El vicio de cosificar la vida

La sed de dinero como detonante de la peor de las violencias: aquella que prevé el daño colectivo y decide no evitarlo.
  • 04/07/2026 00:00

La tragedia del supermercado en Paraguay reabre el debate sobre la seguridad en espacios públicos y sobre cómo la codicia puede convertir un accidente en una catástrofe humana. Publicado originalmente el 8 de mayo de 2004

A los seres humanos, en el campo de la violencia, ya nada les resulta extraño. Son tantos los episodios trágicos vividos, surgen con tanta regularidad que toda conmoción carece de relieve y la lamentación por la ocurrencia de un hecho doloroso prontamente se traslada, como reacción, a otro suceso de peores dimensiones. Un bombazo reemplaza a otro de repercusiones más tenebrosas.

Lo terrible es llegar a convivir con la agresión, tenerla como algo familiar, como lo cotidiano. No se puede negar que los pueblos del Oriente Medio ya están habituados al martirio. Ni se puede ignorar que en algunas zonas territoriales de Colombia los peores crímenes se ejecutan sin producir mayores sorpresas. Es lo permanentemente esperado. Una nueva acción sangrienta en Irak es lo recurrente en cada nuevo día. Es una desgracia tener por habitat un ámbito tan cruel. Existen otros acontecimientos horrorosos absolutamente inesperados, no comunes en el pasado y en el presente tienen la categoría de lo que reincide, de lo posible. Es posible que un pueblo andino sea sepultado una y otra vez por una avalancha de lodo y piedra; es posible que los ríos desbordados lleven en sus corrientes, ayer y hoy, destrucción y muerte. También es posible que los incendios forestales arrasen cada año con miles de hectáreas cuajadas de florestas o de hermosos pinares. Algunos de estos hechos pueden tener su origen en lo fortuito, en la imprudencia o en la acción dolosa.

Se dan, sin embargo, otros episodios de consecuencias espantosas que no los ocasiona ni lo fortuito ni la culpa. Son hechos que responden a una causa física e impersonal. Un cortocircuito, por ejemplo. Pero esa causa que no tiene que producir necesariamente un resultado fatal puede encontrar en su camino una nueva condición que tiene el carácter de concausa, producida por la voluntad humana, que da un giro criminal a lo que inicialmente no tenía que producir resultados dañosos.

Es lo que acaba de ocurrir en un Supermercado, en Asunción Paraguay. Un cortocircuito-posiblemente un hecho fortuito-produjo un incendio, causa inicial, que trajo como consecuencia mas de 400 muertos y 500 heridos. Ese resultado tan inesperado lo produjo una concausa que se incorporó para modificar el desarrollo esperado o normal del cortocircuito. Los dueños o encargados del Supermercado, producido el incendio, ordenaron el cierre de las puertas del establecimiento para evitar un pillaje o que los clientes se fueran sin pagar. Es decir, la codicia engendró una concausa a mi juicio absolutamente dolosa. En ese escenario no se puede calificar la conducta de los administradores como imprudente o culposa.

En materia penal existe el llamado dolo eventual que es la intención más próxima a la culpa y se da cuando el autor de una acción puede prever la posibilidad de un resultado o cuando es posible la previsibilidad lógica de un daño. Si en el Supermercado se provocó un incendio y en su interior se encontraban centenares de personas, ordenar el cierre de las puertas para que los clientes se sometieran a los peligros de las llamas, no es una imprudencia, lo que existe claramente es una intención homicida porque el actor, el que ordenó el cierre de las puertas previó o debió haber previsto, sin duda, las consecuencias mortales de su proceder.

Lo ocurrido en Paraguay debe servir para revisar en nuestro medio las deficientes medidas de seguridad adoptadas en los grandes centros destinados a congregar multitudes, como los teatros, los gimnasios, los supermercados, las discotecas, etc., generalmente provistas de una sola puerta de salida y sus dueños y la Oficina de Seguridad deben prever las consecuencias fatales en caso de un siniestro u otro espanto. El no tomar medidas preventivas equivaldría a una omisión dolosa.

Los móviles de los conflictos que hoy se dan entre naciones descansan en razones egoístas y complejas. En lo del Paraguay el motivo del holocausto se encuentra en el ánimo de lucro, en la sed de dinero, de eso que Papini llamaba el estiércol del diablo, manjar tan apetecido por quienes tienen por alma y corazón una voraz y descomunal caja registradora.

En el fondo de todas las perversidades, violencias y ambiciones que han convertido el mundo en una inmensa lágrima, subyace como causa esencial de ellas la codicia, la vanidad y la idea engañosa de que el día inexorable, “el día en que levamos ancla para jamás volver”, la opulencia, la arrogancia y la gula monetaria no serán reducidas al polvo bíblico como todo lo que es propio de la naturaleza humana.

Los responsables del cierre del Supermercado Paraguayo tendrán ahora y mientras vivan una cruz clavada en el punto más sensible y doliente de sus conciencias. Esa cruz tendrá más de 400 clavos que atormentarán la memoria como sanción a quiénes por puro vicio cosificaron la vida dándole un valor inferior a lo que tiene un fardo de mercaderías.

Es de esperar que la sanción moral o el juicio de reproche colectivo caiga como una centella describiendo mensajes admonitorios porque la historia indica que para los fenicios cosificadores y dados al soborno no se promulgó el Código Penal.

Ficha

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.