La odisea: un matiné a la panameña

  • 09/08/2026 00:00

La nueva versión de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, despierta un debate entre la fidelidad al poema de Homero y la libertad de reinterpretarlo, mientras el filme contrasta con la mirada existencial de Ítaca, de Konstantin Kavafis

La Odisea, la última película del cineasta inglés Christopher Nolan, cuenta el periplo de dos décadas de Odiseo, rey de la isla de Ítaca, durante las cuales asedió y destruyó la ciudad de Troya, y su viaje de regreso con los soldados que sobrevivieron. El filme se inspira en el poema de Homero, bardo griego del siglo VIII a. C., que, según expertos, nunca existió. La Odisea es la continuación de la Ilíada, epopeya que canta las hazañas y muerte de Aquiles, el mítico héroe griego. También narra la artimaña ideada por Odiseo: se construyó un gran caballo de madera para engañar a los troyanos, escondiéndose él y otros guerreros en su interior. Creyendo que era una ofrenda de paz, los troyanos lo metieron en la ciudad. Por la noche, Odiseo y sus hombres salieron del caballo y permitieron la entrada del ejército griego, logrando así la conquista de Troya.

La Ilíada y la Odisea, epopeyas que seguimos leyendo después de más de dos mil setecientos años, son la versión escrita de una larga tradición oral: voces de hombres y mujeres que las cantaron, transformando, verso a verso, el poema durante siglos. Que hayan sobrevivido ambos relatos es un milagro de tenacidad, providencia y prueba de la pasión que provocaron y siguen despertando. Pasión que se refleja a través de las interminables reseñas y críticas de especialistas, escritores, cineastas, periodistas, políticos e historiadores de todo el mundo en torno al nuevo filme de Nolan. Y por encima de todo, la pasión del público global que ha hecho del filme uno de los más taquilleros de la historia.

Grandes obras de la literatura universal se han inspirado en la Odisea. Destacan Ulises (1922), del gigante irlandés de las letras, James Joyce; Penelope y las doce criadas, de la portentosa escritora canadiense Margaret Atwood, y en especial, para los que amamos la poesía, Ítaca (1911), del gran poeta griego Konstantin Kavafis. Kavafis vivió en Alejandría, a las orillas del Mediterráneo egipcio, y a fines del siglo XIX e inicios del XX, cuando la antigua ciudad era una colonia de Grecia. Tuve la fortuna de visitar el elegante museo dedicado a su vida y obra, en lo que fue su hogar, un pequeño y acogedor apartamento cerca de la playa, cuando me invitaron a presentar algunas de mis performances en Egipto, poco tiempo después de su fallida revolución. El poema Ítaca de Kavafis sobre La Odisea comienza así:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones, ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón.

El poema de Kavafis es lo opuesto a la película de Nolan. En esta, Odiseo emprende con desesperación el retorno a Ítaca, acompañado de sus soldados, después de masacrar a los troyanos. El filme habla de superar los peligros a toda costa. Ítaca, en cambio, es una profunda metáfora existencial que aconseja aprender con calma, entusiasmo y pleno goce lo que sucede en el camino de regreso a casa.

La Odisea se ha interpretado de infinitas maneras a través de la historia y los géneros artísticos, incluyendo las letras, la pintura y la escultura, hasta llegar al cine, que posee un lenguaje propio. ¿Tenemos que dar el visto bueno al filme de Nolan porque se apega a los versos originales o porque su reinterpretación vale la pena?

Un hombre descomplicado

Emily Wilson, especialista en los clásicos y traductora de múltiples obras griegas y romanas, es la primera mujer en traducir la Odisea al inglés. Su método se centró en crear un poema ágil, musical y fácil de leer, manteniendo el impulso narrativo y polifónico del original. Nolan la menciona como una gran fuente de inspiración para la película. En su reciente artículo para el London Review of Books, titulado “Un hombre descomplicado”, Wilson critica el filme como superficial. Según la académica, Odiseo, interpretado por Matt Damon, es simplón, aburrido y mediocre; los diálogos, abominables; y la historia, sin complejidad dramática ni sentido del humor. Peor aún, carece de toda sexualidad, contrario al original y a buena parte de la literatura y la cerámica griega, caracterizada por su fogosidad. Añade que presenta personajes femeninos anodinos, como la pobre Penélope, la esposa de Odiseo, interpretada por Anne Hathaway. Y continúa diciendo que las secuencias de acción aparecen sin contexto ni explicación. Pienso, por ejemplo, en el salvaje ataque a los soldados de Odiseo por los lestrigones, gigantes caníbales de los que ni siquiera se menciona su nombre ni sus hábitos alimenticios. Ah, y Wilson remata con la comida, que califica de vomitiva.

