Ligia Urroz: tres novelas, un exilio y mucha memoria

Ligia Urroz ha publicado tres novelas: La muralla, Somoza y Por mi gran culpa (presentada en la Feria Internacional del Libro de Panamá). Cortesía | Daniel Mordzinski
  • 20/09/2026 00:00

En la obra de la escritora Ligia Urroz están presentes las raíces familiares, el desarraigo, la música, su Nicaragua natal y su exilio en México

Un día la mamá de Ligia Urroz (Nicaragua, 1968) quedó maravillada con un descubrimiento insólito: su hija de tres años sabía leer.

Estaban de vacaciones en México y venía la pequeña a bordo del automóvil observando el paisaje urbano, cuando de repente descifró todas las palabras escritas en las vallas publicitarias como si fuera la facultad más normal que pudiera tener una niña de su edad.

La mamá dijo emocionada: “¡Esta niña se lo ha aprendido de memoria, tal vez lo vio en la televisión!’. Pero otro día, en la mesa del comedor, leí la cajita del serial y luego el periódico del abuelo. Era una marca de que definitivamente iba a estar abocada a la lectura todo el tiempo, ¿no? Después lo único que me regalaban mis papás eran libros, libros y libros”, anota quien cultiva la novela, el cuento, la crónica y el ensayo.

Aunque también le gustaba salir a correr, andar en su bicicleta y jugar béisbol con sus vecinos. “Yo era medio marimacha”, dice entre risas, quien colabora con periódicos culturales de México.

La primera novela de adultos que leyó en su Nicaragua natal fue sobre las hermanas Meg, Jo, Beth y Amy, quienes junto a su madre Marmee March, siguen adelante entre los fragores de la Guerra de Secesión. “Mujercitas (de Louisa May Alcott) era lo típico que te daban para leer, ¿no?”.

En su adolescencia, cuando ya estaba exiliada en México junto a su familia por culpa de la dictadura de Anastasio Somoza, la principal distracción que tenía era leer porque estaban en una precaria situación económica. “¡Qué mejor que tener una biblioteca en la casa! Mi papá me dio todo el boom latinoamericano y todo el Siglo de Oro español”.

Esas fueron sus lecturas iniciáticas y a partir de ahí siempre tiene un libro (preferiblemente impreso) en su mesita de noche, aunque tampoco se niega a leer una obra en Kindle o escuchar un audiolibro.

Tiene una formación académica vinculada con la economía y las finanzas, así como estudios sobre literatura.
El dentista de Gabo

Hablando del boom literario tiene una anécdota divertidísima con el colombiano Gabriel García Márquez. Durante una de sus visitas a México, antes de que el futuro Nobel de Literatura residiera en ese país de forma permanente, lo conoció en el consultorio de un dentista.

“El dentista era el nuevo embajador en México del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua. Al principio, lo veía medio feo y medio recalcitrante. De pronto este señor fue conociendo mejor a mi papá, se cayeron súper bien y se hicieron grandes amigos. Y el dentista era amigo de Gabo”, rememora Urroz, quien ha publicado tres novelas: La muralla (2009), Somoza (2021) y Por mi gran culpa (2024).

Entre lámparas de exploración, espejos dentales y pinzas se codeó con el creador de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán. “Estaban allí sentados los tres tomando whisky y platicando mientras yo estaba afuera leyendo”.

Y de pronto, se oye un grito: “¡Ligia Judit, ven acá!”.

Sus padres son los únicos que la llaman por su nombre completo. Entonces entró y se encontró en la silla del dentista a Gabo. “Luego mi papá me pregunta: ‘¿Quién es este señor?’. Gabo se me queda viendo así con ojos de pobrecita niña y dice en mi defensa: ‘¿por qué le estás haciendo este examen?’ Yo le respondo: ‘¿Usted es don Gabriel García Márquez? De inmediato, sigo: ‘¿Puedo preguntarle unas cosas?’ Y me dice él: ‘¿Qué quieres saber?”.

Fue la interrogante perfecta que puede recibir una persona curiosa, pues Ligia aprovechó para rellenarlo con cuestionamientos sobre las novelas El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad y los cuentos de Ojos de perro azul. “Y empiezo a mis 15 años, desde una inocencia brutal, a hablar con él. Y después de platicar y platicar sobre sus personajes, me dice: ‘niña, deberías estudiar literatura”.

Consejo que no siguió porque cuando se hizo mayor obtuvo una licenciatura en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México y luego un máster en Relaciones Industriales por la London School of Economics.

“Pero toda la vida, Gabo fue una bendición para mí al escribir La muralla. Porque tiene mucho de realismo mágico. Tiene mucho de esa vida de Macondo y de esta vida, digamos, mágica. Y cuando empecé a escribirla, a Gabo lo tenía acá (señala a su cabeza). Ya luego vendrían otras compañías, pero la primera, creo que la más fundamental fue él”, indica quien toca la guitarra rítmica en una banda de rock.

Nació en Managua, Nicaragua, en noviembre de 1968. Reside en México desde los 11 años.
Escenas

Cuando se enfrenta a la computadora, sabe más o menos las coordenadas de sus libros. “Sé dónde estará tal personaje, que este otro personaje tendrá tales características y tengo una idea de la estructura, que luego quizás se va a ir desarrollando diferente, pero eso es otra cosa, porque sé que va a ir cambiando conforme vaya escribiendo”.

La muralla la elaboró como un círculo, ya que arranca por el final. Es sobre una niña que quiere cruzar el desierto para alcanzar el sueño americano en Estados Unidos.

De La muralla recuerda que sintió tener control de la narración cuando terminó una escena precisa. Ella es claustrofóbica y desde esa experiencia cuenta cómo a los inmigrantes ilegales los coyotes los dejan abandonados en el desierto dentro de un enorme vehículo.

Los pasajeros intentan escapar rompiendo con sus manos una rendija del camión que les permitía a duras penas respirar, porque el sol los estaba cocinando como si estuvieran en el infierno. “Ellos empiezan a meter las manos por esa rendija y van dejando pedazos de su carne. Se empiezan a matar entre sí por el pánico. Fue una escena que me hizo llorar. Cerré la computadora y dije: ‘esto tiene que quedar bien porque me hizo sentir que me estaba ahogando”.

Mientras que Somoza es una línea recta. “El libro está dividido en dos partes. La primera es el punto de vista de los enemigos de Somoza y la segunda, cómo lo veía yo como niña. Es una narración muy intimista y lo que yo viví con él sin juzgarlo, y luego aparezco yo, ya adulta, haciéndole preguntas sobre el destierro y el exilio”.

En Somoza se sienten los bombardeos, el olor a pólvora y a muerte. “Yo tenía la mirada perdida al pasar y ver los cadáveres. Al escribir me encontré con mi pasado”.

Sobre Por mi gran culpa, en torno a un miembro del clero que abusa de una joven en tiempos coloniales, no quería dar lecciones per se. “Es el lector quien debe tomar la decisión sobre qué opina sobre los personajes”.

No cree en ideas preconcebidas. Huye al panfleto y a los discursos ideológicos. “La receta es que no hay recetas para escribir ficción”.