La cultura de ceder el asiento en el transporte público: entre la norma y el juicio social
- 31/01/2026 00:00
Entre normas establecidas, cansancio físico y juicios amplificados por las redes sociales, la convivencia diaria revela realidades que no siempre son visibles a simple vista.
El transporte público no solo mueve personas de un punto a otro. También concentra tensiones, hábitos, normas no escritas y formas de relacionarse que reflejan el estado de la convivencia social. En Panamá, uno de los gestos más debatidos en estos espacios es ceder el asiento, una práctica que, lejos de resolverse en silencio, cada vez genera más confrontaciones abiertas y exposición pública.
Lo que antes se resolvía con una mirada o una petición discreta, hoy suele terminar en reclamos en voz alta, discusiones y, en algunos casos, grabaciones que circulan en redes sociales. El asiento se convierte entonces en un punto de choque entre expectativas sociales, cansancio físico y percepciones generacionales.
En estaciones, vagones y paradas, la escena se repite: miradas que buscan aprobación, silencios tensos y comentarios que escalan con rapidez. El transporte, concebido como un espacio colectivo, termina siendo también un lugar donde se disputan valores como el respeto, la empatía y la comprensión mutua.
Cuando la norma se enfrenta a la realidad cotidiana
Ceder el asiento se asocia culturalmente al respeto y a la consideración hacia los adultos mayores. Esta idea, profundamente arraigada, funciona como una norma social que muchos consideran incuestionable. Sin embargo, su aplicación diaria ocurre en contextos mucho más complejos de lo que la norma sugiere.
En la práctica, el transporte público reúne a personas que vienen de jornadas laborales extensas, turnos nocturnos, estudios universitarios, trabajos físicos demandantes y trayectos largos. En ese cruce de realidades, la norma no siempre contempla el estado físico ni emocional de todos los usuarios.
Carlos Urriola, un joven de 23 años usuario del transporte público, reconoce que el conflicto suele partir de una percepción externa: “La gente piensa que porque uno es joven siempre puede ir de pie, pero yo trabajo todo el día y después estudio. A veces el cuerpo no da más y nadie ve eso”, comenta.
Para los adultos mayores, el reclamo suele estar vinculado a una necesidad concreta. Con el paso de los años, el equilibrio se vuelve frágil, los dolores aumentan y viajar de pie representa un riesgo real. Desde esa experiencia, no ceder el asiento puede percibirse como una falta de consideración o incluso de respeto.
Por otro lado, Delfina Cossio, una adulta mayor que utiliza el transporte público con frecuencia explica su preocupación: “No es capricho. A cierta edad uno se puede caer con facilidad. A veces da miedo ir de pie, sobre todo cuando el metro va lleno y ya las rodillas no dan más”.
Jóvenes cansados, cuerpos que no siempre hablan
Del otro lado, muchos jóvenes señalan que la edad no siempre refleja la capacidad física. Existen condiciones de salud que no se evidencian a simple vista y que dificultan permanecer de pie durante largos trayectos. Problemas como escoliosis, dolores lumbares crónicos, lesiones de rodilla, hernias discales, várices o fatiga extrema forman parte de la realidad de personas jóvenes que dependen del transporte público a diario.
A estas condiciones se suman rutinas que combinan trabajo y estudio, largas horas de pie y desplazamientos que inician antes del amanecer y terminan entrada la noche. Sin embargo, estas situaciones rara vez entran en el imaginario colectivo cuando se evalúa quién “debe” levantarse.
La percepción social suele apoyarse en la apariencia: juventud como sinónimo de fortaleza, vejez como sinónimo de fragilidad. Esa simplificación, repetida una y otra vez, deja poco espacio para matices y termina reforzando estigmas que afectan la convivencia diaria.
El transporte público como espacio de juicio social
Más allá del asiento, especialistas en convivencia social señalan que estos conflictos reflejan tensiones más amplias: relaciones intergeneracionales, normas sociales no escritas y una creciente necesidad de corregir al otro en público. En ese contexto, el celular se ha convertido en una herramienta de señalamiento. Grabar, publicar y exponer se percibe, en muchos casos, como una forma de denuncia ciudadana, aunque sus consecuencias no siempre se consideran.
Videos que muestran discusiones aisladas circulan sin contexto, generando reacciones inmediatas y comentarios que etiquetan a las personas como “irrespetuosas” o “abusivas”, sin conocer su situación física, emocional o personal.
El límite legal de la exposición
La exposición no es solo social, también tiene implicaciones legales. En Panamá, el artículo 577 del Código de la Familia establece que toda persona tiene derecho exclusivo sobre su propia imagen y que esta no puede ser reproducida públicamente sin su consentimiento, incluso si fue captada en un lugar público.
Esto significa que grabar y difundir a un ciudadano común durante un conflicto en el transporte público puede vulnerar su derecho a la propia imagen, especialmente cuando la publicación afecta su dignidad o reputación. En un contexto donde la viralización es inmediata, este límite legal suele pasar desapercibido. La normalización de grabar conflictos cotidianos plantea interrogantes sobre hasta qué punto la denuncia pública contribuye a mejorar la convivencia o si, por el contrario, profundiza la polarización entre grupos sociales.
Entre el respeto y la empatía
El debate sobre ceder el puesto no es nuevo, pero hoy se desarrolla en un contexto distinto: uno marcado por el cansancio colectivo, la presión social y la permanente vigilancia digital. Mientras los adultos mayores reclaman consideración y cumplimiento de las normas, muchos jóvenes piden no ser juzgados únicamente por su edad o apariencia. El reto, coinciden voces expertas, no está solo en hacer cumplir las reglas, sino en promover una convivencia más empática, donde el diálogo pese más que el señalamiento y donde se entienda que no todas las necesidades son visibles.
En el transporte público, el asiento se convierte así en algo más que un espacio físico. Es un punto de encuentro entre generaciones, realidades distintas y una sociedad que aún busca cómo convivir sin convertir cada desacuerdo en un juicio público.