Mujeres poetas de Panamá: la lengua, el cuerpo y la nación en una antología bilingüe
- 26/07/2026 00:00
La poesía de mujeres panameñas se convierte en memoria, identidad y resistencia en una antología bilingüe
Agradezco este espacio, tan amable, para hablar sobre una antología que, desde su propio título, anuncia una toma de posición: Women Poets of Panama / Mujeres poetas de Panamá, 1980-2025. No estamos ante una reunión casual de poemas, ni ante una muestra panorámica de escritoras nacidas o vinculadas a un país. Estamos, más bien, ante un gesto cultural de gran significación: María Roof, traductora; y Sonia Elhers, editora, reúnen, ponen en diálogo, traducen y hacen circular la palabra poética de las mujeres panameñas en un arco que va de 1980 a 2025.
Este periodo no es menor. Comprende décadas decisivas para la historia panameña reciente: la maduración de una conciencia nacional posterior a las luchas por la soberanía canalera; la crisis de los años ochenta; la invasión de 1989 y sus consecuencias; la reversión del Canal; la globalización neoliberal; la emergencia de nuevas subjetividades; las luchas por la visibilidad de las mujeres, de los pueblos originarios, de las comunidades afrodescendientes, de los cuerpos históricamente subordinados o silenciados. Leer esta antología es, por tanto, leer también una zona profunda de la historia cultural panameña. Pero no desde los documentos oficiales ni desde las grandes proclamas públicas, sino desde la palabra íntima, corporal, memoriosa, rebelde y muchas veces desgarrada de sus poetas.
La primera importancia de esta antología reside, desde luego, en su condición de poesía escrita por mujeres. Conviene decirlo con claridad, porque durante mucho tiempo la literatura nacional —no solo la panameña, sino la latinoamericana en general— fue organizada desde criterios que privilegiaron ciertas voces, ciertos tonos, ciertos asuntos y ciertas formas de autoridad. Las mujeres escribieron siempre, pero no siempre fueron leídas con la misma atención. Estuvieron presentes, pero con frecuencia fueron ubicadas en los márgenes del canon, en zonas laterales, como si sus escrituras fueran testimonios menores de una sensibilidad privada y no formas complejas de conocimiento histórico, social y estético.
Esta antología desmiente esa reducción. Aquí la poesía de mujeres no aparece como complemento de una tradición mayor: aparece como tradición en sí misma. Y esa tradición no es homogénea. No se deja reducir a un solo registro, a una sola emoción ni a una sola causa. Hay poesía de la memoria familiar, (como “Ancestra”, de Aura Sibila Benjamín, uno de los mejores ejemplos): la bisabuela Dolores aparece como raíz familiar, memoria afrocaribeña, trabajo, cocina, relato y resistencia. En este poema, la genealogía femenina se vuelve archivo de la nación.
Hay poesía erótica: como “Réveil”, de Mar Alzamora. El poema tiene una sensualidad sugerida, no declarada. El deseo surge entre sueño, mar, balcón, cuerpo y expectativa amorosa. Es un erotismo de atmósfera, de insinuación, de imagen.
Hay poesía patriótica como “9 de enero (1964)”, de Angélica Simpson McNally o el poema 20 de diciembre, de Aura América González Beitía, que se vinculan directamente a la memoria patriótica panameña, a la soberanía, a la invasión y al sufrimiento histórico del país.; hay poesía que es vínculo con la Madre Tierra, como “Mi pie sobre la tierra” de Andrea Lino Machi; hay poesía urbana, como “En el tráfico”, de Corina Rueda Borrero; “Callada aún estoy”, de Algis Xiomara Aldeano Vásquez, como confirmación afrodescendiente; “Abuelas”, de Taira Stanley, como memoria indígena; “Variaciones de abeja en pronombres personales”, de Gloriela Carles, como experimentación verbal; “A ti, que ya no estás, de Katia Malo, como poesía de duelo; “Mujerona”, de Melanie Taylor Herrera, como afirmación corporal; “Lejanía”, de Patricia Vlieg, como canto de exilio y pertenencia; y “Afasia”, de Isabel Burgos, como poema de la lengua quebrada, buscándose a sí misma. En fin, que basten estos ejemplos; y decir que se ha abierto un campo plural de experiencias y formas.
La antología permite ver, además, cómo la escritura femenina interroga la nación desde lugares que a veces han sido considerados secundarios: la casa, la cocina, la abuela, el cuerpo, la maternidad, la piel, el deseo, el miedo, el silencio, la enfermedad, la memoria doméstica, la infancia, el barrio, el río, la comarca, la ciudad, el mar. Pero esos lugares no son menores. En ellos se deposita la historia. En ellos se acumulan las violencias menos visibles. En ellos se transmiten saberes, mandatos, heridas y formas de resistencia. La nación no está solamente en los monumentos, en las fechas patrias o en los discursos institucionales. También está en una abuela que cruza un río, en una mujer que recuerda su piel negra, en una hablante que se pregunta por su identidad, en una poeta que nombra el hambre compartida, en una voz que vuelve al pueblo natal, en otra que mira el tráfico o la soledad de la ciudad contemporánea.
Uno de los ejes más poderosos del volumen es, precisamente, la relación entre memoria, genealogía y mujer. Muchas de estas poetas escriben desde la conciencia de que la identidad no empieza en el yo aislado, sino en una cadena de voces anteriores. La figura de la mujer funciona como archivo vivo. No se trata de una nostalgia decorativa. Se trata de una recuperación crítica de linajes femeninos que sostuvieron la vida aun cuando no ocuparan los espacios oficiales del poder.
