Comber Place, edificio 183: Gamboa
- 22/03/2026 12:01
Un naturalista y escritor denuncia el abandono y vandalización de un edificio histórico en Gamboa, dentro del área del Canal de Panamá, cuyo techo de cobre fue desmantelado ante la inacción de las autoridades
Cada espacio, cada estructura en el área del Canal de Panamá, sea enorme como una esclusa, mediana como un faro o pequeña como una banca de parque, conlleva en sí un significado.
Uno piensa en su valor histórico y en su estética particular. Hasta en su belleza. Y a través de ese lugar o elemento puede uno rememorar -o imaginar si no estaba vivo entonces- lo que fue lograr la proeza de sentar a negociar al león para que tanta tierra, tantas aguas, selvas y edificaciones, todo lo que es y significa el Canal, volvieran a la madre, a la patria.
Tampoco nos engañemos: existen malos hijos, desagradecidos. Hasta desgraciados: sin gracia. Pueda que solo sean ignorantes pero igual hacen mucho daño. Un bruto les dice que todo eso nos salió barato, a un dólar, y lo aplauden. Da vergüenza.
Tuve un amigo médico que en España atendía casos de adicción a la heroína. “A veces”, me contó, “el problema para los familiares es tan severo que toca recomendar que dejen al adicto a su suerte, en la calle. El adicto se vuelve como un forado en el techo y cuando eso pasa, todos los habitantes dentro, toda la familia, está en peligro”.
“Como un forado en el techo”. La expresión me quedó dando vueltas. Y es que, pues sí, ante un hueco grandote desatendido, todo lo que está debajo se daña. Más en el trópico donde tanta lluvia cae.
Por esos vínculos que establece nuestra mente por cuenta propia, entre asuntos muy del pasado con otros bien actuales ese recuerdo, esa asociación de frases y sucesos vino a mí en estos días, cuando era vandalizado el techo de cobre del edificio 183 de mi vecindario.
Construido en 1935, este edificio de Gamboa consta de ocho apartamentos “..organizados alrededor de dos escaleras centrales de hormigón iluminadas desde arriba por tragaluces... El edificio se destaca por la sutileza de sus detalles clasicistas, visibles en los marcos de las entradas principales en planta baja...”, así, con elegancia, lo describía en 2010 mi amigo el arquitecto Kurt Dillon.
Las paredes son de madera de Sequoia, árboles gigantes, hoy protegidos, que con más de 100 metros son los mayores del planeta. Y al techo lo recubren láminas de cobre de grosor único.
Por varias décadas el Smithsonian lo tuvo -y mantuvo- en concesión, alojando en él a biólogos del mundo que vienen a estudiar estas tierras tan biodiversas. Pero tras habilitar instalaciones propias lo devolvió como corresponde a la entidad gubernamental encargada.
Sucede que desde enero pasado vecinos de casas aledañas comenzaron a escuchar ruidos dentro del edificio; se organizaron para protegerlo y alertaron a la policía. Algunos ladrones fueron finalmente atrapados y conducidos ante la ley, pero como la Unidad Administrativa de Bienes Revertidos (UABR/MEF) no hizo el esfuerzo de presentar la respectiva denuncia, los ladrones fueron liberados tras pagar $25 de multa. La UABR tampoco se tomó el trabajo de clausurar la entrada ni dar mayor seguridad al edificio.
Los ladrones volvieron y siguieron desmantelando el techo de cobre y partes internas. Los vecinos, con apoyo de autoridades policiales, hacían lo posible por detener las incursiones de los maleantes que ya no solo se presentaban de noche sino incluso de día.
Hasta que el pasado 27 de febrero un pickup oficial de la UABR, enviado según indicaron los funcionarios a cargo por orden del secretario ejecutivo, Jorge Díaz, derribó arrancando del techo las láminas de cobre remanentes, “...para que los ladrones no volvieran más”.
¡Solución salomónica, digna de un récord Guinness!
Por eso me acordé de la conversación con el médico español. Sin techo el 183 quedó desprotegido como si todo su espacio superior fuera un enorme forado. Vendrán las lluvias, claro, y se dañará el edificio por entero
Se perderá y estaba habitable. Quedará en ruinas este patrimonio de Sequoia, pino de Oregón y cobre.
Y así, se irá dañando un poco más también nuestro propio interior: nuestra alma, la patria.
¿Será llana incapacidad de no poder ver el 183 en su valor patrimonial? ¿Será que prefieren vender en unos años como lote el espacio que hoy ocupa la edificación? ¿A alguien importa el daño que se hace a niños y jóvenes que observan este tipo de situaciones, donde fuera?
El dinero pues como “nivelador radical” que elimina toda distinción. Así el poder social (que tiene el edificio) se convertirá eventualmente en poder privado.
Cada espacio, cada estructura, conlleva en sí un significado... ¿Tapará alguien ese enorme forado antes que vengan las lluvias?
El autor es naturalista y escritor residente en Gamboa