En los cien años de la Academia Panameña de la Lengua

Escritores, lingüistas, poetas y académicos panameños integran la historia de la Academia Panameña de la Lengua durante sus 100 años de existencia. Cedida
  • 20/09/2026 00:00

La Academia Panameña de la Lengua cumple 100 años de preservar y estudiar el idioma español en Panamá. Su historia reúne a escritores, lingüistas y académicos, mientras la institución enfrenta nuevos desafíos ante los cambios del lenguaje, las redes sociales y la inteligencia artificial

Hace cien años un grupo de intelectuales panameños decidieron constituir la Academia Panameña de la Lengua, como ya lo habían hecho varios países y habrían de hacerlo después otros tantos.

Data del 12 de mayo de 1926 la autorización de la Real Academia Española para establecer en Panamá una academia correspondiente, y gracias a la determinación de aquellos panameños y al incansable tesón del padre Pedro Fabo se pudo celebrar, en el Aula Máxima del Instituto Nacional y con la presencia del presidente de la República, Rodolfo Chiari, la solemne inauguración de esta institución, que ha funcionado durante un siglo completo, sin interrupciones ni interferencias.

Cuando se fundó la Academia Colombiana de la Lengua, la primera en esta parte del mundo, Panamá era parte de Colombia, de manera que podríamos alegar, con algo de razón, aunque no sirva para nada, que también fuimos los primeros en establecer ese vínculo enriquecedor y fecundo entre las academias, separadas por un océano, pero unidas en el propósito de fortalecer y preservar el buen uso de nuestro idioma.

Quiero agradecer muy especialmente la presencia del presidente José Raúl Mulino, de la ministra de Cultura, así como la de la directora de la Academia Boliviana de la Lengua, España Villegas, y de Jorge Fornet, director de la Academia Cubana de la Lengua, que también conmemoró este año su primer centenario.

Ha sido esta la casa donde han confluido durante los últimos cien años lo más granado de la intelectualidad panameña, sus escritores, sus novelistas, sus ensayistas, sus lingüistas y sus poetas.

Papel de las Academias

El papel de las academias ha variado de manera significativa tanto en sus objetivos como en la percepción que de ellas se tiene en la sociedad. El lema que todavía hoy figura en el emblema de la Real Academia Española reza así: «Limpia, fija y da esplendor». Pero hubo uno anterior, de muy poca duración, que se acerca mucho al papel que muchos le atribuyen a la Academia; decía simplemente “Aprueba y reprueba”. Estamos hablando de 1714, pero en pleno siglo XX y ya menos en el XXI para muchos, incluidos célebres escritores, el que una palabra apareciera en el Diccionario constituía una especie de autorización para su uso, así como su no aparición en el Diccionario de la Real Academia (DRAE) representaba una prohibición absoluta de su uso. Gracias a esa percepción sobre la facultad omnímoda de la Real Academia Española, algunos escritores, Gabriel García Márquez entre ellos, se fueron lanza en ristre contra el diccionario y de paso contra los académicos. «En el diccionario de la Real Academia –decía Gabo—las palabras son admitidas cuando están a punto de morir, gastadas por el uso». Como «criterio de embalsamadores» llegó a llamar al de los académicos.

Polémicas, repito, no han faltado entre académicos e intelectuales, entre los que consideran que las academias se han tornado muy laxas abriéndoles las puertas a palabras y expresiones que empobrecen el idioma, y aquellos que estiman que no es función de las academias erigirse en rectores que manejan con rigidez el uso de las palabras.

Cambio significativo

Un cambio significativo en la formulación de las normas del lenguaje lo constituyó el establecimiento formal de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) en 1951, pues a partir de entonces comenzamos a referirnos a una política lingüística panhispánica, elaborada por el esfuerzo conjunto de todas las academias. De allí que, incluso, el diccionario ya no sea el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE como se le conocía) y ahora sea el Diccionario de la lengua española (DLE).

