De guerrillero a mártir: así murió Victoriano Lorenzo

La ejecución de Victoriano Lorenzo se convirtió en un símbolo del resentimiento istmeño que precedió a la independencia de Panamá.
  • 17/05/2026 00:00

Un juicio relámpago, una ejecución polémica y una memoria que perdura: la muerte de Victoriano Lorenzo simbolizó el cierre violento de la Guerra de los Mil Días y el creciente distanciamiento entre Panamá y Colombia

La tarde del 15 de mayo de 1903, en la entonces plaza de Chiriquí —hoy Plaza de Francia—, la historia del istmo cambió para siempre.

A las cinco en punto, un pelotón de fusilamiento puso fin a la vida de Victoriano Lorenzo, el guerrillero indígena que había encarnado la resistencia liberal y campesina durante los años más sangrientos de la Guerra de los Mil Días.

Su ejecución, rápida, polémica y considerada injusta por amplios sectores, dejó una herida profunda que muchos historiadores consideran un detonante moral del movimiento separatista panameño que estallaría apenas seis meses después.

El final de la guerra y el aislamiento del guerrillero

En 1902, tras casi tres años de conflicto civil, la guerra entre liberales y conservadores estaba agotando a la entonces provincia de Panamá, que formaba parte de Colombia. El cansancio, la devastación económica y la presión internacional empujaron a las élites políticas a buscar la paz.

El 24 de octubre de ese mismo año se firmó el pacto de la hacienda Neerlandia, en el departamento del Magdalena. Este acuerdo fue un primer paso hacia el fin de las hostilidades, pero la paz definitiva se selló el 21 de noviembre del mismo año a bordo del acorazado estadounidense USS Wisconsin. Aquella firma simbolizó la derrota militar liberal y el cierre formal del conflicto.

Sin embargo, no todos aceptaron el pacto. Entre quienes lo rechazaron estaba Victoriano Lorenzo, líder indígena que había luchado durante años en las montañas y que veía el acuerdo como una traición a las promesas hechas a los campesinos y pueblos originarios que habían derramado sangre en la guerra.

El 28 de noviembre, apenas una semana después del tratado final, Lorenzo fue capturado mientras se encontraba desarmado. Las autoridades justificaron el arresto alegando que había manifestado su intención de retomar las armas. Desde ese momento comenzó una cadena de acontecimientos que culminaría con su ejecución.

Un prisionero incómodo

Lorenzo no era un militar convencional ni un político tradicional. Era un caudillo popular con gran respaldo entre campesinos e indígenas, lo que lo convertía en una figura incómoda para el gobierno colombiano. El temor de que pudiera ser liberado o convertirse en símbolo de nuevas rebeliones pesó cada vez más en las decisiones de las autoridades.

Durante su cautiverio, el guerrillero intentó fugarse en nochebuena de 1902. La fuga fracasó y fue recapturado pocas horas después. Ese intento reforzó la percepción oficial de que Lorenzo era un riesgo permanente.

En Bogotá y en la capital del istmo se fue imponiendo una idea: su ejecución sería una forma de cerrar definitivamente la guerra.

El gobierno colombiano decidió entonces que debía ser condenado a muerte y presentado públicamente como un malhechor, una narrativa que buscaba deslegitimar su figura y frenar cualquier intento de convertirlo en mártir.

El consejo de guerra más rápido de la historia istmeña

El 13 de mayo de 1903 llegó a Panamá el general Pedro Sicard Briceño, comandante militar de Panamá y Bolívar. Venía con instrucciones claras desde Bogotá. Al día siguiente ordenó someter a Victoriano Lorenzo a un consejo de guerra.

La rapidez del proceso resulta impactante incluso hoy: a la una de la tarde del 14 de mayo se fijaron los carteles anunciando el juicio, una hora después se instaló el tribunal. del cual fueron jueces algunos enemigos declarados del acusado, como José Segundo Ruiz.

Para la mañana del 15 de mayo ya se había dictado la sentencia de muerte y a las cinco de la tarde del mismo día, la sentencia se ejecutó. Entre la instalación del tribunal y el fusilamiento transcurrieron apenas 27 horas.

No hubo tiempo real para una defensa efectiva. Tampoco para apelaciones. El proceso fue, para muchos contemporáneos y para la historiografía posterior, una ejecución legalizada más que un juicio.

La última palabra del guerrillero

Instantes antes de enfrentar al pelotón de fusilamiento, Victoriano Lorenzo solicitó dirigirse por última vez a los presentes y sus palabras quedaron grabadas en la memoria histórica: “Señores, oíd una palabra pública. Ya sabéis de quién es la palabra. Victoriano Lorenzo muere... a todos los perdono... Yo muero como murió Jesucristo”.

Su discurso final apeló a la unidad y al perdón, lo que reforzó la imagen de mártir que rápidamente comenzó a construirse alrededor de su figura.

Tras el fusilamiento, las autoridades se negaron a entregar su cuerpo a familiares y amigos. Ese gesto, lejos de apagar el impacto del hecho, lo amplificó. La ejecución comenzaba a transformarse en símbolo.

Silenciar la indignación

La reacción no tardó en llegar. El 24 de julio de 1903, el periodista José Sacrovir Mendoza dedicó un número completo del semanario liberal El Lápiz al fusilamiento de Lorenzo.

Por su parte, el gobierno respondió con represión. El general José Vázquez Cobo ordenó allanar, destruir y sellar la imprenta del periódico mientras que Mendoza fue brutalmente golpeado.

La muerte de Victoriano Lorenzo dejó un profundo resentimiento en amplios sectores de la sociedad panameña. Para muchos, el fusilamiento simbolizó el desprecio del gobierno colombiano hacia la población del istmo.

Seis meses después, el 3 de noviembre de 1903, Panamá se separaría de Colombia.

Aunque la independencia tuvo múltiples causas —económicas, geopolíticas y estratégicas—, la ejecución de Lorenzo se convirtió en un símbolo poderoso del desencanto istmeño. Su figura pasó de guerrillero rebelde a mártir popular.

Victoriano Lorenzo,
Líder popular.
Señores, oíd una palabra pública. Ya sabéis de quién es la palabra. Victoriano Lorenzo muere... a todos los perdono... Yo muero como murió Jesucristo”,