Analizando a Donald Trump
- 21/02/2026 00:00
La peculiar personalidad de algunos candidatos con fuertes rasgos psicopáticos suele estar envuelta de carisma, manipulación, narcisismo, egocentría y mentiras, irónicamente, todo ello lo hace particularmente atractivo ante las masas, sobre todo, si los medios de comunicación y las redes sociales
Comienzo con una pregunta ¿Por qué la política es tan atractiva para una personalidad psicopática? El líder político con este rasgo psicológico ha sido llamado de diversas formas y, quizás, una de las que más ha prosperado con éxito en los últimos años es la de “líder tóxico”. A nivel global muchos cumplen a cabalidad con esta descripción, entre ellos Putin, Maduro, Castro, Ortega y claro, Trump.
La peculiar personalidad de algunos candidatos con fuertes rasgos psicopáticos suele estar envuelta de carisma, manipulación, narcisismo, egocentría y mentiras, irónicamente, todo ello lo hace particularmente atractivo ante las masas, sobre todo, si los medios de comunicación y las redes sociales lo encuentran interesante a razón de las cosas que dice o promete hacer o hará. Al ser humano, en su mayoría, le encanta el riesgo y aquellos que lo ejercen de forma temeraria, pero, no olvidemos algo, todos son serpientes que parecen encantadoras.
Es natural que un psicópata controlado cuyos rasgos sean inteligencia, arrogancia y maquiavelismo vea en la política un escenario donde poder utilizar sus “cualidades” más sobresalientes porque esta le ofrece una vía expedita para alcanzar un nivel de poder, fama o fortuna como ninguna otra ocupación puede.
Antes de seguir adelante, tengo que hacer mención de un hecho clave a tener presente: El contexto social en el que actúa un psicópata es de suma importancia para comprender el alcance de sus actos. Del mismo modo que un ejecutivo con rasgos psicopáticos no puede tener las mismas libertades en una empresa estable y transparente, un político psicópata que lidera un país de forma autoritaria o dictatorial, tiene mucho más margen de acción cuando los valores están en crisis, cuando impera la corrupción y cuando las leyes actúan de forma pusilánime o a conveniencia.
Existen dos tipos de psicópatas: el impulsivo y el controlado, siendo este último más letal puesto que piensa mejor cómo conseguir lo que quiere, de hecho, es más maquiavélico. Ambos tienen el núcleo icónico de la psicopatía: por una parte, son crueles, sin empatía, emocionalmente superficiales, mentirosos y manipuladores; por otro, no sienten miedo ante el castigo ni ansiedad por los efectos destructivos que pueda causar su comportamiento ante sus iguales o sociedad y, por ello mismo, tampoco tienen sentimientos de culpa.
El psicópata impulsivo tiene un menor autocontrol porque emocionalmente es más reactivo. Aunque intelectualmente puede tener el mismo potencial que el psicópata controlado, actúa de modo menos inteligente porque no se toma el tiempo necesario para analizar con un mayor margen de seguridad y, dice o hace, lo primero que se le viene en gana sin mediar sus consecuencias o lo que piense el resto del mundo.
Durante su campaña política, Trump afirmó que “los inmigrantes envenenan la sangre de la nación”, frase que bien podría haberla dicho Hitler sin pestañear, de hecho, todos los medios se encargaron de hacérselo saber, aun así, no matizó su afirmación ya que está convencido de que la mayoría de los que llegan a Estados Unidos son criminales o perturbados mentales y que, en el peor de los casos “se comen hasta los perros y gatos de sus ciudadanos”. Recientemente también declaró y, cito textualmente, “Estoy comprometido con comprar y poseer Gaza para convertirla en la próxima riviera de oriente”... afirmación que deja en total evidencia su nula empatía o inteligencia emocional pese a ser parte clave de un acuerdo de paz.
Podría hablar de los treinta y cuatro delitos de los que ha sido declarado culpable y de los que faltan o del intento de robarse las elecciones de 2020 o, de los múltiples casos de acoso sexual, el que esté en la lista de Epstein, de las estafas y bancarrotas fraudulentas que ha realizado, sin embargo, como analista conductual en perfilación sé que un psicópata nunca aceptará su responsabilidad, para ellos, la culpa siempre es de otros y siempre serán víctimas.
¿Qué me dice amigo lector cuando, ya fuera de la presidencia, se llevó documentos ultrasecretos de la Casa Blanca a su casa y los amontonó en el cuarto de baño sin ninguna medida de seguridad, alardeando además ante sus invitados de que los tenía en su poder? La respuesta que dio cuando fue acusado por ello fue: “solo con pensarlo, podía desclasificar cualquier documento”. Nuevamente, un acto meramente impulsivo.
Trump se deja llevar por sus emociones, sin tener reparo alguno en pregonar ante todo el mundo (literalmente) que él hace lo que le da la gana, aunque le suponga una acusación penal en toda regla o, genere problemas diplomáticos con otros países o viole su propia constitución.
Un rasgo particular que vemos de los líderes autoritarios o dictatoriales es que, aquello que no pueden controlar lo roban o destruyen, en el caso de Trump, destituye. ¿Se acuerda cuando en su primer mandato, despidió a un montón de funcionarios a los que previamente había elegido por considerarlos los mejores para sus cargos, simplemente porque no bajaban la cabeza y si hacían frente a sus caprichos?
Los psicópatas no se quieren ir del poder una vez que lo tienen. Hoy vemos así a un Putin, Maduro, Ortega y Castro; pero, en el caso de Trump, en su cabeza él no podía perder las elecciones, así que tuvo que haber un “robo organizado”, lo que fue la chispa para el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y falta ver que veremos de él en este segundo mandato aparte de lo que ya hemos visto en lo que va de su periodo.
Una personalidad psicopática, narcisista, megalómana y, en especial, mitómana es letal pues, con ellos, es como caminar en campos minados donde no sabe cómo ni dónde pararse con seguridad para seguir adelante. ¿son locos? ¡No! todos aquellos que tengan estos rasgos piensan lo que dicen y hacen sin importarle las consecuencias y a quien o qué se lleven por delante con tal de lograr únicamente su objetivo personal más no aquel que vela por el bien común.