No obstante, muchos cineastas y críticos elogian la decisión de Nolan de rodar su película según métodos tradicionales, evitando el abuso o la dependencia excesiva de los efectos digitales; incluso prescindiendo de una orquesta para la grabación musical. Un claro ejemplo es el uso de un títere colosal para dar vida al cíclope Polifemo, gigante de un solo ojo e hijo de Poseidón. Este “monstruo” encierra a Odiseo y sus hombres en su cueva. A los que no logran escapar los devora con brutalidad. La escena remite a “Saturno devorando a su hijo”, una de las célebres pinturas negras del español Francisco de Goya, considerado padre del arte moderno. Imágenes como esta, solo el cine es capaz de reinventar y yuxtaponer con tal fuerza que las dota de nuevos personajes y significados.

¿Logran redimir la película estos momentos brillantes, llenos de metáforas, símiles y acción—como la soberbia batalla de los soldados griegos abriendo las puertas de Troya después de escapar sigilosamente del vientre del caballo—? Odiseo busca la expiación por sus atrocidades, engaños e infidelidades, intentando salvar a sus camaradas de los peligros del viaje. El poema de Kavafis nos habla de esta mala conciencia y de la culpa:

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

La epopeya del matiné

Vi La Odisea un domingo en la enorme y alargada pantalla de un cine IMAX. La película ha sido la primera en la historia en filmarse enteramente con cámaras IMAX de 70 mm, un formato tan monstruoso como las bestias que encontraron Odiseo y sus hombres. De esta manera, la cinta logra una coherencia visual y formal con la epopeya que quiere contar, aunque cambia y simplifica la historia y sus personajes.

La sala estaba abarrotada de espectadores con envases de millo de tamaño familiar. Hombres, mujeres, niños, abuelas y abuelos formaban parte de un falso paisaje nevado y crujiente. El llanto de un bebé cortaba, de vez en cuando, los sosos diálogos de la película que dura tres horas. Gente entraba y salía sin parar y sin control, como en los matinés de mi niñez en los cines Ópera de la vía España, el Roosevelt de San Francisco y el Río, entre Río Abajo y Parque Lefevre. Esa tarde de domingo, el público quería darse un festín de aventuras con toda la familia. La oportunidad de pasear con la tía abuela.

En su último gran monólogo, Odiseo, disfrazado para no ser reconocido, se lamenta ante Penélope, su esposa, de lo que el mundo perdió en la guerra de Troya y de la ambición: “Vivíamos en un mundo de palacios y comercio, con idioma propio, ciegos ante su belleza, hasta que lo rompimos. Sí, mi reina. Romper la Ley de Zeus. Se está desmoronando nuestra era”: palabras que son ecos de nuestro presente y el mundo. Se ha normalizado el romper las leyes y la concertación, violar la voz popular y las instituciones, saquear la naturaleza, deforestando, minando...

El Odiseo de Nolan es un personaje simplón, pero lleno de esperanza: un romántico. Al igual que muchas adaptaciones modernas de figuras clásicas, su Odiseo no representa a un rey o a un héroe, sino al hombre común. Al “hombre sin atributos”, título de la novela del brillante escritor austríaco de principios del siglo XX, Robert Musil. Se trata de una persona libre de artificios, pero también atormentada, ambivalente, culpable, luchadora, vapuleada, vulnerable y perdida. Como cualquiera de nosotros.

Gracias a Nieves, Franco, Cielo, Carlos y Adrienne por su entusiasta ayuda en esta edición de El Visitante.

El autor es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).