Panamá, 1903: Un territorio cuatro realidades
- 08/11/2026 00:00
Las cuatro identidades que el poeta e historiador Pedro Rivera describió como países son en realidad la expresión social y territorial de una misma relación asimétrica de carácter transitista. Sin embargo, hay en nuestra historia un patrón: sectores enfrentados pactan cuando está en juego el tránsito
La República nacida en 1903 adoptó un modelo de identidad que desde entonces ordena al país. En el Centenario, el poeta Pedro Rivera retrató ese orden desigual con una metáfora incómoda: en un mismo territorio coexistían cuatro países, cada uno con su identidad. Más de veinte años después, propongo otra lectura: no son cuatro países, sino uno solo que en 1903 hizo de la identidad de uno, la identidad nacional.
La primera identidad es la del país transitista, que Rivera entendía más como un grupo social que como un lugar: financistas, comerciantes, profesionales y burócratas del centro urbano y canalero. Allí se concentran la inversión y los servicios, y desde allí se ha escrito casi siempre la historia nacional. Colón, en plena ruta y entre las ciudades más pobres del país, prueba que el corredor también produce marginados.
La segunda es la del país agrario, en particular Azuero y las provincias centrales. La nación que hizo del tránsito su razón de ser convirtió al interior en su emblema, guardián del folclor y de la pollera, mientras la región ve envejecer su infraestructura pública y su economía empuja a los jóvenes hacia la ciudad.
La tercera es la de los excluidos, nombre que Rivera dio a los pueblos indígenas, asentados sobre todo en las comarcas. La autonomía comarcal fue una conquista de esos pueblos, pero no trajo la inversión para cerrar las brechas en agua, salud y educación; allí se registran los índices de pobreza más altos del país.
La cuarta es la del país marginal: barrios como El Chorrillo y Curundú, distritos como San Miguelito y, hoy también, la frontera de Darién. Suele decirse que allí el Estado está ausente; en realidad está presente, pero más como control y seguridad que como garante de derechos.
Estas identidades no son del mismo orden: la primera es un proyecto nacional; las otras tres ocupan los lugares que ese proyecto les asignó. Interesa entender cómo un grupo social logró confundir su papel con el de la nación entera.
Hay que volver a octubre de 1903. El día 2, tras el rechazo del tratado Herrán-Hay, el representante istmeño Luis de Roux advirtió al Congreso colombiano que disolverse sin resolver el asunto del canal era “peligroso para la integridad nacional”; y anunció que Estados Unidos actuaría en el Istmo “con nuestra voluntad o sin ella”. El 3 de noviembre, conservadores y liberales istmeños, enfrentados hasta hacia poco en la Guerra de los Mil Días, proclamaron juntos la separación de Colombia, con el respaldo de buques de guerra estadounidenses.
El transitismo venía de lejos, como mostró Ricaurte Soler; lo nuevo en 1903 fue convertirlo en la razón de ser de un Estado. El escudo lo proclama con su lema, “Pro Mundi Beneficio”; y el himno canta a “ambos mares que dan rumbo a tu noble misión”. Es lo que Hobsbawm llamó la invención de la tradición.
Pero el objeto de esa misión, el Canal, quedó bajo control de Estados Unidos; y Panamá nació como un Estado tutelado. La Constitución de 1904 en su artículo 136, aprobado por los propios constituyentes istmeños, autorizó a Estados Unidos a intervenir “para restablecer la paz pública y el orden constitucional”. La élite del tránsito pidió esa tutela y la usó hacia adentro: en 1925, el gobierno solicitó las tropas de la “Zona” para reprimir a los inquilinos de su propia capital.
Tras el esfuerzo de varias generaciones, el Canal pasó a control del gobierno panameño en 1999. Aquella lucha, sin embargo, se libró por el control del tránsito y dejó intacta la identidad que lo había convertido en la razón de ser, del país. Tampoco el torrijismo, el proyecto que más habló del campo, alteró esa jerarquía.
Hay en nuestra historia un patrón: sectores enfrentados pactan cuando está en juego el tránsito. Ocurrió en 1903; y volvió a ocurrir en los años noventa. En 1994 el país incorporó a su Constitución un título dedicado al Canal, que puso su administración fuera del alcance de los gobiernos de turno, y antiguos adversarios convergieron en los Encuentros Panamá 2000. Las comarcas, el interior y los arrabales nunca han tenido un blindaje semejante.
¿Cómo se ha sostenido este orden? Una identidad nacional, además de unir, ordena. La del tránsito hizo parecer natural que la inversión y las decisiones se concentraran en la ruta mientras el resto esperaba su turno. Se aprende desde la escuela y, de tan repetida, deja de percibirse, hasta que hay que decidir quién paga los costos. Entonces aparecen las cuatro identidades que, en palabras de Rivera, han creado “una cultura de acumulación y carencias”.
Rivera buscó el origen de esa desigualdad en la conquista, en los “despojos y servidumbres” del siglo XVI. Lo ocurrido en 1903 fue distinto. Quienes fundaron la República, unidos más por los intereses del tránsito que por un ideario común, no buscaron un país desigual, pero tampoco imaginaron una nación capaz de superar esa desigualdad. Su proyecto la transformó en orden republicano, con la identidad del tránsito como mito y ciudadanías de distinto peso.
Algunos episodios muestran cuánto pesa cada una. La invasión estadounidense de diciembre de 1989 arrasó El Chorrillo, barrio mayoritariamente afrodescendiente y vecino del cuartel central de las Fuerzas de Defensa. Esa vecindad explica la destrucción, no lo que vino luego: miles de damnificados pasaron meses en hangares y la cifra de muertos sigue en disputa. El costo lo pagó el país marginal, en el centro mismo de la capital.
Fuera de la capital, dos represas separadas por medio siglo obedecen a la misma lógica. La del Bayano inundó tierras de los pueblos guna y emberá; los desplazados esperaron décadas por la titulación de sus nuevas tierras; y en 2014 la Corte Interamericana condenó al Estado por esa demora. La del río “Indio”, respuesta a la sequía de 2023, que restringió el paso por el Canal, reasentará a cientos de familias campesinas. El país necesita agua y habrá indemnizaciones, pero con esas comunidades se negocia el precio, no la decisión.
Los proclamados próceres imaginaron una nación del tránsito y en buena medida lo lograron: Panamá recuperó el Canal y lo administra con eficiencia. Pero la prosperidad que trajo no se ha distribuido con equidad: según la Cepal, Panamá sigue entre los países más desiguales de América Latina. Las periferias, sin embargo, no han sido espectadoras. Desde la huelga inquilinaria de 1925 hasta las protestas contra la minería en 2023, han reclamado, y en ocasiones conquistado, los derechos que la República les negaba.
No es tarea de la historia dictar soluciones. Sí le corresponde mostrar que este orden no es natural: se construyó en 1903, se ha renovado desde entonces y, por lo mismo, puede construirse de otra manera. Las cuatro identidades que Rivera describió como países son en realidad la expresión social y territorial de una misma relación asimétrica. En 1903, el representante del Istmo advirtió que otros decidirían por los istmeños; 123 años después, es el centro el que decide por las periferias. ¿Qué país tendríamos si por fin lo pensáramos desde el interior, las comarcas y los arrabales, y no desde la ruta?
El autor es Profesor del Departamento de Historia, e Investigador del Instituto de Estudios Nacionales (IDEN).