Por supuesto, el uso de las mayúsculas, la supresión de algunas tildes (contra lo cual se han rebelado no pocos escritores), la escritura unida de palabras que antes eran separadas, la inclusión en el diccionario de miles de palabras nuevas o nuevas acepciones de las palabras viejas, y un largo etcétera hablan por sí solas de la ingente labor de las academias para adecuar el idioma a las nuevas formas de expresión, a la vez que preserva su uso adecuado e integra el habla de los 635 millones de hispanoparlantes.

Pero al margen del debate (situándolo en los extremos) de si las Academias de la Lengua deben constituir una fuente rígida e inapelable sobre los usos del idioma o si por el contrario deben limitarse a registrar su uso cotidiano (ambos extremos son perniciosos), algunas reglas se han establecido sobre el llamado lenguaje inclusivo, y algunas normas básicas sí han variado de tal manera que pudieron (o debieron) tener cambios en la fijación de ordenamientos jurídicos locales, como es el caso de Panamá. Me refiero, por ejemplo, a la numeración de las cédulas.

Cuando a la mayoría de los asistentes al acto de esta noche nos enseñaron el abecedario, algunas letras figuraban en él que hoy han desaparecido. Por ejemplo, la che y la elle. A, B, C, Ch, D, nos hacían repetir. Sin embargo, pese a la tenaz y sesuda oposición de Elsie Alvarado de Ricord, las academias decidieron que la che y la elle no habrían de ser letras independientes como hasta entonces eran consideradas, para transformarlas en simples dígrafos, es decir una secuencia de dos letras que representa un solo sonido.

La Academia Panameña de la Lengua, ha servido de anfitriona de importantes cónclaves académicos en los últimos años.

En el 2011 se realizó en nuestro país el XIV Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española y en el 2013 fuimos los anfitriones del evento que cada cuatro años reúne a escritores, académicos y conferencistas más reconocidos en habla hispana: el Congreso Internacional de la Lengua Española, que organizan conjuntamente las academias y el Instituto Cervantes. El éxito rotundo de aquel evento nos abrió las puertas para que el Instituto Cervantes y los directores de las academias reunidas en Arequipa el año pasado escogieran por unanimidad a Panamá para que lo celebre nuevamente en el 2028.

Hace cien años una pléyade de hombres ilustres e ilustrados dieron el paso de fundar la Academia Panameña de la Lengua. Apenas 25 años después, en 1951, ingresó la primera mujer como académica, la insigne poetisa María Olimpia de Obaldía (no deja de ser notable este hecho si se tiene en cuenta que no fue hasta 1979 –veintiocho años después—que una mujer ingresó a la Real Academia Española).

Nuevos retos

Hoy los retos son distintos y monumentales, pues si antes se luchaba por la corrección en el hablar y en el escribir, hoy, además, la batalla es contra esas depredadoras del idioma que son las redes sociales, y para que la inteligencia artificial que todo lo sabe pero que mucho se equivoca nos hable y escriba como Dios manda o, mejor dicho, como mandan las Academias.

Hace cien años Fray Pedro Fabo recibió de la Real Academia Española el documento oficial en el cual se dispuso la creación de la Academia Panameña de la Lengua, así como los títulos y credenciales correspondientes. Evoco hoy la memoria de Samuel Lewis, su primer director, de Eduardo Chiari, su primer tesorero y de Ricardo Miró su primer secretario, así como la de esos primeros académicos: Ricardo J. Alfaro, Guillermo Andreve, Abel Bravo, Jeptha B. Duncan, Demetrio Fábrega, Julio Fábrega, Narciso Garay, José de la Cruz Herrera, Melchor Lasso de la Vega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Belisario Porras, Samuel Quintero y Nicolás Victoria Jaén, para que puedan comprender la magnitud del legado centenario que hemos llevado sobre nuestros hombros y la inmensa responsabilidad que portamos de guardar para las futuras generaciones las huellas de sus pasos.

Edición del discurso pronunciado el 19 de agosto, en la sede institucional. El autor es el director de la Academia Panameña de la Lengua, período 2024-2027