Crónicas del Vicio de Alondra Badano: la libertad

Alondra Badano Gaona es actriz y directora de teatro, novelista, poeta, ensayista y, además, profesora universitaria con doctorado en ciencias teatrales. Cedida
  • 18/10/2026 13:10

Una novela sobre la libertad, la pasión por el arte y el teatro, la memoria de las dictaduras y los exilios, y la resistencia frente al autoritarismo y la banalización de la sociedad.

Tras la feria del libro de Panamá, he podido leer esta novela de la multifacética uruguaya-panameña, Alondra Badano Gaona. Ella es actriz y directora de teatro, novelista, poeta, ensayista y, además, profesora universitaria con doctorado en ciencias teatrales. Decir que es multifacética es, en verdad, decir muy poco, pues ha descubierto los vasos comunicantes, el camino, las relaciones y las conexiones, del mundo literario, artístico, cultural y político.

Prueba de esto es su última publicación, Crónicas del vicio (2026), una novela dividida en 22 capítulos, un epílogo y las referencias. Me he preguntado, como en todas las reseñas que escribo, en cómo comenzar y recuerdo siempre a Benjamin que escribió que la crítica consiste en dar con el contenido de verdad de una obra.

Podemos discutir, a la manera socrática, qué es la verdad, y más en este llamado mundo de la posverdad, pero he dejado al texto que me guíe en su contenido, en su verdad más íntima, cuando en el epílogo leemos: ´Miguel de Unamuno, en su obra Niebla, plantea una discusión entre autor y personaje, al final del texto.

Aparece Unamuno como personaje y dialoga con Augusto Pérez, su protagonista. El escritor quiere manipularlo y llevarlo a lo que imaginó de él. Ha querido libertad. Quiere seguir viviendo y lo logra. Cuando leemos el libro, Augusto Pérez, un ser gris, ocioso, que no sirve más que para filosofar, está vivo. Como vivo es el escenario y el vicio humano que lo mantiene´. Efectivamente, desde la primera página de esta novela, respiramos el impulso de libertad, de una niña que desea ser, con todo su espíritu y voluntad, una cabaretista, a pesar de las reticencias familiares.

Es una niña que sueña con Paris, con el teatro de variedades Folies Bérgere y el Mulin Rouge, y no por casualidad la portada de la novela está ilustrada con una imagen de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), aquel ilustrador aristócrata que, con sus afiches, revolucionó el arte moderno y el mundo de la publicidad, desde el mundo de las cabaretistas que conocía desde adentro. La narración que transcurre en tercena persona nos presenta a la protagonista, que es el alter ego de la escritora, y nos obliga a preguntarnos – por conocer el epilogo - si aquella se dejó manipular por la escritora.

No lo creo. Lo cierto es que la voluntad de libertad se hace sentir con cada página que vamos leyendo, cuyo texto es más que una novela de formación, porque se intercalan retrospectivamente con reflexiones, diálogos, observaciones y, además, denuncias de la protagonista adulta — como lo que ocurre en Gaza, que ella designa como ‘genocidio’ — que le tocó vivir las dictaduras de su país de origen y de toda la región. Estuvo presa, por poco tiempo y, sin duda alguna, esta novela respira la atmósfera de la cultura, sueños y utopías, en la época de la Guerra Fría, de una generación irrepetible, y extraordinaria.

Al salir de su país, nos sigue llevando de la mano este sujeto narrativo, que asume ocasionalmente la primera persona, por muchos países de América Latina y el Caribe, física y espiritualmente, y encontramos especialmente conmovedor los dramas humanos que encuentra en su camino, como del dramaturgo y director colombiano, Fernando Peñuela (1948-2011), del muy renombrado grupo teatral, La Candelaria, y también aquellas páginas que le dedica a Raúl Leis (1947-2011), escritor, sociólogo, dramaturgo y político panameño, víctima de la negligencia médica.

La narradora nos confiesa que ´Las ganas de dedicarse al teatro fueron diluyéndose con la edad´. Pero el vicio, la pasión por el arte, el teatro, y la escritura, la creación, a pesar de los vaivenes, que se afirma en su libertad, no deja nunca de pulsar y marcar el ritmo de una peripatética vida que, con el teatro, la llevó también a Irán, al país de los Mullahs, y es notable, como ella misma reconoce, su ¨estrecha formación religiosa¨, y reclama su libertad desde el recuerdo, al decir que ´De joven fue la primera en usar bikini en la playa...´, es decir, sabía perfectamente bien que no era de allí, pero esto no le quita la voluntad y la curiosidad de comprender, bajo su crítica feminista, antipatriarcal y, además, profundamente antiautoritaria, que el velo ¨oculta y protege a la vez¨, doble situación que amerita ir más allá de los prejuicios o preconceptos.

En la narradora siempre reconocemos a la niña: su apertura al mundo. En el teatro, por su experiencia de vida, sentimos igual este espíritu al decir que la obra se reinventa permanentemente, diálogos y situaciones, que el autor no había contemplado. Y así es su mundo, un movimiento complejo, que la narradora nos hace participe en su peripatética vida llena de viajes y textos, de personajes y cruce de fronteras. Hay un momento donde ella, nos dice ´Ya acostumbrada al Caribe´, pues a partir de un libro, Viajeras del Caribe (1983), de Nara Araújo, pretende escribir un texto ´sobre las mujeres que miraron el área por primera vez´.

Son mujeres occidentales que miran al Caribe, que es una región contradictoria, que ha tenido y tiene sus regímenes dictatoriales, y que le han negado también la libertad a millones de personas y han obligado a muchos al exilio y la inmigración. En fin, de la narradora Crónicas del vicio, que narra un paisaje complejo, recibo el ritmo de la libertad que se siente en cada página, bien escrita y fluida, porque ella quiere seguir escribiendo en un mundo que, como sociedad, está en ¨decadencia por la banalización¨, pero que ella resiste y supera porque la niña, la que soñaba con ser cabaratista, nunca ha dejado de palpitar en su vida.

Teatro La Candelaria