‘Ventana de Papel’ muestra la vitalidad literaria de Panamá
- 02/08/2026 00:00
El III Encuentro de Escritores en Panamá reunió autores, lectores y traductores en torno a la creación literaria y el diálogo regional
Durante los días 3 y 4 de julio, el lobby del Hotel El Panamá se convirtió en un espacio de diálogo, lectura, escucha y celebración literaria con motivo del III Encuentro de Escritores en Panamá: Ventana de Papel, organizado por la Alianza Literaria de Panamá. Más que una simple sucesión de presentaciones de libros, conferencias y lecturas, el encuentro confirmó algo que conviene subrayar: la literatura panameña vive hoy un momento de visible movimiento, de intercambio generacional, de apertura hacia otras geografías y de creciente conciencia sobre su lugar en el mapa cultural centroamericano, caribeño y latinoamericano.
La expresión “ventana de papel”, que dio nombre al encuentro, resulta especialmente feliz. Toda literatura es, en cierto modo, una ventana: permite mirar el mundo, pero también mirarnos a nosotros mismos desde otro ángulo. Y si esa ventana está hecha de papel, no por ello es frágil. Al contrario: el papel, como soporte de la memoria, de la imaginación y de la palabra escrita, ha demostrado una resistencia mayor que muchos materiales aparentemente más firmes. En una época dominada por la velocidad digital, por el consumo instantáneo de imágenes y por la dispersión de la atención, reunir durante dos jornadas a escritores, lectores, traductoras, docentes, estudiantes y promotores culturales constituye ya un acto de afirmación.
El encuentro, organizado por la escritora panameña de origen mexicano Sonia Ehlers, tuvo una virtud esencial: no redujo la literatura a ceremonia protocolar ni a vitrina de novedades editoriales. Hubo, por supuesto, presentaciones de libros; pero también conversatorios, debates, talleres para niños, micrófono abierto, intervenciones poéticas, lecturas narrativas y conferencias. Esa diversidad permitió que la literatura apareciera no como un objeto aislado, reservado a especialistas, sino como una práctica viva que atraviesa edades, lenguas, memorias, oficios y preocupaciones contemporáneas.
Desde la jornada inaugural del viernes 3 de julio, el programa mostró una voluntad de amplitud. Tras las palabras de bienvenida, se presentó uno de los momentos de mayor interés cultural del encuentro: la Antología bilingüe Mujeres poetas de Panamá 1980-2025, con la participación de María Roof, Silvia Quezada y Margarita Vásquez Quirós, bajo la moderación de Consuelo Tomás. La aparición de una antología de esta naturaleza merece una atención especial, no solo por reunir voces femeninas de distintas promociones, sino por situarlas en un espacio de circulación bilingüe, en español e inglés. En un país marcado históricamente por el tránsito, la traducción, la coexistencia de lenguas y la experiencia de contacto cultural, una antología bilingüe de poesía panameña escrita por mujeres no es un simple acontecimiento editorial: es también una operación de visibilidad.
La poesía de mujeres en Panamá ha tenido momentos decisivos, pero no siempre ha recibido la lectura sistemática que merece. Una antología como esta permite reconocer continuidades, rupturas, modulaciones de la experiencia íntima, familiar, histórica y social, así como formas diversas de asumir el cuerpo, la memoria, el deseo, la maternidad, la ciudad, la nación y la subjetividad. Que esas voces puedan leerse también en inglés amplía su radio de interlocución y las coloca ante lectores que, de otro modo, difícilmente accederían a ellas. En ese sentido, la traducción no funciona solamente como traslado lingüístico, sino como apertura cultural.
Otro momento significativo fue el taller con el Escuela de San Martín, conducido por Silvia Fernández-Risco y Selene López. La presencia de niños y jóvenes en un encuentro literario nunca debe considerarse un adorno pedagógico. Al contrario, allí se decide buena parte del futuro de la lectura. En sociedades donde la formación lectora suele quedar arrinconada por urgencias más inmediatas, acercar la literatura a las nuevas generaciones es una tarea imprescindible. Los talleres infantiles y juveniles cumplen una función que va más allá del entretenimiento: enseñan que la palabra también puede ser juego, descubrimiento, pregunta, libertad.
