¡Loor y augusto futuro a la muy noble provincia de Herrera en sus 111 años de creación política!

La provincia de Herrera y su identidad se construyen alrededor de la figura histórica de Tomás Herrera.
  • 11/01/2026 00:00

Un homenaje al general Tomás Herrera, figura clave del siglo XIX panameño y epónimo de la provincia de Herrera, en el marco de su 111 aniversario constitucional

Aprovechamos estos conmemorativos ciento once años de la creación constitucional de la laboriosa y hospitalaria provincia de Herrera para rendirle tributo póstumo a la excelsa figura del general Tomás José Ramón del Carmen Herrera Pérez Dávila (1804-1854), de quien, con reconocimiento patriótico, han dicho los preclaros connacionales Guillermo Andreve, Octavio Méndez Pereira, Carlos Iván Zúñiga y Jorge Conte Porras que se trata del “panameño más destacado del siglo XIX”, honor compartido por el preclaro intelectual istmeño Dr. Justo Arosemena Quezada.

Atendiendo gentil pedido del viejo y caro amigo, hoy gobernador, Elías ‘Tito’ Corro Cano, suelto algunas glosas al vuelo, anhelando que alcancen los oídos de nuestra es-timada juventud. Pues sí, mediante ley N° 17 del 18 de enero de 1915, se crea la identidad político-administrativa nombrada provincia de Herrera, tras tenaz y polémica gestión parlamentaria del Dr. Julio Arjona Quintero (Pesé), y la oportuna e inmediata aprobación del Órgano Ejecutivo, presidido, en aquellas alboradas republicanas, por el celebérrimo Dr. Belisario Porras Barahona (1852-1942), tableño hasta el tuétano, decretándose como capital de la misma ciudad “donde nadie es forastero”, corporación administrativa que, junto con Monagrillo y La Arena, formaron el “Distrito Parroquial de Chitré”, el 19 de octubre de 1848, cuando, por sortilegio del destino, ocupaba la presidencia del Estado Libre del Istmo, el benemérito General Tomás Herrera. ¡Cuán comprometido con el General estamos los que hemos tenido la inasible dicha de compartir este jirón de suelo istmeño!

El modélico General Herrera nació el 21 de diciembre de 1804 en la ciudad de Panamá, en el círculo notable citadino y muere asesinado vilmente en una de las empedradas calles de la señorial Bogotá, el 5 de diciembre de 1854, durante la dictadura del nefasto José María Melo, a quien adversaba con juicio crítico, ya que el aguerrido militar siempre luchó por la libertad soberana y por el más profundo respeto por el orden constitucional que había violentado el anotado gobernante. A raíz del trágico suceso, don José María Samper, su compañero de armas, diría entristecido:

“Hemos perdido muchos compatriotas: ¡Pero sobre todo al heroico y desgraciado general Herrera!” (Samper Pizano Daniel. Antología de grandes crónicas colombianas. Editorial Aguilar, Bogotá, 2007, p. 179). El general Herrera luchó fieramente durante las batallas de Junín (agosto, 1824) y Ayacucho (1824), fiel al ideario liberador de Simón Bolívar, quien reconocería el arrojo militar de Herrera, para quien tuvo siempre palabras meritorias, reconociéndole su entrega revolucionaria, contribuyendo a la ruptura del yugo español. Sin embargo, fiel a sus principios democráticos, su vida sufre un giro doloroso, cuando Bolívar, a quien dispensaba lealtad y afecto personal, empieza a distanciarse de la senda democrática y a in-ternarse en el laberinto de una dictadura vitalicia que el Libertador tal vez consideraba la salida óptima para la América sureña, olvidando que cada uno de los países liberados tenía costumbres e intereses propios. Esta decisión abrió las compuertas a sus acérrimos enemigos que, desde el 25 de septiembre de 1828, venían fraguando su caída.

El enfrentamiento entre los bandos —santanderistas y bolivarianos— se fue recrudeciendo. Una telaraña de dilaciones, intrigas, conjuras y vindicaciones envolvía la politiquería bogotana, ávidos, tanto el uno como el otro, de hacerse con el poder para “salvar” a la patria herida por Bolívar. En este mefistofélico ambiente se vio sumergido el general Herrera; poco contó su probada defensa de las leyes y las libertades públicas. Se inicia el calvario del general Herrera: degradado, prisionero (Bocachica y Puerto Ca-bello) y, finalmente, desterrado a Kinston (Jamaica). No obstante, posteriormente, en 1836, se le expidió su hoja de servicio, reintegrándolo al ejército colombiano.

