¡Bienvenido, señor Edgar!
- 09/08/2026 00:00
El pensamiento complejo de Edgar Morin cuestiona las fórmulas lineales de transformación y propone mirar al individuo dentro de su sistema.
Muchas palabras de moda esconden profundidades que rara vez exploramos. “Coaching” es una de ellas. Se asocia con mejora del desempeño, logro de metas y desarrollo de habilidades. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿el coaching transforma realmente a las personas o simplemente optimiza su funcionamiento dentro de un sistema que permanece igual?
Para reflexionar sobre esta pregunta, invitemos a la conversación a Edgar Morin, filósofo y sociólogo francés reconocido como uno de los principales referentes del pensamiento complejo. Su obra ha influido en campos tan diversos como la educación, las ciencias humanas, las políticas públicas y la comprensión de los fenómenos sociales.
En sus versiones más difundidas, el coaching suele apoyarse en premisas razonables: las personas pueden cambiar, desarrollar nuevas conductas y alcanzar objetivos mediante la reflexión y la acción. El problema surge cuando el cambio se presenta como un proceso exclusivamente individual, como si bastara con ajustar algunas variables internas para obtener resultados predecibles.
La realidad, sin embargo, rara vez funciona de forma lineal. Nuestras decisiones están atravesadas por emociones, relaciones, culturas organizacionales, experiencias previas y circunstancias que no siempre controlamos. Vivimos inmersos en sistemas complejos donde todo influye, sobre todo.
Precisamente ahí las ideas de Morin aportan una mirada valiosa al coaching.
Su pensamiento propone comprender la realidad como una red de interacciones donde los fenómenos no pueden explicarse de manera aislada. Desde esta perspectiva, una meta profesional, por ejemplo, no depende únicamente de la voluntad de una persona, sino también de las dinámicas de su equipo, el liderazgo que recibe, sus creencias, su historia y el contexto en el que actúa.
Uno de los aportes más útiles es el principio sistémico, que sostiene que el todo es más que la suma de sus partes. Aplicado al coaching, esto significa que el desarrollo individual no puede separarse completamente del entorno. Una persona puede adquirir nuevas herramientas, pero si el sistema donde opera permanece intacto, es posible que los viejos patrones vuelvan a aparecer. El cambio sostenible requiere mirar tanto al individuo como a las condiciones que lo rodean.
Morin también plantea el principio hologramático, según el cual el todo está presente en cada una de las partes. En la práctica, esto nos recuerda que una situación aparentemente puntual puede reflejar patrones mucho más amplios. Un conflicto laboral, una dificultad para delegar o una resistencia al cambio pueden contener historias, valores y aprendizajes construidos a lo largo de toda una vida.
Otro concepto relevante es el bucle recursivo, que desafía la lógica tradicional de causa y efecto. Muchas veces los resultados se convierten a su vez en nuevas causas. Pensemos en una persona que siente ansiedad, posterga tareas y, como consecuencia, aumenta su ansiedad. El problema se alimenta a sí mismo. En estos casos, el desafío no consiste solamente en esforzarse más, sino en comprender y modificar la dinámica que mantiene el ciclo.
Por su parte, el principio dialógico nos invita a reconocer que los seres humanos convivimos con contradicciones. Queremos crecer y, al mismo tiempo, buscamos seguridad. Deseamos autonomía y también pertenencia. La complejidad nos enseña que estas tensiones no siempre deben resolverse de inmediato. A veces necesitan ser comprendidas y gestionadas.
Morin también recuerda que quien observa forma parte de aquello que observa. En coaching, esto significa que ni el coach ni el cliente son completamente neutrales. Ambos llegan al proceso con experiencias, interpretaciones y sesgos que influyen en la conversación. Reconocerlo no debilita el proceso; por el contrario, lo vuelve más humano y consciente.
Finalmente, la importancia de la incertidumbre. La vida está llena de variables inesperadas, por lo que el control absoluto es una ilusión. Desde esta mirada, el coaching no debería prometer fórmulas infalibles ni resultados garantizados, sino acompañar a las personas a navegar escenarios cambiantes con mayor claridad, flexibilidad y capacidad de aprendizaje.
Entonces, ¿qué aporta la complejidad al coaching? Nos recuerda que detrás de cada objetivo existe una persona inmersa en relaciones, historias y contextos. Nos invita a dejar de buscar soluciones simplistas para problemas complejos y a entender que el verdadero desarrollo humano rara vez ocurre en línea recta.
Quizás allí resida el aporte más valioso del coaching. Su impacto no debería medirse únicamente por metas alcanzadas, indicadores mejorados o resultados de corto plazo. Su verdadero potencial está en generar transformaciones más profundas: nuevas formas de pensar, de relacionarse y de comprender la propia realidad. Cuando esto sucede, el coaching deja de ser una herramienta meramente transaccional para convertirse en una experiencia genuinamente transformacional, capaz de producir cambios que trascienden el desempeño y enriquecen la vida de las personas, los equipos y las organizaciones.