La jornada del viernes incluyó asimismo una mesa dedicada a las revisitaciones actuales del mito, con la participación de Félix Armando Quirós Tejeira y Federico Hernández Aguilar, moderada por Doris Sánchez de Polanco. La persistencia del mito en la literatura contemporánea confirma que las sociedades no viven solo de datos, estadísticas o consignas, sino también de relatos fundadores, imágenes simbólicas y figuras capaces de organizar la memoria colectiva. Releer el mito desde el presente significa preguntarse qué permanece, qué se transforma y qué nuevas tensiones se revelan cuando antiguos relatos se enfrentan a sensibilidades modernas.
En esa misma jornada ofrecí la conferencia “De la marcha fúnebre al réquiem nacional:
Victoriano Lorenzo en la poesía panameña”. La figura de Victoriano Lorenzo continúa siendo una de las más complejas y disputadas de la historia nacional. Su presencia en la poesía panameña revela no solo la persistencia de un héroe popular, sino también las dificultades de la nación para integrar plenamente sus componentes indígenas, campesinos y populares. La literatura ha cumplido allí una tarea decisiva: ha rescatado, reinterpretado y devuelto a Victoriano Lorenzo a la memoria colectiva desde registros diversos, que van de la elegía y la denuncia al oratorio, la épica popular y la reflexión histórica. Agradecí mucho la presencia del poeta Manuel Orestes Nieto, autor del Oratorio para Victoriano Lorenzo y de Ese lugar oscuro del planeta, dos monumentos literarios sobre el cholo guerrillero.
También tuvo particular actualidad la conversación dedicada a la inteligencia artificial y sus implicaciones éticas en la creatividad, la literatura y el arte, con la participación de Ela Urriola y Aura Sibila Benjamín. No podía faltar este tema en un encuentro literario contemporáneo. La inteligencia artificial ha dejado de ser una curiosidad técnica para convertirse en un desafío cultural de primer orden. Sus posibilidades son enormes, pero también lo son las preguntas que plantea: autoría, originalidad, derechos, formación del estilo, responsabilidad intelectual, sustitución o colaboración, acceso desigual a las herramientas tecnológicas. Frente a posiciones apocalípticas o ingenuamente celebratorias, lo más productivo parece ser una discusión crítica, informada y abierta. La literatura, precisamente por trabajar con la imaginación, el lenguaje y la subjetividad, tiene mucho que decir en ese debate. Terminó esta jornada del viernes la presentación del libro Vivir del cuento, de Amparo Márquez (seudónimo de Delia Cortés) y de La gramática de la vida cotidiana, de las profesoras Delia Cortés y Marta Espino Saavedra, volumen que despertó el interés de todos por su novedad.
El sábado 4 de julio amplió aún más el horizonte del encuentro. Los conversatorios sobre cuentos de América Latina y sobre poesía centroamericana y panameña permitieron situar la producción nacional dentro de un diálogo regional. Participaron escritores como Federico Hernández Aguilar, de El Salvador, así como voces vinculadas a México y Panamá, entre ellas Silvia Quezada, Selene López y Silvia Fernández-Risco. Esta presencia extranjera no fue un simple gesto de cortesía internacional. Permitió recordar que la literatura panameña no debe pensarse encerrada en sí misma, sino en conversación con Centroamérica, el Caribe, México y el conjunto de América Latina.
Panamá ha sido históricamente un territorio de tránsito, pero su literatura no siempre ha sido leída desde esa condición con la suficiente profundidad. Encuentros como este ayudan a invertir la perspectiva: el tránsito no como dispersión o falta de centro, sino como posibilidad de encuentro, cruce, traducción y diálogo. La participación de escritoras y escritores extranjeros, así como de traductoras como María Roof y Mahel Pfaff, fortalece esa dimensión. Traducir literatura panameña, leerla fuera de sus fronteras, ponerla en contacto con otros públicos y tradiciones, es también una forma de ampliar la nación simbólica. Un momento de sumo interés fue la presentación de novelistas premiados en el Miró, donde Consuelo Tomas, Rogelio Guerra y Carlos Gasnell leyeron fragmentos y comentaron sus obras galardonadas.
Un momento de particular regocijo fue la presentación artística del colegio agustiniano a Nuestra Señora de Chitré.
