Bukele pactó con las pandillas; instauró una dictadura en nombre de la seguridad
- 28/06/2026 00:00
El periodista salvadoreño, exiliado por investigar al Gobierno de Bukele, revela las claves del “modelo Bukele”: una mezcla de popularidad, propaganda y control estatal que transformó el discurso de seguridad en una herramienta para concentrar su poder
Óscar Martínez conoce de cerca las entrañas del poder salvadoreño. Periodista y Jefe de Redacción de El Faro, lideró investigaciones que revelaron los vínculos entre el gobierno de Nayib Bukele y las pandillas, un trabajo que convirtió al medio en uno de los principales críticos del mandatario y que obligó a gran parte de su redacción a exiliarse. Para el Polígrafo de La Estrella de Panamá, Martínez reconstruye cómo un país marcado por la guerra civil, la desigualdad y la violencia terminó abrazando un proyecto de concentración de poder bajo la promesa de seguridad. Su tesis es contundente: Bukele construyó su poder junto a las pandillas; al romperse ese acuerdo, las destruyó bajo un estado de excepción en el que no solo se persigue a pandilleros, sino también a periodistas, opositores y personas inocentes, dando paso a un régimen autoritario en nombre de la seguridad
Es una historia larga, pero resumiéndola, la guerra fue brutal en El Salvador. Fueron doce años en los que EE. UU. invirtió en un ejército asesino, la guerrilla se levantó y el conflicto dejó más de 75 mil muertos en un país minúsculo. Después de eso no hubo paz. Hubo unos acuerdos políticos para terminar con el conflicto y crear instituciones civiles, pero no fue un acuerdo económico ni social. El país siguió siendo un país injusto, desigual, donde muy pocos tenían un montón y otros casi nada. Durante esa posguerra, los partidos nos prometieron una etapa democrática, desde la derecha y la izquierda, pero no solucionaron los problemas del país. Allí llegó Nayib Bukele, que se vistió de rojo e hizo dos campañas con el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional - izquierda), aunque venía de las estructuras tradicionales pese a venderse como “outsider”. El Salvador era un país hiperviolento, marcado por las pandillas y la desigualdad. La izquierda no cumplió sus promesas sociales y la derecha había sido profundamente corrupta. Bukele aprovechó el momento de hartazgo, leyó el escenario político en el que podía acabar con esas fuerzas políticas y ganar en 2019. A partir de allí empieza a construir su proyecto de acumulación total del poder y lo logró: ahora tiene el poder absoluto, cooptando todos los poderes del Estado.
Bukele pactó con las pandillas. Nosotros lo demostramos con nuestro trabajo periodístico en El Faro. Hay amplísima evidencia en documentos del propio gobierno y del gobierno de Estados Unidos, que sabían que ese pacto se estaba dando, así como documentos de la Corte de Nueva York. Pero eso no es nuevo: él aprendió a hacer política con las pandillas cuando era alcalde de San Salvador siendo parte del FMLN. El partido pagó un cuarto de millón de dólares a las pandillas para que ayudaran a ganar a dos candidatos: el presidente Salvador Sánchez Cerén y Bukele para alcalde de San Salvador. Cuando el FMLN, como gobierno, se aleja de las pandillas, Bukele, como alcalde, sigue en un consorcio con ellas porque se imaginó que le iban a ser útiles cuando quisiera ser candidato presidencial en 2019. Y así ocurrió: le fueron útiles. Bukele pactó con esas pandillas durante ocho años.Pero las pandillas, para quejarse, cada vez que pensaban que no se les había cumplido algo, mataban. En el gobierno de Bukele cometieron tres masacres. Hasta que en marzo de 2022 la Mara Salvatrucha masacró a 87 salvadoreños; entonces Bukele decide cortar el pacto y decretar un régimen de excepción. ¿Qué es básicamente el régimen de excepción? Modificaciones al Código Penal que les quitan derechos a los ciudadanos y les dan prerrogativas a los cuerpos de seguridad. Es decir, no tener derecho a la debida defensa. Podés estar 15 días en la cárcel sin que siquiera te presenten ante un juez. Los juicios son masivos y secretos; no podemos ver los expedientes ni saber de qué te acusan. Se permite juzgar a más de 900 personas en una sola sala; el régimen es una serie de normas que se aplican con brutalidad. A estas alturas, uno de cada 50 salvadoreños está preso. Se instauró una dictadura en nombre de la seguridad.
En otros gobiernos hubo una reducción importante de homicidios; tanto el FMLN como el partido ARENA (Alianza Republicana Nacionalista - derecha) tuvieron vínculos y negociación con las pandillas. El pacto de Bukele redujo los homicidios por tres años. El pacto se rompe y él desarticula a las pandillas, eso es un hecho; la pregunta es ¿a qué costo? Bukele prometió llenar las cárceles y todo el mundo ha visto las imágenes de la cárcel del CECOT, que es la única cárcel que Bukele quiere que vean. Bukele es un buen publicista y en esa cárcel todos están tatuados en la cara, pero esos pandilleros, en su gran mayoría, ya estaban presos antes de que llegara a la presidencia. Los pandilleros dejaron de tatuarse la cara en el 2000 porque era absurdo; los primeros pandilleros que llegaron desde California se tatuaban la cara. Esos pandilleros Bukele los ha puesto ahí para enseñárselos a todos los youtubers que van a hacer un safari, para que crean que así son todos los presos, los 97 mil presos, pero es mentira. Hay personas presas inocentes, que incluso fueron víctimas de pandillas. Todos los juicios son secretos, pero cuando nosotros en El Faro conseguimos 690 requerimientos iniciales y acusaciones de la fiscalía, en muchos de ellos solo decía: “mostró nerviosismo”. Esa era la razón por la que estaban pudriéndose en la cárcel. Hay 22 cárceles, pero solo muestra al mundo una para hacer propaganda.