Pienso, por ejemplo, en los poemas donde la memoria de las mujeres mayores no aparece como simple evocación sentimental, sino como fuerza civilizatoria, como trabajo, como resistencia, como transmisión de cultura. Allí la mujer no es únicamente objeto de canto: es sujeto de historia. Cocina, vende, lava, canta, cura, cría, recuerda, funda comunidad. Su cuerpo carga una memoria social. Sus manos son documento. Su voz conserva aquello que la historia escrita muchas veces dejó fuera.
Otro aspecto central es la presencia de lo afrodescendiente y lo indígena como dimensiones constitutivas de la poesía panameña contemporánea. La antología no presenta un Panamá abstracto, uniforme o retóricamente nacional. Presenta un país diverso, atravesado por lenguas, territorios, cuerpos y memorias distintas. La poesía darienita, afrocaribeña, guna, emberá, wounaan, urbana, mestiza, cosmopolita, se despliega como un mapa plural de pertenencias. Este gesto es fundamental, porque evita convertir la literatura panameña en una imagen reducida del istmo como simple zona de tránsito. Panamá es tránsito, sí; pero también es raíz, selva, tambor, comarca, puerto, barrio, archipiélago, herida histórica, frontera cultural y memoria viva.
En algunas voces, el tambor, el bunde, el bullerengue, el tamborito, la danza y la oralidad no son elementos folclóricos añadidos al poema. Son formas de conocimiento. Son modos de decir una historia que no siempre pasó por la letra impresa. La poesía recoge entonces ritmos, giros del habla, invocaciones, cadencias comunitarias. En esos textos, la palabra escrita no cancela la oralidad: la prolonga, la transfigura, la convierte en presencia literaria.
Algo semejante ocurre con las voces indígenas. Cuando aparece la mola, la montaña, la abuela mar, la Madre Tierra, los pueblos originarios o la defensa del territorio, no estamos ante una postal étnica. Estamos ante una poética de la pertenencia y de la resistencia. Allí el poema defiende una relación con el mundo que la modernidad depredadora amenaza constantemente. La naturaleza no es paisaje exterior, sino matriz de vida, memoria y sentido. Por eso, en estas poéticas, la defensa de la tierra es también defensa de la lengua, de la mujer, de la comunidad y del futuro.
La antología muestra igualmente una fuerte conciencia del cuerpo. El cuerpo femenino aparece como espacio de deseo, de dolor, de afirmación, de violencia, de envejecimiento, de goce y de lenguaje. En muchos poemas el cuerpo no es un tema entre otros: es el lugar desde donde se piensa. La piel, la boca, las caderas, las manos, la sangre, el pecho, el vientre, la voz, no son imágenes ornamentales, sino formas de situar la experiencia. Frente a una tradición que muchas veces convirtió el cuerpo de la mujer en objeto de contemplación masculina, estas poetas lo recuperan como territorio propio. Lo nombran desde adentro. Lo vuelven palabra, memoria, protesta, celebración.
También hay en el libro una notable variedad formal. No estamos ante una poesía escrita bajo una misma estética. Conviven el poema breve y el poema narrativo; el lirismo de raíz intimista y la experimentación verbal; la oralidad popular y la densidad culta; la imagen barroca y la frase directa; el poema de denuncia y el poema meditativo; la memoria rural y la sensibilidad urbana; la intertextualidad con tradiciones internacionales y la apelación a cantos comunitarios. Esa diversidad formal revela la madurez de la poesía panameña escrita por mujeres. No hay una sola manera de decir la experiencia femenina; hay muchas, y cada una construye su propio régimen de verdad poética.
Quisiera detenerme también en la condición bilingüe de la antología. Este es un rasgo esencial. No se trata únicamente de ofrecer los poemas en español y en inglés para facilitar su lectura en otros espacios. La traducción aquí cumple una función cultural más profunda: abre la poesía panameña a una circulación transnacional. La lleva más allá de sus fronteras lingüísticas inmediatas. Permite que lectoras y lectores de otros ámbitos se acerquen a una tradición poco conocida fuera del istmo. En ese sentido, la antología no solo reúne voces: las proyecta.
Pero toda antología bilingüe plantea, además, una pregunta decisiva: ¿qué ocurre con un poema cuando pasa de una lengua a otra? La traducción no es una copia transparente. Traducir poesía implica trasladar sentidos, ritmos, silencios, intensidades, imágenes, zonas de ambigüedad. Implica negociar pérdidas y hallazgos. En el caso de esta antología, el desafío es todavía mayor, porque muchos poemas trabajan con marcas culturales muy específicas: giros de habla panameña, referencias afrodescendientes, imaginarios indígenas, ritmos populares, memorias locales, nombres propios, cadencias del Caribe, modulaciones de la oralidad. Traducir todo eso significa no solo traducir palabras, sino traducir mundos.
Por eso el bilingüismo del volumen debe entenderse como un acto de mediación cultural. El inglés no borra el español ni lo sustituye. Lo acompaña. Lo abre a otros lectores. Le permite viajar. Y al mismo tiempo recuerda que toda poesía traducida conserva una zona de misterio, un resto intraducible, una vibración que pertenece a la lengua de origen. Ese resto no es un fracaso de la traducción; es parte de la vida misma del poema. La traducción no clausura el sentido, lo multiplica.
Hay que subrayar también que la edición bilingüe coloca la poesía de mujeres panameñas dentro de una conversación más amplia: centroamericana, latinoamericana, caribeña, hemisférica. Panamá, muchas veces leído como país de paso, como puente, como canal, aparece aquí como centro emisor de palabra poética. No es solamente territorio atravesado por otros: es territorio que habla. Y habla en español, pero también se deja escuchar en inglés; habla desde lenguas y memorias múltiples; habla desde el Caribe, desde la selva, desde la ciudad, desde el cuerpo, desde la historia.