El programa del segundo día también incluyó presentaciones de libros como En la intimidad, de Doris Sánchez de Polanco, Voces panameñas cuentan, antología de cuentistas premiados, Él escribe recto en renglones torcidos, de Cristina Oses, Fantasmas, de Rosalba Morán Tejeira, La costumbre de contar historias, de Dalys Sáncjez, El viaje de la vida, de Milagros Álvarez Rodríguez, y varios títulos de Federico Hernández Aguilar, entre ellos Tierra Breve, Antología centroamericana de minificción, Hombre a pie de página, Quizá no duela y Síndrome de pulso. Esa variedad de propuestas revela la vitalidad de géneros distintos: poesía, cuento, minificción, narrativa testimonial, memoria íntima y escritura de imaginación. El libro, en este contexto, no apareció como objeto cerrado, sino como punto de partida para el encuentro con los lectores. También suscitó interés la conferencia de Aura Sibila Benjamín titulada “Las 18 rosas de Ela Urriola”, sobre el poemario La edad de la rosa, con el cual la autora obtuve el Premio Ricardo Miró 2018.
De especial interés resultó también la presencia de formas breves, como la minificción, género que ha ganado notable desarrollo en América Latina. Su inclusión en el programa confirma la necesidad de atender escrituras que, desde la concisión, producen efectos de intensidad, ironía, sorpresa o reflexión. En tiempos de lectura fragmentaria, la brevedad literaria no debe confundirse con ligereza. La buena minificción exige precisión verbal, economía expresiva y una alta concentración de sentido.
El micrófono abierto, presente al cierre de ambas jornadas, tuvo un valor simbólico importante. Frente a formatos rígidos, el micrófono abierto democratiza la palabra. Permite que aparezcan voces no siempre previstas por el programa, genera cercanía entre autores y público, y devuelve a la literatura una dimensión oral que muchas veces se pierde en los espacios académicos o editoriales. La literatura nació también de la voz, del relato compartido, de la escucha comunitaria. Que un encuentro de escritores conserve ese espacio abierto es una señal saludable.
El III Encuentro de Escritores en Panamá permitió constatar, además, la importancia de las alianzas culturales independientes. En países donde las instituciones públicas no siempre logran sostener una política continua de promoción literaria, las asociaciones, colectivos y redes de escritores cumplen una función fundamental. La Alianza Literaria de Panamá ha creado un espacio que convoca, organiza, pone en relación y da visibilidad. Esa labor, muchas veces silenciosa y difícil, merece reconocimiento. La literatura necesita autores, desde luego, pero también necesita mediadores, gestores, lectores, traductores, editoriales, espacios de presentación y comunidades de intercambio.
Conviene subrayar asimismo la presencia femenina en el encuentro, no solo por la antología bilingüe de poetas panameñas, sino por la participación activa de escritoras, moderadoras, traductoras y organizadoras. La literatura panameña contemporánea no puede comprenderse sin el aporte de sus autoras. Ellas han ampliado los temas, desplazado los puntos de vista, introducido nuevas zonas de la experiencia y cuestionado silencios heredados. En este sentido, el encuentro funcionó también como una muestra de la centralidad que hoy tienen las mujeres en el campo literario nacional.
Hay eventos culturales que se agotan en su propia realización. Otros, en cambio, dejan preguntas, vínculos, proyectos posibles. El III Encuentro de Escritores en Panamá pertenece a esta segunda categoría. Su valor no reside únicamente en lo que ocurrió durante dos días, sino en las conversaciones que puede prolongar: la necesidad de leer más y mejor a las escritoras panameñas; la urgencia de traducir y difundir nuestra literatura; el diálogo entre generaciones; la formación de nuevos lectores; la relación entre literatura y tecnología; la recuperación crítica de figuras históricas como Victoriano Lorenzo; la inserción de Panamá en redes literarias regionales.
En tiempos de incertidumbre, la literatura no resuelve por sí sola los problemas de una sociedad, pero ayuda a nombrarlos, pensarlos y compartirlos. Esa capacidad no es menor. Allí donde la vida pública tiende a empobrecer el lenguaje, la literatura lo ensancha. Allí donde la memoria se fragmenta, la literatura recompone huellas. Allí donde la prisa impone superficialidad, la lectura exige demora, atención y profundidad.
Por eso, el III Encuentro de Escritores en Panamá fue más que una agenda cultural de dos jornadas. Fue una afirmación de la palabra como espacio de convivencia, de imaginación y de memoria. Fue, como su nombre lo sugiere, una ventana: abierta hacia Panamá, hacia Centroamérica, hacia México, hacia la traducción, hacia las nuevas generaciones y hacia los desafíos del presente. Una ventana de papel, sí, pero también de voces, rostros, libros y futuro.