Tragedia en 1882: así fue el sismo más devastador de Panamá
- 28/06/2026 00:00
El movimiento telúrico del 7 de septiembre de 1882 provocó derrumbes en el Casco Antiguo, paralizó el ferrocarril y arrasó comunidades gunas en el Caribe panameño.
A las 3:20 de la tarde del 7 de septiembre de 1882, cuando el istmo de Panamá todavía formaba parte de Colombia y el Canal Francés apenas daba sus primeros pasos, la tierra comenzó a sacudirse con una violencia pocas veces vista en la historia del país.
Durante sesenta segundos que parecieron interminables para quienes los vivieron, un terremoto estimado entre magnitudes 7,7 y 7,9 estremeció el istmo desde su epicentro en el golfo de San Blas, en la actual comarca de Guna Yala. Fue uno de los sismos más poderosos registrados en territorio panameño y el inicio de una tragedia que se extendería mucho más allá del temblor inicial.
El terremoto dejó destrucción en las ciudades de Panamá y Colón, paralizó el ferrocarril transístmico, afectó las obras del Canal Francés y desencadenó un tsunami que arrasó parte del archipiélago de San Blas y provocó la mayor cantidad de víctimas por un maremoto de la que se tiene registro en Panamá.
Los testimonios de la época describen una sacudida prolongada y extremadamente fuerte. El movimiento fue tan intenso que edificios de piedra se agrietaron, techos colapsaron y numerosas estructuras quedaron al borde del derrumbe.
Tras el sismo principal llegaron tres fuertes réplicas y numerosos movimientos menores que continuaron durante cinco días, manteniendo a la población en permanente estado de alarma.
En la ciudad de Panamá, entonces una urbe mucho más pequeña concentrada alrededor del Casco Antiguo, el terremoto causó importantes daños en algunas de las construcciones más emblemáticas de la época.
La Catedral Metropolitana sufrió derrumbes parciales y daños estructurales, mientras que el edificio del Cabildo también resultó afectado. Las calles del centro histórico quedaron cubiertas por escombros, fragmentos de mampostería y fachadas agrietadas.
En Colón las consecuencias fueron igualmente severas. Muchas de las edificaciones de madera que caracterizaban a la ciudad sufrieron daños importantes, mientras que instalaciones comerciales y de carga quedaron inutilizadas.
El saldo humano directo del terremoto en las principales ciudades del país fue relativamente bajo para un evento de tal magnitud: cinco personas fallecieron. Sin embargo, las pérdidas materiales fueron enormes para la economía del istmo de finales del siglo XIX.
Uno de los mayores impactos del terremoto se produjo sobre la infraestructura más estratégica de Panamá en aquella época: el Ferrocarril de Panamá.
Inaugurada en 1855, la línea férrea que conectaba el Pacífico y el Atlántico era el principal eje comercial del istmo y una pieza fundamental del tránsito mundial entre océanos décadas antes de la construcción del canal.
El sismo dobló rieles, hundió tramos de la vía y destruyó puentes. Durante varios días el tránsito ferroviario quedó interrumpido.
Los periódicos estadounidenses siguieron el desastre prácticamente en tiempo real gracias a los despachos telegráficos que llegaban desde el istmo.
El 8 de septiembre de 1882, apenas un día después del terremoto, diarios de Nueva York informaban sobre la magnitud de los daños.
Uno de los reportes señalaba: “Los rieles del tren quedaron doblados en algunos lugares por el terremoto y, en otros puntos, la vía quedó hundida”.
Otro despacho agregaba que no existía comunicación por ferrocarril ni por telégrafo entre Panamá y Colón debido a la destrucción de un puente ocasionada por el movimiento telúrico.
La interrupción del sistema ferroviario tuvo consecuencias económicas inmediatas, pues el ferrocarril era el principal medio para movilizar pasajeros, mercancías y correspondencia a través del istmo.
El terremoto llegó además en uno de los momentos más delicados para el ambicioso proyecto francés de construir un canal interoceánico bajo la dirección de Ferdinand de Lesseps.
Las obras del Canal Francés habían comenzado apenas unos años antes y ya enfrentaban enormes dificultades derivadas del clima tropical, las enfermedades y la complejidad técnica del proyecto.
El terremoto de septiembre de 1882 añadió un nuevo obstáculo. Las instalaciones, campamentos y obras en ejecución sufrieron daños significativos, obligando a suspender temporalmente los trabajos y generando nuevas pérdidas económicas para la empresa francesa.
Para un proyecto que ya acumulaba retrasos y sobrecostos, el desastre natural representó un duro revés.
Aunque el fracaso definitivo del Canal Francés obedecería a múltiples factores, el terremoto de 1882 pasó a formar parte de la larga lista de dificultades que enfrentaron los ingenieros y trabajadores europeos en el istmo.
Los daños materiales fueron acompañados por un profundo impacto psicológico entre los habitantes de Panamá.
Las réplicas continuas y el temor a nuevos derrumbes hicieron que miles de personas abandonaran sus viviendas.
El diario New York Herald relató que durante cuatro noches consecutivas gran parte de la población durmió al aire libre o permaneció caminando alrededor de plazas y espacios abiertos por miedo a quedar atrapada bajo los escombros.
“Muchas familias están acampando en las llanuras y son pocas las personas que se atreven a dormir en edificios altos o en calles estrechas”, señalaba el periódico.
La situación sanitaria también comenzó a deteriorarse rápidamente. Los reportes mencionaban la aparición de enfermedades asociadas a la exposición a la intemperie, la falta de descanso y el estrés provocado por el desastre.
En una época en la que todavía no existían sistemas organizados de atención de emergencias ni instituciones de protección civil, la población debió enfrentar la crisis prácticamente con sus propios recursos.
Sin embargo, lo peor aún estaba ocurriendo lejos de las ciudades principales y durante semanas nadie en la capital supo de ello.
El terremoto había desplazado enormes volúmenes de agua en el Caribe y generado un poderoso tsunami que se dirigió hacia las costas de San Blas.
Entre quince y treinta minutos después del sismo comenzaron a llegar las primeras olas. Los estudios posteriores estiman que fueron al menos cuatro grandes olas, con alturas de entre tres y cuatro metros.
Para cualquier comunidad costera el fenómeno habría sido devastador, pero para el archipiélago de San Blas las consecuencias fueron particularmente graves.
Muchas de las islas habitadas por los gunas eran —y siguen siendo— pequeñas extensiones de tierra apenas elevadas unos pocos metros sobre el nivel del mar.
Varias quedaron completamente cubiertas por el agua durante varios minutos. Viviendas, embarcaciones y cultivos desaparecieron bajo el impacto del mar y numerosos habitantes murieron arrastrados por las corrientes.
Las estimaciones históricas varían considerablemente, pero las investigaciones sitúan el número de víctimas entre 70 y 250 personas.
Hasta la actualidad, ese tsunami continúa siendo el más mortífero registrado en Panamá.
Los reportes periodísticos publicados en Estados Unidos también recogieron noticias sobre daños en distintas localidades del interior del país.
Algunos despachos incluso afirmaban que los antiguos volcanes de Chiriquí habían entrado en actividad eruptiva tras el terremoto.
Los estudios posteriores no han encontrado evidencia de erupciones asociadas al evento, por lo que probablemente se trató de rumores surgidos en medio de la confusión y el temor que suelen acompañar a los grandes desastres naturales.
No obstante, la difusión de estas versiones ilustra el clima de incertidumbre que vivía la población en los días posteriores al terremoto.