Desde las graderías, la elección que redefinió la Asamblea
- 01/07/2026 13:26
La jornada que llevó a Shirley Castañeda a la presidencia del Legislativo dejó dos escenarios: el pleno, donde se contaron los votos, y las graderías, donde los gritos, los aplausos y los golpes sobre las curules revelaron la intensidad de una nueva correlación de fuerzas
Subir las escaleras que conducen a las graderías del hemiciclo legislativo es, en los días de elección, cambiar de perspectiva. Desde arriba no se escuchan todas las conversaciones, pero sí se entienden mejor los gestos.
Las alianzas se adivinan en los abrazos, las distancias en los silencios y las tensiones en las miradas que cruzan el salón antes de que alguien tome la palabra.
A las 8:30 de la mañana, la jornada comienza con la izada de la bandera. Afuera, el protocolo marca el inicio del tercer periodo anual de sesiones ordinarias de la Asamblea Nacional. Adentro, la política ya lleva varias semanas moviéndose.
Cuando las puertas del hemiciclo se abren, queda claro que las graderías también forman parte del escenario.
La mayoría de los asientos reservados para invitados está ocupada por funcionarios de distintas instituciones del Estado. Algunos conversan en voz baja, otros siguen atentos cada movimiento de los diputados. Entre ellos se mezclan asesores, equipos de prensa, familiares y unos pocos periodistas que buscan un espacio desde donde observar sin perder detalle.
Desde allí arriba se percibe algo que las cámaras pocas veces registran: la Asamblea tiene dos públicos. Uno ocupa las curules. El otro observa desde las graderías, pero no siempre permanece en silencio.
A las 8:50 de la mañana, el presidente saliente, Jorge Herrera, abre la sesión.
Los fotógrafos empiezan a correr de un lado a otro. Los camarógrafos buscan el mejor ángulo antes de que inicien las postulaciones. Los diputados siguen entrando al hemiciclo mientras los ujieres acomodan documentos y verifican el orden del pleno.
Hay un detalle que llama la atención. Predomina el blanco.
La mayoría de los diputados viste de ese color, como si existiera un acuerdo no escrito. Entre tantas chaquetas y camisas blancas sobresale una corbata negra. La lleva el diputado Luis Duke. Sobre la tela puede leerse una frase sencilla: “Basta de corrupción”.
No es la única imagen que rompe la rutina.
Mientras algunos legisladores ocupan sus curules, Shirley Castañeda camina por el hemiciclo saludando a diputados de distintas bancadas. Se detiene unos segundos con unos, sonríe con otros y continúa avanzando con la tranquilidad de quien intenta ocultar que en pocos minutos disputará una de las votaciones más importantes de su carrera política.
Desde las graderías, dos mujeres siguen cada uno de sus movimientos.
Cada vez que la diputada levanta la vista hacia ellas, responden con una sonrisa amplia. En un par de ocasiones incluso brincan y levantan las manos como si celebraran un gol antes del pitazo final. Todavía no hay presidenta electa, pero ellas parecen convencidas de cuál será el desenlace.
Abajo, sin embargo, nadie se atreve a dar nada por seguro.
En una de las filas del pleno ocurre una escena que resume la complejidad de la política parlamentaria.
Shirley Castañeda conversa con Janine Prado y Luis Duke. Los tres sonríen. Los tres hablan con naturalidad. Los tres saben que, minutos después, estarán en orillas distintas.
Prado y Duke respaldarán la candidatura de Grace Hernández. Castañeda buscará convertirse en presidenta de la Asamblea con el apoyo de otra mayoría.
Desde las graderías no se escucha una sola palabra de esa conversación. Tampoco hace falta. La imagen basta para recordar que la política institucional también se construye conversando con quienes piensan diferente.
El murmullo desaparece cuando Jorge Herrera anuncia el inicio de las postulaciones.
El primero en caminar hacia el podio es Luis Eduardo Camacho.
Su intervención no comienza hablando de la Asamblea. Comienza hablando de una mujer.
Dice que las mujeres son más comprometidas, más fuertes y más leales. Después dirige todas esas cualidades hacia la diputada Shirley Castañeda.
Habla de una dirigente leal al pueblo que la eligió, a su partido, a su liderazgo político y al gobierno que ayudó a construir.
