Centenario de la Academia Panameña de la Lengua, historia de un compromiso

  • 16/08/2026 00:00

“...la República de Panamá, cuya alma nacional es esencialmente hispana, conserva y pugna siempre por conservar las instituciones, la lengua, las costumbres y las modalidades que pregonan su abolengo español”

Los antecedentes. La consolidación de la República de Panamá a inicios del siglo XX implicó un gran esfuerzo a escala nacional para la creación de sus principales instituciones que tenían la responsabilidad de establecer la gobernanza y las políticas propias del nuevo estado. En el ámbito cultural, se dieron pasos en la dirección de aprovechar la situación del istmo y el cruce de ideas, tendencias y las manifestaciones que definieron el perfil de la época.

Personalidades visionarias dieron un sentido muy particular a estos esfuerzos. Uno de ellos, abogado y hombre de letras, Ricardo J. Alfaro tuvo preocupación por establecer en Panamá la Academia Panameña de la Lengua y propuso a la Real Academia Española, su consentimiento para establecer una corporación correspondiente en el istmo. Es así como en 1920 escribe a Juan Bautista Armada y Losada, marqués de Figueroa y presidente de la Unión Iberoamericana, expresándole su deseo.

La carta expresó lo siguiente: “...la República de Panamá, cuya alma nacional es esencialmente hispana, conserva y pugna siempre por conservar las instituciones, la lengua, las costumbres y las modalidades que pregonan su abolengo español”. Y más adelante agrega: “Meditando sobre estas circunstancias, ha surgido en mi mente la idea de establecer en esta república una Academia de la Lengua, correspondiente a la Real Academia Española...”.

La contestación no se hizo esperar. El marqués de Figueroa respondió: “Mis impresiones respecto a la creación en Panamá de una Academia correspondiente de la Real Española son optimistas, si para ello se cuenta con un núcleo de personas que no necesita ser muy numeroso, pero sí selecto en el sentido de que, con sus obras, de las que convendría mandaran ejemplares, acrediten la competencia y cultura que requiere el cumplimiento de tan alta misión...”.

Esta fue la primera gestión que se hizo para establecer la Academia Panameña de la Lengua. Luego en 1925 se retoman los trámites al llegar a Panamá el padre Fray Pedro Fabo de María, agustino, historiador, biógrafo y etnólogo, quien había escrito obras como Poesía popular de la región colombiana de Casanare, Idiomas y etnografía de la región oriental de Colombia y Rufino José Cuervo y la lengua castellana, entre otras.

El padre Fabo, quien había sido miembro de varias academias de la lengua, reinicia las diligencias con la Real Academia Española y en mayo de 1926 recibe la notificación en que se notifica que esa entidad había decidido: “... aprobar la fundación en la Capital de esa República de la Academia Correspondiente de la Española...”.

De igual manera, la respuesta española acuerda la conformación de la junta directiva de la Academia Panameña de la Lengua, que tendría como director a Samuel Lewis García de Paredes, Eduardo Chiari, tesorero y a Ricardo Miró, como secretario.

Primeras reuniones y establecimiento

Un selecto grupo de intelectuales, periodistas y escritores se suman a esta organización en ciernes. Entre ellos: Ricardo J. Alfaro, Guillermo Andreve, Abel Bravo, Jeptha B. Duncan, Demetrio Fábrega, Julio J. Fábrega, Narciso Garay, José de la Cruz Herrera, Melchor Lasso de la Vega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Belisario Porras, Samuel Quintero y Nicolás Victoria Jaén.

Luego de cumplir con las formalidades de inicio y reuniones, entre ellas, la tercera en casa de Samuel Lewis García de Paredes, el 19 de agosto se realiza el acto de establecimiento de la Academia Panameña de la Lengua en el Instituto Nacional con la asistencia del presidente de la República Rodolfo Chiari. “Llena, completamente llena se encontraba anoche el Aula Máxima del Instituto Nacional para la inauguración de la Academia Panameña de la Lengua...” reportaba el diario La Estrella de Panamá en alusión a la ceremonia.

La Academia Panameña de la Lengua se establece y adopta sus estatutos, que consignan entre sus objetivos: “Promover el estudio, el correcto y apropiado uso y la defensa del idioma español. Colaborar con las demás academias de la lengua española, para que los cambios que experimente la lengua no quiebren la esencial unidad que esta mantiene en el ámbito hispanohablante. Registrar los modos peculiares de hablarla y escribirla en Panamá, sin menoscabo de la unidad de la lengua común. Recomendar al Gobierno panameño la adopción de medidas legales y reglamentarias que requiera el uso del español como idioma oficial de la República”.

