Ante la tumba de Justo Arosemena

Justo Arosemena consideró fundamental el derecho a la libre expresión del pensamiento, ya sea por la palabra o la imprenta.
  • 12/09/2026 00:00

Discurso pronunciado en el Cementerio Amador, el 9 de agosto de 1955, al conmemorarse el CXXXVIII aniversario del natalicio del doctor Justo Arosemena

Por honrosa designación del Colegio Nacional de Abogados, distinción que agradezco en grado sumo, he venido en solemne romería a esta ciudadela del silencio, a rendir tributo de admiración y respeto a la memoria venerable de ese egregio istmeño que sabiendo vivir y morir, como pocos, dignamente, ha dejado su nombre inmaculado, su pensamiento profundo y sus acciones decididas y firmes, como legado espiritual a las nuevas generaciones, no solo de mi patria, sino de la América Hispana.

Y digo de la América Hispana, porque si bien es cierto que la figura señera del ilustrado patricio nos ha llenado del sano egoísmo de quererlo para nosotros y nada más para nosotros; sus principios y doctrinas, al trascender los límites de nuestras fronteras, lo han alejado necesariamente para acercarlo más y más a todos los pueblos de este continente.

Y no podía ser de otra manera, señores, ya que Justo Arosemena, sembrador espiritual y reformador incansable, sin forjarse vanas esperanzas dio cabida en sus labores cotidianas a la tarea enaltecedora de luchar por una América de unión, paz y armonía; orgullosa de su independencia y segura del porvenir, donde se pudieran limar las asperezas y las divergencias que suelen provocar los zarzales de la diplomacia y la política de los gobiernos, y donde la cordialidad y la absoluta confianza hicieran marchas a esta alianza de naciones por el verdadero camino de su grandeza.

No es de extrañar, pues, que, con tan nobles designios, Justo Arosemena sea el bálsamo que fluye de las entrañas mismas de la tierra y se esparce por el continente, dejándonos el aroma de estas tres palabras: unión, paz y armonía. Pero si Justo Arosemena representa un ideal en el campo internacional, ni su gloria ni su fama terminan allí, porque cuando los hombres que llegan, como el, a la altura del prestigio y del poder, logran mantenerse incólumes y en vez de jirones de honra nos dejan huellas indelebles de dignidad, sencillez y patriotismo, la gloria y la fama no son más que pálidos matices ante su verdadera grandeza de poderse refugiar en la plenitud de una conciencia tranquila.

Pretender enmarcar dentro de esta oración fúnebre las virtudes ciudadanas que han convertido a este ilustre varón en el más grande de los panameños, no es tarea fácil, sobre todo, si tomamos en consideración la intensa emoción que experimentamos al encontrarnos ante el sepulcro que guarda piadosamente sus despojos venerables.

Por ello, basta decir que en Justo Arosemena encontramos al periodista consumado de pluma cautivadora, que sabiendo la función social y cultural que debe desarrollar la prensa no la utilizó como trampolín para obtener las canonjías, prebendas y sinecuras que podían ofrecerle gobernantes ávidos de lisonjas; al educador que, viendo en la juventud a los funcionarios y ciudadanos del mañana, predicaba sobre la necesidad de impulsar la educación como el principal medio de resolver los problemas nacionales; al moralista que considerando que entre los primeros deberes de los gobiernos de América se encontraba el de establecer de preferencia la enseñanza de la moral política en los institutos donde se forma la juventud, escribió un catecismo intitulado “Principios de Moral Política”, dedicado, como era de esperar, a la juventud de América; al legislador de clara inteligencia y conocedor de nuestro derecho público, que clamaba por reformas radicales y que al presentar proyectos de positivos beneficios para el Istmo de Panamá los sustentaba con entusiasmo y energía, haciendo gala de una dialéctica que dio a su verbo una autoridad inimpugnable; y al político, que – como bien dijo el doctor Carlos A. Mendoza-, “siempre mantuvo aunque alejado en ocasiones de las luchas ardientes de la política, las doctrinas fundamentales del partido a que se afilió desde niño, sin que fuesen en parte a debilitar sus ideales las elevadas posiciones que más de una vez abandonó espontáneamente o las rechazó con desdén para no aceptar ninguna complicidad con los delincuentes de esa Patria”.

Así era el Justo Arosemena a quien venimos a tributar este sentido homenaje. Así era el Justo Arosemena que, considerando la libre expresión del pensamiento por la palabra o la imprenta, uno de los derechos inalienables del individuo, no aceptaba otra limitación que la de responsabilizar a quienes profirieran expresiones obscenas, descomedidas, calumniosas o injuriosas, porque, como él muy bien comprendía, la libertad de expresión no puede llegar hasta el libertinaje o la irresponsabilidad. Pero si don Justo se nos presenta como el político que no sabe de dobleces y como el filósofo que es faro y luz para las nuevas generaciones, también vemos en él al abogado que supo enaltecer la profesión con su limpia trayectoria por los estrados de los tribunales.