Recuerda que un año antes no logró alcanzar la presidencia de la Asamblea y convierte aquella derrota en un argumento de fortaleza.
—La grandeza no se mide por cuántas veces caes, sino por cuántas veces te levantas—, afirma.
Mientras habla, Castañeda permanece sentada, casi inmóvil. De vez en cuando sonríe, pero evita cualquier gesto que pueda interpretarse como una celebración anticipada.
Camacho también responde a los cuestionamientos que la diputada recibió en los días previos a la elección. Sin mencionar directamente a todos sus críticos, pide que los ataques no distraigan el objetivo de la sesión y solicita el voto de las distintas bancadas.
Cuando termina, los aplausos llegan desde la bancada oficialista y de algunos sectores de las graderías.
El salón vuelve a guardar silencio.
La siguiente en subir al podio es Janine Prado. Su discurso toma un rumbo completamente distinto. No gira alrededor de una persona. Gira alrededor de una institución.
Desde las primeras frases sostiene que la elección no consiste únicamente en escoger a quien presidirá la Asamblea, sino en definir el rumbo del Órgano Legislativo y el mensaje que se enviará al país.
Habla de una Asamblea que legisle con responsabilidad, fiscalice con independencia y ejerza plenamente el papel de contrapeso frente al Ejecutivo.
“El diálogo nunca puede confundirse con subordinación”, dice mientras varios diputados mantienen la mirada fija en la tribuna.
Prado reconoce que su bancada sostuvo conversaciones con distintos grupos parlamentarios durante los días previos a la elección, pero advierte que las decisiones del Legislativo no deben construirse fuera del hemiciclo.
Sin rodeos, cuestiona la participación del Ejecutivo en la búsqueda de apoyos para la candidatura oficialista. Desde las graderías las reacciones son distintas a las que despertó Camacho.
Algunos funcionarios cruzan miradas. Otros comentan entre ellos. En las curules, unos diputados asienten discretamente; otros permanecen inmóviles. Las dos postulaciones dejan una sensación evidente. No solo compiten dos candidatas.
También se enfrentan dos maneras distintas de entender el papel de la Asamblea Nacional. Los discursos terminan. El ambiente cambia de inmediato.
Las palabras dejan paso a los votos.
Y es entonces cuando el hemiciclo comienza a mostrar su verdadero rostro. El silencio dura poco.
Concluidas las postulaciones, Jorge Herrera anuncia el inicio de la votación nominal. El secretario comienza a llamar, uno a uno, a los 71 diputados.
Desde las graderías, el ejercicio parece sencillo: escuchar un nombre, esperar una respuesta y sumar un voto. Pero conforme avanza la lista queda claro que cada palabra tiene un peso político distinto.
Cada diputado pronuncia un nombre. Las primeras respuestas apenas alteran el ambiente. Los asesores hacen cálculos en hojas de papel y en las pantallas de sus teléfonos. Los periodistas comparan listas para confirmar si los votos coinciden con las alianzas anunciadas durante las últimas horas. Nadie celebra antes de tiempo.
Los nombres se suceden con rapidez y los números comienzan a favorecer a Shirley Castañeda.
La diferencia parece suficiente para anticipar el desenlace, pero todavía falta el episodio que cambiará por completo el ambiente del hemiciclo.
Cuando llaman a la diputada Alexandra Brenes, el procedimiento deja de ser una simple votación. La diputada se pone de pie y, antes de anunciar el nombre de su candidata, comienza a hablar. Dice que votará por Grace Hernández, pero antes quiere explicar por qué. Habla de fiscalización. Habla de la independencia entre el Órgano Legislativo y el Ejecutivo. Habla de los cuestionamientos recientes contra algunos ministros de Estado y de la obligación que tiene la Asamblea de ejercer control político.
Jorge Herrera la interrumpe. Le recuerda que el reglamento establece que los diputados deben limitarse a expresar el sentido de su voto. Brenes pide unos segundos más. Insiste en terminar su intervención.
—¿Por qué razón me callarían hoy? No hay un tiempo para que cualquier persona pueda intervenir —reclama desde su curul.
Herrera vuelve a intervenir. Le pide que respete el procedimiento. Ella continúa.
Entonces el presidente toma una decisión. Ordena seguir con el siguiente nombre de la lista y deja momentáneamente sin registrar el voto de Brenes.