Posteriormente, seguiré tras las huellas biográficas del general. Por el momento, dejo el asunto aquí, aunque no sin antes advertir que en el libro Reminiscencias de Santafé y Bogotá (1997) del colombiano José María Cordovez Moure, en la página 716 de la crónica La Conspiración del 25 de septiembre de 1828, para asesinar a Bolívar, aparece sindicado y condenado el nombre “Herrera, Tomás; presidio” (investigar si se trata de nuestro general); al igual que “Santander, Francisco de Paula; condenado a muerte, pena conmutada en destierro”.

La erección del Estado Federal (1855), empresa exitosa del Dr. Justo Arosemena Quezada, produce cambios y ajustes en la estructura organizativa de la nueva figura política; uno de estos, es la división territorial del país. Anota el profesor potugueño José Aparicio Bernal, en su trabajo A 100 años de la creación de la provincia de Herrera (1915-2015): “En efecto, la ley 12 de septiembre de 1855, crea los departamentos de Herrera y Los Santos” y “...que uno de los departamentos del Estado se denominará Herrera, en homenaje de la memoria del ilustre soldado-ciudadano”, recalca Zúñiga Candanedo en su trabajo sobre el general (1999).

Lo cierto es que ambos espacios geográficos —Herrera y Los Santos— fueron objeto de las pasiones políticas existentes, antes del definitivo 1915: Provincia de Azuero (1850-1854), Departamentos de Herrera y Los Santos (1855-1860), Departamento de Herrera (1860-1863), Departamento de Los Santos (1863-1886), finalmente, Provincia de Los Santos (1886-1914), hasta 1915, cuando se crean ambas provincias y se despierta su “Majestad el béisbol”, hoy fraternalmente unidas por la contaminadas aguas del otrora cristalino río La Villa (Cubitá).

Dejando mucha tinta, que usaré después en el tintero biográfico del general Herrera, intentaré posesionarme de una crónica doméstica relacionada con el monumento (busto) que se colocó en el parque Herrera de la ciudad “donde nadie es forastero”.

Veamos: en 1937, el gobernador de Herrera, don Sebastián Pinzón Rodríguez (Ocú), presentó un proyecto al Concejo Municipal de Chitré, cambiando el nombre a la hasta esa fecha la Plaza de la Libertad por el de Plaza Herrera, resolución que aprueban con beneplácito los ediles y que, en su momento, recibió la acogida del presidente de la República Juan Demóstenes Arosemena, dejando en firme el cumplimiento de la ya aprobada ley 45 de diciembre de 1934 que disponía que se estableciera una plaza, una escuela y una avenida que llevaran el augusto nombre de Tomás José del Carmen Herrera, como, en efecto, se hizo: hermoso y ornamentado Parque Herrera, majestuosa escuela y una emblemática avenida.

Oportuna es la ocasión para evocar, con alegría infantil, la poética de la inolvidable maestra Sara Villalaz de Solís, cuando, apasionada por el egregio istmeño, escribe “Himno al General Tomás Herrera” (1937), al que le he robado las primeras estrofas:

Chitreanos, a Herrera cantemos.

Y entonemos este himno en su honor.

Y su nombre por siempre llevaremos

con amor dentro del corazón.

Popular panameño aguerrido.

General de las tropas istmeñas.

Tú caíste mortalmente herido.

Derramando la sangre en la tierra.

(Textual de El Eco Herrerano, sábado 25 de diciembre de 1937. N° 805, p. 5)

Cierro estas cortas y sentidas líneas, juguetes inermes de los alisios herreranos, transcribiendo la alocución que pronunciara el general Tomás Herrera el 11 de junio de 1841, cuando fue elegido Presidente Constitucional del Estado Libre del Istmo:

“Desnudo como debo estar en mi puesto del dominio de mis afecciones persona-les, no obedeceré otros preceptos que aquellos que me señalan la Constitución, las leyes y la justicia, y sin error, del que no está exento hombre alguno, no las violaré jamás, porque nunca tendré la voluntad ni el propósito de abusar del poder que se ha depositado en mí por órgano tan respetable cual es la representación istmeña, infringiendo mis deberes y burlando las esperanzas que todos deben tener del que, como primer funcionario, es preciso que sea también defensor de las leyes y de la libertades políticas...” (Zúñiga C. Juan Cristóbal, General Tomás Herrera. Edit. Portobelo, Panamá, mayo de 1999).

La vida pública y familiar del epónimo provincial, debe ser reconocimiento obligado para todos los panameños, pero, sobre todo, para los istmeños que tenemos por cuna natal la laboriosa, folclórica y bendita provincia de Herrera, en cuyo suelo, por dádiva del destino yacen las cenizas de Carmen Herrera Urriola de Paredes, hija del general, privilegio que nos consustancia de por vida con aquel heroico panameño que dijera: “... mis pasos serán siempre dados por el camino de la ley y el favor de la libertad”.