La más evidente es el desgaste de la clase política: Bukele instrumentalizó ese hartazgo. Lo otro es que Bukele logró acabar con las pandillas, unos grupos criminales crueles, despiadados y asesinos; con el costo de establecer una dictadura y tener presos a miles de inocentes que no son pandilleros. Fue pesca con dinamita: matas al pescado y a todo lo demás alrededor. Lo tercero es su extraordinaria capacidad para mentir y convertir eso en propaganda.
Bukele nació en el privilegio, rico y vinculado a la política. Entre las empresas de su familia estaba una de publicidad, que armaba campañas de la izquierda, así que siempre supieron cómo hacerlo y cómo trabajar el lenguaje político. Los políticos tradicionales no entendían las redes ni las nuevas formas de comunicación, y a Bukele no le costó nada superar a toda la clase política. Cuando llega al gobierno, hace una inversión multimillonaria de dinero público para crear medios como Diario El Salvador, que es un medio de propaganda, difamación y mentiras. También ofrece duplicarles el salario a periodistas de canales de televisión, que ahora son propagandistas de la dictadura. Financia de forma indirecta un montón de cuentas, difamadores e insultadores a quienes les asigna publicidad. Tiene un aparato de propaganda inmenso.
Bukele es un fenómeno que todavía deberá ser estudiado. Aunque su relación con la población sigue siendo fuerte, ya muestra grietas. Sus diputados ya no son populares, lo que significa que ya no es tan fácil heredar su popularidad; eso antes no era así. En una encuesta de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, una universidad crítica, le preguntaron a la gente si apoyaba el régimen y más del 70% dijo que sí, pero luego les preguntaron si pensaban que por criticar al gobierno podían tener una repercusión directa y más del 60% dijo que sí. Es decir, es amor con miedo. Esa trampa donde los pueblos están en un idilio dictatorial no es nueva en la región. Ahora, el hueco económico en el país es terrible y las cosas no han mejorado, pero en el tema de seguridad aún le funciona a Bukele. Mucha gente reconoce que, aunque hay miles de inocentes presos, todavía privilegian que no haya pandillas. Es decir, es un pueblo tan golpeado por una democracia tan raquítica que creen que lo que les ofrezcan está bien. Creen que el Estado solo puede ofrecer un trato imperfecto, pueril, completamente insuficiente. Él sabe que eso no durará siempre: recortó $130 millones en educación y se los dio al Ejército, modificó el Código Penal y controla las instituciones. Cuando la plaza deje de aplaudir, llegará la hora de las botas militares.
A muchos políticos les pareció que atarse a la marca de Bukele era una forma fácil de ganar votos en sus países. La única regla del modelo es: denle todo el poder a un hombre, sin entender realmente esa marca. Yo sé que aquí en Panamá hay un montón de gente a la que Bukele le gusta. Lo primero que hago es preguntarles: ¿A usted le gusta Bukele porque vio un reel de tres minutos y cree que sabe, o porque realmente ha visto lo que Bukele hace? ¿A usted le gustaría un hombre que tenga la potestad de meter preso a su hijo inocente, sin tatuajes, porque le dé la gana? ¿A usted le parecería bien que una persona pueda pasar siete años en la cárcel sin un juicio? Porque esos son los nuevos tiempos judiciales, y luego se ha juzgado a más de 900 personas, incluyendo pandilleros. ¿Acepta usted que de las cárceles salgan más de 450 cadáveres con señales de tortura en los últimos tres años? Porque si no acepta todo eso, no sabe quién es Bukele. Si usted no está dispuesto a que se le pueda capturar cuando a un soldado le dé la gana, entonces, usted no sabe quién es Bukele. El modelo Bukele es eso: la acumulación de poder y la eliminación de contrapesos. En El Salvador ya no hay jueces independientes, ni fiscales independientes, ni magistrados independientes. Usted tiene derecho a que le guste Bukele, pero reconozca que no le gusta la democracia, le gusta otra cosa. Y dígalo: “A mí me gusta un dictador. Me gustaría vivir en una dictadura”, pero luego, cuando la dictadura lo muerda, no se queje.
Bukele es funcional a Trump y le ha sido muy útil, especialmente al permitirle usar el tema de los migrantes enviados a El Salvador como un mensaje de miedo dentro de EE. UU. Pero Bukele entiende bien las jerarquías y sabe que Trump es el matón principal y el que manda. Trump es impredecible y, cuando Bukele deje de serle útil, lo desechará como a otros aliados. Al final, Bukele es presidente de un país pequeño frente al peso global de Estados Unidos.