Durante unos segundos nadie presta atención al diputado que sigue en turno.
Toda la mirada del hemiciclo se concentra en el intercambio entre la diputada y la presidencia. Es ahí cuando las graderías dejan de ser un espacio de observación. Se convierten en un actor más de la sesión.
Los funcionarios que ocupan la mayor parte de los asientos reservados comienzan a reaccionar. Unos gritan. Otros aplauden. Algunos hacen comentarios en voz alta. Por momentos, el público parece olvidar que no forma parte del pleno.
Abajo ocurre algo similar. Los diputados que respaldan la alianza que terminará dirigiendo la Asamblea comienzan a golpear con fuerza las curules.
El sonido seco de la madera se multiplica por todo el salón. No es un golpe aislado. Es una presión colectiva para que la votación continúe.
Desde las graderías el ruido retumba con más fuerza que cualquier discurso escuchado esa mañana.
Los golpes se mezclan con los gritos del público y convierten el hemiciclo en un recinto muy distinto al que, apenas unos minutos antes, escuchaba en silencio las postulaciones.
En otro extremo del pleno, diputados del Partido Panameñista hacen gestos con las manos. Le piden a Brenes que vote. Que termine.
Que no retrase más la sesión.
Los fotógrafos abandonan por un momento la búsqueda de la mejor imagen de la votación y apuntan sus cámaras hacia el intercambio entre la diputada y el presidente. Los camarógrafos hacen lo mismo. Todos entienden que ese se convirtió en el momento de la jornada.
Jorge Herrera deja entonces la silla presidencial. Se levanta. Da unos pasos hacia adelante para observar directamente lo que ocurre en el salón. Ya no basta con dirigir la sesión desde el micrófono. Ahora intenta recuperar el orden con su sola presencia.
—Queremos llevar esto en orden y no el show mediático que se vivió el año pasado. Es mi última sesión y la vamos a hacer con responsabilidad —dice con firmeza.
Recuerda que al día siguiente comenzará el periodo de incidencias, el espacio destinado precisamente para que los diputados desarrollen los temas que consideren pertinentes.
—Respetemos al país —agrega.
Desde las graderías todavía se escuchan voces. Los golpes sobre las curules disminuyen poco a poco. La tensión empieza a ceder. Varios diputados solicitan que se permita a Brenes ejercer su derecho al voto. Finalmente, Herrera accede.
La diputada anuncia su respaldo a Grace Hernández y la sesión recupera el ritmo que había perdido.
La lista continúa. Ya no hay sobresaltos. Solo nombres. Solo votos. Solo números.
En una elección como esta, cada voto cuenta una historia. Una de ellas llega con el nombre de Neftalí Zamora.
Desde su expulsión de la bancada Vamos, la expectativa giraba alrededor de una sola pregunta: ¿hacia dónde iría su voto?
Muchos daban por descontado que respaldaría a Shirley Castañeda. Después de todo, Manuel Samaniego, Carlos Saldaña y Manuel Cheng, quienes también abandonaron la bancada independiente, ya habían tomado ese camino.
El hemiciclo parece contener la respiración.
Cuando llega su turno, Zamora pronuncia un nombre que rompe todos los pronósticos: —Grace Hernández.
Desde las graderías no se escuchan exclamaciones. Lo que se percibe es otra cosa. Las cabezas giran. Los asesores vuelven a revisar sus apuntes.
Es uno de esos momentos en que una sola palabra modifica el relato político de la mañana.
Poco después, el secretario anuncia el resultado que muchos intuían desde antes de comenzar la sesión.
Shirley Castañeda obtiene 42 votos y se convierte en la nueva presidenta de la Asamblea Nacional para el periodo legislativo 2026-2027.
La diferencia confirma la mayoría que durante semanas se construyó entre negociaciones, reuniones privadas y acuerdos políticos.
La jornada todavía reserva dos votaciones más.
Manuel Cohen Salerno, del partido Cambio Democrático, obtiene 41 votos y es elegido primer vicepresidente.
Después, Manuel Cheng recibe 43 respaldos para ocupar la segunda vicepresidencia.
La nueva junta directiva queda conformada.
Abajo, los diputados comienzan a levantarse de sus curules.
Hay abrazos, apretones de manos y fotografías. Los vencidos felicitan a los vencedores. Las conversaciones vuelven a llenar el hemiciclo.