Trayectoria centenaria

Desde su instalación, la Academia dedicó un interés preferente a la publicación de un Boletín que recogiera por completo la actividad literaria de sus miembros, lo mismo que todas las manifestaciones de la vida académica.

Tan solo unos meses después de la fundación, aparece el primer número del boletín que fue publicado el 12 de octubre de 1926, editado por la Imprenta Nacional en un cuaderno de cincuenta y dos páginas. La primera época consistió en ocho entregas, la última de las cuales, apareció en el mes de enero de 1935. Así se continuó con una publicación que ha visto varias etapas.

A los académicos les interesó un tema, que consideraron fundamental en ese tiempo. Fue el correspondiente a los panameñismos, los cuales también recibieron atención especial, hasta el punto de crear la necesidad de formar “un léxico de panameñismos aceptables”, cuidando de autorizarlos con citas, y añadiendo indicaciones, según el caso de geografía, historia, instituciones, usos y costumbres para presentarlos a la Real Academia Española e incorporarlos en las ediciones del diccionario oficial de la Lengua.

En los primeros años, esta tarea se limitó a reunir un grupo más o menos grande de voces y giros vernáculos; pero sin lograr un aporte de gran entidad en estos menesteres. Sin embargo, la Academia Panameña de la Lengua publicó en 1968 un texto denominado Panameñismos.

Otra área de interés de los miembros de este cuerpo colegiado fue la contaminación lingüística que para la población panameña representó el inglés. Más fuerte que la que en su tiempo produjo el francés, el académico don Ricardo J. Alfaro preparó el Diccionario de anglicismos destinado a desalentar el uso de voces y expresiones inglesas que no se necesitan, “porque nuestra lengua tiene sus equivalencias”.

“El lenguaje, dijo Alfaro en el prólogo de su obra, no es laguna ni pantano, es río que corre por un cauce constante, pero que al correr aumenta su caudal con el de sus afluentes, renueva sus aguas y va dejando en las orillas parte de las arenas que arrastra. Ante este proceso eterno, es deber de cada generación apartar de las linfas del idioma lo que enturbie su limpidez o empañe su belleza”.

“Desde su inauguración, en 1926, hasta la fecha, la Academia Panameña ha publicado numerosos libros importantes de la literatura panameña y boletines”, planteó Elsie Alvarado de Ricord en un informe. La institución publicaba semanalmente una columna periodística intitulada Correcciones del lenguaje, que era escrita por don Baltasar Isaza Calderón, don Miguel Mejía, don Ismael García y don Gil Blas Tejeira. También colaboraron posteriormente don Ernesto de la Guardia y don Ismael García.

La tarea de investigar y generar conocimiento sobre el idioma, el habla y sus particularidades especiales en el caso panameño, han sido una verdadera constante en el trabajo fecundo de los miembros de la APL, quienes han publicado artículos, trabajos, aportes a la lexicografía u obras literarias en todos los géneros.

Uno de los aspectos que preocupó a los miembros de la APL fue la actualización en los cambios que surgen constantemente en la lengua y por esa razón se celebraron durante varios años las jornadas de verano, con seminarios servidos por especialistas traídos especialmente del extranjero.

El trabajo de la Academia Panameña de la Lengua en cien años ha sido arduo, pero meticuloso y con el objetivo de dar al país una herramienta de comunicación que sea eficiente y que cuente con los mecanismos que la hagan lucir con sonoridad, armonía y fluidez para que pueda convertirse en un sello de orgullo y caracterice al país.

Hay retos y desafíos que deberá asumir esta institución, sobre todo de preservar la vigencia de la lengua en esta era digital. Junto a la Academia se mueven en toda la región panhispánica otros organismos similares para mantener la unidad de unos 600 millones de personas que requieren comprenderse. Ahora se debe atender los aspectos que surgen como la Inteligencia Artificial y el español, que debe luchar ante las imposiciones artificiales y usos gramaticales no generalizados.

*El autor es Académico Numerario de la Academia Panameña de la Lengua

Desde su instalación, la Academia dedicó un interés preferente a la publicación de un Boletín que recogiera por completo la actividad literaria de sus miembros, lo mismo que todas las manifestaciones de la vida académica.”