Don Quijote en Panamá: lengua, identidad y quijotismo

El Quijote continúa recordándonos que las sociedades también se sostienen sobre ideales, utopías y convicciones morales.
  • 18/01/2026 00:00

La celebración del tricentenario de Cervantes en Panamá reflejó una defensa consciente del idioma español y de la herencia cultural hispanoamericana, entendidas por los intelectuales de la época como pilares de la identidad nacional frente a influencias externas

En 1605 llegaron a Portobelo varias cajas con ejemplares recién impresos de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La mayoría continuó su trayecto hacia el Perú, pero algunos libros quedaron en el istmo. Como semillas dispersas al azar, esas páginas cervantinas germinarían siglos después en la vida cultural panameña.

Uno de esos momentos decisivos ocurrió entre 1916 y 1917, cuando Panamá celebró los Juegos Florales con motivo del tercer centenario de la muerte de Miguel de Cervantes.

Aquellas celebraciones no fueron un gesto protocolar: expresaban una preocupación profunda por la lengua, la cultura y la identidad nacional en un país joven, marcado ya por la presencia determinante de Estados Unidos en torno al Canal.

Ricardo J. Alfaro, uno de los organizadores, explicó entonces que en América coexistían dos grandes corrientes de pensamiento: el panamericanismo y el hispanoamericanismo.

El primero (el panamericanismo) respondía a una necesidad material —política y económica— sustentada en la Doctrina Monroe y en la expansión comercial estadounidense. El segundo (el hispanoamericanismo) apelaba a una unión espiritual basada en la lengua y la herencia cultural compartida. Para Alfaro, ambas corrientes podían complementarse.

Conviene recordar que cuando aquellos intelectuales hablaban de “raza”, lo hacían en un sentido cultural y lingüístico, no biológico. Era una noción vinculada al linaje cultural, a la tradición recibida, al idioma común. De hecho, durante décadas Panamá celebró el 12 de octubre como Día de la Raza, entendido como conmemoración de los vínculos históricos y culturales entre los pueblos hispanoamericanos.

Los discursos de los Juegos Florales reflejan esa conciencia. Guillermo Andreve, presidente de la Comisión Organizadora, exhortaba a defender el prestigio del idioma español como condición de supervivencia política y cultural. Para él, la lengua no era solo un medio de comunicación, sino el núcleo de una visión del mundo compartida.

Más abierta fue la intervención de Narciso Garay, mantenedor de los Juegos Florales, quien recordó el origen medieval de estas celebraciones y su propósito de fortalecer el idioma propio frente a lenguas dominantes. Garay evocó además la simbólica coincidencia —entonces aceptada— de la muerte de Cervantes y Shakespeare, como una alegoría de las dos grandes tradiciones lingüísticas que compartirían el “señorío espiritual” del continente americano.

En ese contexto, el 12 de octubre de 1916 se inauguró la Plaza de Cervantes —hoy Parque Porras— y pocos años después se erigió el monumento al autor del Quijote. No se trataba solo de homenajes artísticos, sino de afirmaciones simbólicas de pertenencia cultural.

Octavio Méndez Pereira, figura central de aquel movimiento intelectual, sostuvo que la lectura del Quijote permitía a los pueblos hispanoamericanos reconocerse en su historia, fortalecer su personalidad colectiva y afirmarse ante el mundo. Advertía que abandonar el estudio de la lengua y la historia equivalía a disolver la identidad nacional.

Décadas más tarde, el sociólogo Alfredo Figueroa Navarro retomó estas ideas al identificar en la cultura panameña una tensión constante entre el quijotismo y el antiquijotismo . El primero —altruista, idealista, justiciero— habría marcado profundamente la vida intelectual del país durante buena parte del siglo XX; el segundo, más pragmático y utilitario, se fue imponiendo progresivamente tras la Segunda Guerra Mundial.

No es casual que hasta bien entrada la década de 1970 El Quijote ocupara un lugar central en los programas de enseñanza secundaria. Para varias generaciones, la novela de Cervantes fue escuela de lengua, ética y sensibilidad.

En el año 2004-2005, con motivo del cuarto centenario del Quijote, la Universidad de Panamá volvió a reflexionar sobre estos temas. Se subrayó entonces que Cervantes, al situar su obra en un espacio geográfico reconocible, contribuyó a reforzar identidades

nacionales sin renunciar a la universalidad. El Quijote es, al mismo tiempo, profundamente español y humano.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando las políticas culturales y educativas se orientan con frecuencia hacia la lógica de la globalización y la utilidad inmediata, estas reflexiones recuperan una vigencia inquietante. La lengua, la lectura y la memoria cultural siguen siendo campos de disputa.

Releer a Cervantes no significa adoptar modelos ajenos ni nostalgias estériles. Significa, como proponía Méndez Pereira, construir nuestro idealismo sobre un doble fondo: el español y el americano, el heredado y el propio. Significa también reivindicar el valor del quijotismo como impulso ético frente al desencanto contemporáneo.

En tiempos marcados por el pragmatismo extremo, el Quijote continúa recordándonos que las sociedades también se sostienen sobre ideales, utopías y convicciones morales. Tal vez por eso, más de cuatro siglos después, sigue siendo una obra viva entre nosotros.