Panamá, ‘un laboratorio sísmico’

Ruptura superficial sobre la Falla Azuero-Soná, asociada al terremoto del 9 de octubre, la cual atraviesa campos de cultivo y la carpeta asfáltica de la carretera, lo que provocó el hundimiento abrupto del pavimiento y la interrupción total de la vía Búcaro – Ave. Dr. Belisario Porras. Cortesía | Luis Pinzón
  • 29/10/2026 16:05

El ingeniero sismológico Luis Pinzón advierte que el país debe reforzar la evaluación de hospitales, escuelas y otras infraestructuras esenciales, ampliar su red de acelerógrafos y continuar invirtiendo en investigación. Los datos recopilados tras el reciente terremoto abren, además, una oportunidad inédita para estudiar la amenaza sísmica panameña.

El terremoto que sacudió Panamá el pasado 9 de octubre no solo volvió a poner la amenaza sísmica en la conversación pública, sino que también dejó a los investigadores una cantidad de información que permitirá estudiar cómo respondió el territorio y sus edificaciones ante un evento de gran magnitud y, sobre todo, qué debe hacer el país para reducir las consecuencias de futuros terremotos.

Para el doctor Luis Pinzón, especialista en ingeniería sísmica y dinámica estructural y exbecario de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), el evento representa un punto de inflexión.

“Panamá, en este momento, es un laboratorio”, afirma el investigador, al explicar que los daños observados cerca del epicentro, las deformaciones del terreno y los registros obtenidos mediante sensores permitirán analizar el terremoto desde la geotecnia, la geología, la ingeniería estructural y la ingeniería sismológica.

Según Pinzón, el terremoto se originó en la falla Azuero-Soná, un sistema de fallas corticales, y fue un evento superficial, a unos 12 kilómetros de profundidad y de magnitud 7.5. El especialista señala que a esta falla también se atribuyen terremotos ocurridos en 1913 y 1883, los dos anteriores con magnitudes aproximadas de 7.

La historia sísmica de Panamá contradice, a su juicio, aquella percepción de que el país es un territorio ajeno a este tipo de amenazas.

“No necesariamente somos un país que tiene la percepción de que somos un país sísmico. Generalmente estamos tranquilos, que Panamá nunca tiembla, pero históricamente sabemos que esto no es así”, explica Pinzón, director del Centro de Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad Santa María La Antigua (USMA). Esa información histórica, añade, forma parte de los estudios que permiten estimar la amenaza sísmica y establecer criterios para el diseño sismorresistente de las edificaciones.

Un mismo terremoto, diferentes efectos

En entrevista con La Estrella de Panamá, uno de los aspectos que Pinzón considera importante comprender es la diferencia entre magnitud e intensidad.

La magnitud del terremoto fue 7.5, señala, pero la intensidad experimentada en cada zona varió en función de factores como la distancia respecto al foco del evento. Por ello, los efectos y el movimiento percibido en las áreas cercanas al epicentro fueron distintos de los experimentados en la ciudad de Panamá.

De acuerdo con el investigador, los registros de aceleración obtenidos en la capital indicaban niveles que no causarían daño estructural, mientras que las áreas próximas al epicentro recibieron intensidades superiores y presentaron mayores afectaciones.

“La magnitud del evento seguirá siendo 7.5, pero la intensidad sí va evolucionando en función de la distancia con respecto al foco del evento”, aclara.

Los sensores: una oportunidad que Panamá no tenía hace cinco años

Si algo diferencia este terremoto de otros episodios sísmicos ocurridos en el país es la posibilidad de estudiarlo con información instrumental que antes no estaba disponible, recalca.

“Afortunadamente había sensores instalados alrededor del país. Yo creo que eso es fundamental, porque nos permitió tener data que, si este terremoto hubiese ocurrido cinco años antes, probablemente no hubiésemos podido tener”, sostiene Pinzón.

Los acelerógrafos registran la aceleración producida durante un sismo y ofrecen información de utilidad para la ingeniería. Al relacionar esos registros con los daños observados en campo, los investigadores pueden evaluar parámetros empleados en el diseño sismorresistente y contrastar los estudios existentes con el comportamiento real observado durante un terremoto.

Pinzón destaca el esfuerzo conjunto de la Universidad Tecnológica de Panamá, el Instituto de Geociencias y la USMA para disponer de información que pueda contribuir a mitigar los efectos de futuros eventos.

Sin embargo, advierte que la instrumentación disponible todavía resulta limitada. La USMA cuenta con cinco sensores y la UTP con diez, además de otros equipos pertenecientes a distintas entidades y empresas. Como contraste, menciona que Costa Rica dispone de una red de 160 acelerógrafos.

“Tenemos una oportunidad como país de planificarnos para que en próximos eventos podamos disponer de mucha más información”, plantea.

Hospitales y escuelas, entre las prioridades

El terremoto también dejó, según el especialista, una tarea que va más allá de aumentar la cantidad de sensores: revisar las condiciones de las edificaciones esenciales.

Pinzón menciona específicamente centros de salud, hospitales, colegios y estaciones de bomberos, instalaciones que deben continuar operativas después de una emergencia porque cumplen funciones indispensables para atender y proteger a la población.

El investigador considera conveniente establecer una estrategia nacional de inspección y evaluación de estas edificaciones, dando especial prioridad a las estructuras anteriores a la normativa sismorresistente de uso legal que, según explica, existe en Panamá desde 1984.

“No nos podemos permitir como país” que este tipo de estructuras resulte comprometido, sostiene, porque son precisamente las instalaciones que deben albergar personas, atender heridos y mantenerse operativas después de un terremoto.

Construir para proteger vidas

Para Pinzón, hablar de una edificación sismorresistente tampoco significa pensar en una estructura absolutamente inmune a los daños. El objetivo fundamental del diseño estructural frente a un terremoto es evitar el colapso y proteger la vida de sus ocupantes.

“Que tu estructura se dañe no necesariamente significa que la estructura fue mal diseñada, sino que cumplió su objetivo de salvar las vidas que integran esa estructura específica”, precisa.

En ese comportamiento intervienen factores como la altura y los materiales de la edificación, el tipo de suelo donde está cimentada, la distancia respecto del terremoto y la intensidad que finalmente alcanza el sitio. Una construcción sobre roca, ejemplifica, no responderá dinámicamente de la misma manera que otra cimentada sobre suelo blando.

El terremoto del 9 de octubre deja así una oportunidad científica, pero también una advertencia. Para Pinzón, investigar y prepararse antes del próximo evento resulta mucho menos costoso que limitarse a reaccionar después.

“Si no invertimos en esto, las consecuencias siempre van a ser mayores en pérdidas económicas, en fallecimientos, en heridos”, advierte. “Tenemos que hacer los esfuerzos, esfuerzos país, para lograr que a futuro estos eventos los logremos mitigar previamente y no esperar que ocurra el evento para reaccionar y evaluar las consecuencias”, reflexiona.