Otra vez los fascistas en la cultura: entre Bauhaus y el estilo internacional
- 27/09/2026 00:00
La extrema derecha acaba de ganar las elecciones en Sachsen-Anhalt, donde está la ciudad de Dessau
Después de vivir muchos años en Alemania, de haber aprendido lo que significa, para los intelectuales, artistas y escritores, los regímenes totalitarios, como el nacionalsocialismo, resulta preocupante escuchar a la extrema derecha con su programa cultural para Alemania. Plantean, por ejemplo, que al llegar al poder, promoverán el arte nacional alemán, que el Bauhaus, una escuela de arquitectura, arte y diseño, no es alemán, sino es un arte internacional, que no representa al país y a los alemanes.
La extrema derecha acaba de ganar las elecciones en Sachsen-Anhalt, donde está la ciudad de Dessau, que cobija la escuela Bauhaus diseñada por el arquitecto Walter Gropius (1883-1969), quien además fue su fundador y director entre 1919 y 1928.
En Panamá, mi primer conocimiento de la escuela Bauhaus se la debo a quien considero uno de los más prominentes intelectuales que ha dado este país, por su amplia formación cultural, su ojo crítico y agudo, y su incansable producción académica, Eduardo Tejeira Davis (1958-2016), quien hizo su doctorado en Alemania con Raíces de la arquitectura moderna latinoamericana: la región hispano-caribeña desde finales del siglo XIX hasta la actualidad (1987).
Lo conocí recién llegado a Panamá de Alemania y, en aquel entonces, cuando yo aspiraba a una beca de doctorado en este país, no pude imaginarme que la extrema derecha alemana, después de haber vivido el totalitarismo nazista y el holocausto, podría plantear todavía, en la mejor tradición del nacionalsocialismo, que la Bauhaus no era alemán.
Ya realizado mi doctorado en Alemania y haber estudiado a profundidad el romanticismo alemán, que fue un movimiento cultural, literario y artístico, movimiento artístico nacido en los umbrales del siglo XIX, comprendí que no todo nacionalismo cultural, marcado por una identidad de raíces, orígenes y tradiciones, es automáticamente conservador y reaccionario, aunque este potencial regresivo está siempre presente, esperando, en el peor de los casos, que lo activen los populistas de derechas o izquierdas.
Pero, en Alemania, este nacionalismo cultural, tuvo la impronta del Estado nación alemán y, más aún, fue ocupado con el elemento racial del nacionalsocialismo. El arte alemán fue definido como ario y, para tal efecto, en 1927, los nazis montaron en Múnich la exposición Entartete Kunst, Arte degenerado, con el que confiscaron y robaron todo lo que fue el arte de vanguardia en Alemania, porque hay que decir que la primera víctima del nazismo fueron los propios alemanes, quienes quedaron despojados de toda su enorme y variada riqueza intelectual, trágicamente representada con la quema de libros ordenada por el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, en toda Alemania y, especialmente en Berlín, Behelplatz, en 1933.
Toda esta atmosfera, contra la cultura y los intelectuales en Alemania, provocó la persecución y el exilio de muchos, entre ellos de Walter Gropius, y quienes se quedaron en Alemania, algunos se adaptaron al régimen como lo hizo el actor, Gustavo Gründgens, quien fue base del personaje Mephisto (1936) de la renombrada novela de Klaus Mann (1906-1949), hijo de Thomas Mann (1875-1955).
Si algo se puede decir es que, hasta el arribo al poder del nacionalsocialismo, el país había vivido un crecimiento de todas sus artes. Lo curioso de toda esta historia del nacionalsocialismo, con respecto a la cultura, es que mientras en Alemania los nazis lograron acabar con la alta cultura alemana, abierta y cosmopolita, orientada, admirada y estudiada en todo el mundo, los oficiales de la ocupación nazi en París nunca dejaron de ir al teatro para disfrutar de las obras, por ejemplo, de un Jean Paul Sartre.
Y lo más cínico y siniestro es que los nazis jamás renunciaron al talento de quienes fueron estigmatizados y gasificados como judíos, como la violinista Alma Rosé (1906-1944), sobrina del compositor Gustav Mahler, para montar orquestas y conciertos para entretener a los oficiales con música clásica y acompañar los trabajos forzados y ejecuciones.
Bauhaus no solo fue una escuela de arquitectura. Fue también una escuela de las artes y, según el Manifiesto Bauhaus (1919), firmado por Gropius, el edificio que era el fin último del arte debería unir la escultura, la pintura y el diseño.
Había que regresar al taller, donde debería superarse, la clásica división del artesano y del artista, que es un ideal crítico y utópico de la modernidad. Entender a Bauhaus solo requiere partir del principio básico de su filosofía, la forma sigue a la función, es decir, esta filosofía arquitectónica debería liberarnos de la decoración inútil, que estorba y que inunda los espacios. Sencillez y claridad.
A partir de aquí, sin embargo, hay que decir que el diseño Bauhaus, que va desde un edificio, hasta una silla y una lampara, se caracteriza por la sofisticación, un diseño que también se ha industrializado y popularizado con IKEA, un almacén global y globalizador de un cierto estándar estético caracterizado por la funcionalidad y el pragmatismo.
Personalmente, soy un seguidor y admirador de Bauhaus, su llamado estilo internacional, cosmopolita y liberal, que, incluso, tuvo como a uno de sus directores a un comunista como Hannes Meyer (1889-1954), antes que le siguiera, Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969), quien catapultó el estilo internacional de Bauhaus desde su exilio en los Estados Unidos.
Toda esta historia resulta insoportable para los fascistas, no tanto por los diseños mismos, sino por todo el contenido conceptual de su filosofía, un contenido que se coloca en las antípodas de la fiebre contemporánea por los regionalismos y las identidades cerradas, por las tribus culturales y políticas que, paradójicamente, también son globales.