El óleo perdido de Simón Bolívar: la increíble historia del retrato que apareció en Panamá y regresó a Venezuela
- 09/08/2026 00:00
Descubierto por un coleccionista en la década de 1990, el que hoy se considera el óleo más antiguo conocido de Simón Bolívar permaneció varios años en Panamá antes de ser autenticado y adquirido por la Fundación Polar. Su hallazgo permitió recuperar una pieza clave de la iconografía del Libertador
Antes que Simón Bolívar se convirtiera en el libertador. Antes de los caballos, las batallas y las proclamas que cambiarían el destino del continente, hubo un joven venezolano que posó en silencio frente a un pintor. Vestía de civil. No llevaba uniforme ni espada. Aún no cargaba sobre los hombros el peso de cinco repúblicas.
Corría el año de 1808 y nadie podía imaginar que aquel óleo, pintado con la calma de los días ordinarios, terminaría emprendiendo un viaje tan extraordinario como la propia vida del retratado.
La historia comenzó casi dos siglos después, a inicios de los noventa, cuando, como coleccionista y dueño de un almacén de antigüedades, recorría uno de los países bolivarianos en busca de antigüedades. El oficio enseña a desconfiar de las apariencias, pero también a reconocer esos instantes en que la historia parece esconderse detrás de un objeto cotidiano.
Por pura curiosidad y algo de aprensión de mi parte, seguí a un marchante de arte que me invitó a su vivienda, que quedaba un poco alejada de todo. Cuando ya me había mostrado lo que tenía a la venta y ya de salida, vi colgado en el comedor de la casa un cuadro que inmediatamente llamó mi atención.
No era un retrato solemne ni monumental. Era simplemente una presencia. El dueño de la vivienda explicó que la pintura estaba allí en consignación y que su propietaria aceptaría venderla. El negocio se cerró como tantos otros. Sin ceremonias. Sin imaginar que aquel lienzo contenía una revelación.
Solo cuando después observé a contraluz el cuadro descubrí una inscripción que parecía abrir una puerta hacia el pasado: Caracas, 1808. Desde ese instante supe que aquella pieza era distinta.
El cuadro cruzó los Andes y llegó a Panamá, donde permaneció durante algunos años colgado tanto en mi casa como en mi almacén de antigüedades. Mientras decenas de personas desfilaron frente a él sin sospechar que el primer óleo desconocido de Simón Bolívar reposaba discretamente en una ciudad por la que el Libertador nunca llegó a pasar, pero que estaba en sus pensamientos.
Antes de buscar compradores internacionales tuve un gesto que pocos conocen. Ofrecí la obra al Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá, a un precio irrisorio comparado con el valor por el que lo vendí después, convencido de que una pieza de semejante valor histórico debía permanecer en el país y formar parte del acervo del Salón Bolivariano. Pero la respuesta fue sencilla y dolorosa: no existían fondos para adquirirla.
La historia siguió su camino. SOTHEBY’S, en New York, respondió mostrando interés y estimó que podría ponerla en subasta con una base de quince a veinte mil dólares. Sin embargo, el destino del cuadro no estaba en Manhattan. Estaba en Caracas.
En enero de 1997, un venezolano pasó por mi almacén de antigüedades y se encontró con el rostro de Bolívar. Me pidió descolgar el cuadro, lo examinó minuciosamente y luego me dijo que él conocía a una persona que estaría muy interesada en adquirir la obra.
El 5 de febrero de 1997, viajé a Caracas con el lienzo cuidadosamente protegido hasta las oficinas de la culta y bella dama Leonor Jiménez de Mendoza, filántropa y presidente de la Fundación Polar.
Dicen que hay emociones que ningún protocolo consigue ocultar. Cuando el envoltorio cayó y apareció el rostro juvenil de Bolívar, la empresaria apenas pudo contener el asombro.
Frente a ella estaba el cuadro del que durante años solo se hablaba como una leyenda entre especialistas: “el cuadro del estudiante”.
La emoción dio paso al rigor. Un reconocido curador que se encontraba allí con ese propósito se alejó con la obra, la examinó durante unos 20 minutos. Después regresó sin discursos ni explicaciones. Bastó un leve afirmativo de la cabeza. Era auténtico.
Entonces la pintura dejó de ser un objeto de colección para convertirse en una pieza capaz de reescribir un capítulo en la historia visual del Libertador.
Hasta ese momento, los estudios reunidos por Alfredo Boulton en su obra “El rostro de Bolívar” registraban apenas veintidós retratos realizados durante la vida del libertador: ocho sobre papel, siete miniaturas en marfil, seis óleos y una acuarela.
Pero este lienzo ocupaba un lugar excepcional. Antes de él solo existían dos diminutos retratos pintados sobre marfil. Ningún óleo conocido era tan antiguo y ninguno había sido pintado en Venezuela. El siguiente se haría en 1812 en Cartagena, cuando Bolívar ya era el conductor de los ejércitos independentistas.
El joven de mi retrato no era el Libertador. Era simplemente Simón Bolívar. Vestía como un hacendado caraqueño llegado de España. No había uniformes, ni medallas ni gloria militar. Solo el rostro de un hombre cuya historia aún no había comenzado.
La Fundación Polar adquirió la obra por 67,500 dólares con el propósito de conservarla para el patrimonio venezolano.
Así terminó la epopeya de un cuadro que salió de Caracas y, cuando nadie sabía dónde estaba, el alma de Bolívar encontró la manera de retornarla a su hogar, casi dos siglos después, convirtiendo esta pieza en una de las más importantes de la iconografía bolivariana.
Resulta una de esas ironías que tanto le gustan a la historia. Simón Bolívar jamás puso un pie en Panamá. Sin embargo, el primer óleo ahora conocido que lo retratara vivió allí durante algunos años. Silencioso, esperando que alguien descubriera que detrás de aquel joven vestido de civil se escondía el rostro del hombre que cambiaría para siempre la historia de América.