Por ello, el Primer Congreso Nacional de Abogados celebrado el año pasado en la ciudad capital, no vaciló en escoger como símbolo a este paladín de las causas nobles, que en abierto antagonismo con el criterio que ha predominado entre la mayoría de nuestros gobernantes, de desestimar la importancia del Órgano Judicial, expresaba: “La administración de justicia es el fin cardinal del gobierno que han establecido los hombres; porque si ellos viven en paz, el gobierno sería innecesario. Las combinaciones políticas no tienen otro objetivo que hacer positivas y duraderas las garantías individuales, y éstas no se aseguran sino por medio de un buen sistema judicial”. El jurista que había en Arosemena hacía que él se revelara contra los códigos ininteligibles, aún para los profesionales del derecho, adicionados, interpretados y alterados por multitud de actos que los hacía perder la armonía y la correlación que debía existir entre todas sus cláusulas, para convertirles en meros cuerpos de leyes, heterogéneas y discordantes, en perfecto desacuerdo con las costumbres y necesidades de la época.

No es posible, señores, dejar de mencionar en esta ocasión los “Estudios Constitucionales sobre los Gobiernos de la América Latina”, obra magnifica, escrita con brillantez, que pone de relieve la recia personalidad del doctor Arosemena. De ella dijo el Maestro de la juventud panameña y gran admirador de don Justo, doctor Octavio Méndez Pereira: “¿Queréis conocer las ideas del doctor Arosemena sobre la federación, el centralismo y el régimen municipal, sobre la ciudadanía y los derechos políticos, sobre la educación pública, la moral y las elecciones populares, sobre la dictadura, la justicia, la libertad y el liberalismo, sobre las garantías individuales, la soberanía y el gobierno, sobre el jurado, el militarismo, la pena capital, la religión, etc., etc.? Leed los Estudios Constitucionales. De ellos puede decirse lo que dijo Ingenieros, de las Bases de Alberdi: La ciencia y la inspiración se dieron allí la mano. ¿Qué admirar más en ese libro granítico? ¿La síntesis? ¿La exactitud? ¿La firmeza? ¿La fe? ¿La oportunidad? Tal obra no hubiera, jamás, podido escribirse en frío. Tiene la vivacidad de una polémica, si mira el pasado; le sobra el calor de una profecía, cuando contempla el porvenir. No enmudece ante las más torvas lacras de colonialismo temiendo acaso que, por callarse su enfermedad, se resistiese el paciente a ingerir la medicina; no le amedrenta la responsabilidad implícita en sus pronósticos del bienestar venidero. Su pesimismo para juzgar el pasado tuvo como equivalente natural su optimismo para prever el porvenir. El Arosemena de los Estudios es un estadista en plena virilidad. Para apreciarlo, para admirar esta obra de ciencia aplicada al arte de gobernar naciones hay que leerla”.

Señores:

Hoy que atravesamos por una crisis de valores y sobre todo de hombres, la figura de Justo Arosemena se eleva por el firmamento como astro refulgente irradiando destellos de esperanza. Recordemos su memoria, pero sobre todo imitemos sus virtudes, porque el mejor homenaje que le podemos ofrendar a este preclaro ciudadano, no lo constituyen las romerías ni los discursos laudatorios, si no el deseo sincero de llevar, como él, una vida honesta, decorosa y digna, templada en el crisol del deber y del patriotismo.

Ficha

Nombre: Julio E. Linares

Ocupación: Diplomático y político. Profesó la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad de Panamá, donde fue secretario,vicedecano y decano interino. Fue diputado a la Asamblea Nacional, miembro principal del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores, presidente de la Junta Directiva del Instituto de Vivienda y Urbanismo y de la Junta de Control de Juegos, ministro Consejero de la Delegación Permanente de Panamá ante la O.N.U., gobernador de Panamá ante el Banco Mundial, representante titular de Panamá ante el Consejo Interamericano Económico y Social, y ante la V Asamblea de Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo, donde fue electo presidente de la misma. Fue ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Hacienda y Tesoro y Ministro Interino de Trabajo y Bienestar Social. Socio del Bufete de Abogados Tapia, Linares y Alfaro, Presidente del Club Unión, presidente del Partido Nacionalista, secretario General del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional, miembro del International Law Association, de The American Society of International Law, de la Academia Panameña de Derecho, del Colegio Nacional de Abogados, del Instituto Panameño de Cultura Hispánica, de la Sociedad Bolivariana de Panamá, del Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, de la Academia Panameña de la Historia, de la Asociación Argentina de Derecho Internacional, del Club Activo 20-30 de Panamá y del Club Kiwanis de Panamá. Obras: La Casación Civil en la Legislación Panameña (1968), Derecho Internacional Público (1977), Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al funcionamiento del Canal de Panamá (1983) y Enrique Linares en la Historia Política de Panamá (1869-1949) - Calvario de un pueblo por afianzar su soberanía (1989).