumor de Wilms, que rondan el 10% cada uno.
El tiempo sigue siendo un factor implacable y desigual. Mientras una leucemia puede detectarse en un lapso de 7 a 10 días, o un retinoblastoma en apenas 48 horas, otros tumores más complejos (como los musculoesqueléticos) pueden demorar hasta 200 días en ser confirmados. Esta brecha responde a la complejidad técnica de los estudios requeridos —imágenes especializadas, biopsias y biología molecular— y a los tiempos de derivación en el sistema público.
Los pilares del tratamiento en el país —quimioterapia, cirugía y radioterapia— se rigen por estrictos protocolos internacionales, a los que se suma el trasplante de células madre en casos específicos. No obstante, la eficacia de estos abordajes (medida en la tasa de supervivencia a cinco años) no depende únicamente de los fármacos. Factores como el diagnóstico oportuno, la continuidad del tratamiento, la idiosincrasia biológica del paciente y la disponibilidad de recursos definen la delgada línea entre el éxito y el fracaso terapéutico.
La doctora Quintero es categórica: el país cuenta con las herramientas para elevar drásticamente los índices de curación, pero se requiere voluntad y un esfuerzo sistémico. “Con todos los esfuerzos juntos podemos llegar a una mejor supervivencia. Podemos pasar del 67% hasta un 90%”, asegura.
Mientras los protocolos se actualizan y la medicina avanza, el cáncer infantil sigue siendo una colección de historias libradas en silencio. Historias como la de Yoshua, que no comienzan en una fría sala de juntas examinando cifras, sino con la desesperación de una madre buscando salvar a su hijo.
Porque antes de convertirse en un expediente médico, el cáncer infantil siempre es una historia de vida que merece ser contada.
Hoy, a sus siete años, Yoshua ha culminado su segundo protocolo de quimioterapia. Tras una batalla que abarcó desde 2021 hasta 2026, va a la escuela y sueña con correr en un campo de béisbol, con ser niño siempre y alcanzar un final feliz. Su historia es la de una infancia atravesada por el dolor, pero sostenida por la resiliencia y el amor. “Mi guerrero”, lo llama su madre. Y quizás no exista un término más exacto para describir a un niño que, más que sobrevivir, nos ha enseñado a vivir.