El día después del descanso: el desafío de retomar la cotidianidad

Personas disfrutando del Carnaval 2026.
  • 21/02/2026 00:00

Cuatro días de fiesta, playa o desconexión alteraron el ritmo cotidiano de miles de panameños. Ahora, entre el regreso al trabajo y la cercanía del año escolar, la ciudad retoma su pulso habitual.

Tras varios días de desconexión —viajes breves, reuniones familiares o celebraciones— el regreso a la rutina activa ajustes emocionales que suelen pasar desapercibidos, pero que influyen directamente en el ánimo, la energía y la forma en que las personas retoman sus responsabilidades.

El contraste entre la pausa y las obligaciones cotidianas no es solo logístico. También es mental. La psicóloga clínica Stephanie Smith explica que muchas personas experimentan lo que popularmente se conoce como “síndrome post-vacacional”. “No es un diagnóstico clínico formal, sino un fenómeno común. Durante el descanso baja el cortisol, asociado al estrés, y aumenta la dopamina, vinculada al sistema de recompensa del cerebro”.

Al regresar a la rutina, añade, ocurre un “bajón dopaminérgico”. “Se pasa de días con mayor libertad, menos exigencias y gratificaciones inmediatas, a horarios estrictos, pendientes acumulados y presión temporal. Este cambio toma energía mental y puede generar cansancio, irritabilidad o desmotivación transitoria”. Smith subraya que esta reacción es esperable dentro del proceso de readaptación, aunque advierte que si los síntomas se prolongan más de dos semanas o interfieren con la vida diaria, es importante buscar orientación profesional.

En la práctica, el retorno se siente distinto para cada persona. Laura, de 34 años, regresó a la capital tras varios días de descanso. “El primer día todo se sintió más pesado. No era falta de ganas, era como si mi mente aún estuviera en pausa”. Andrés, estudiante universitario, describe un ajuste similar.

“Después de días sin horarios rígidos, volver a madrugar y concentrarse cuesta más. El cuerpo necesita acomodarse otra vez”. Marta, madre de dos niños, habla del desafío familiar. “Es reorganizar rutinas, sueño, horarios. La casa entera vuelve a moverse a otro ritmo”.

Desde la perspectiva clínica, Smith indica que existen señales emocionales y conductuales que pueden reflejar dificultades en esta transición. Entre ellas menciona irritabilidad constante, tristeza persistente, sensación de vacío, desmotivación marcada, problemas de concentración, alteraciones del sueño —insomnio o dormir en exceso— bajo rendimiento, aislamiento social, ausentismo escolar o laboral, e incluso un aumento en el consumo de alcohol u otras sustancias.

“Lo fundamental es observar la intensidad y la duración. No se trata de alarmarse por un mal día, sino de reconocer cuándo el malestar deja de ser transitorio”.

La especialista enfatiza que el regreso a la rutina implica un reajuste tanto psicológico como fisiológico. “El cerebro pasa de un contexto de menor demanda a uno de mayor exigencia. Eso requiere reorganizar atención, energía, motivación. Es normal que los primeros días se sientan más pesados o que cueste recuperar la concentración”.

Para facilitar una transición más saludable, Smith recomienda estrategias sencillas pero respaldadas por la práctica clínica: regular el sueño unos días antes del regreso, evitar volver a casa en la víspera inmediata de las obligaciones, acudir al primer día con expectativas realistas, mantener espacios de disfrute y priorizar el autocuidado. “Pequeños hábitos como dormir bien, hidratarse, moverse y hacer pausas ayudan a estabilizar el cuerpo y la mente. También es útil no exigir una productividad máxima desde el primer día”.

En ese tránsito entre el descanso y la rutina también aparece una sensación menos evidente: la de desajuste interno. Actividades que antes parecían automáticas —levantarse temprano, concentrarse durante horas, responder correos o cumplir horarios— pueden sentirse momentáneamente más demandantes. Reconocer ese breve período de adaptación, coinciden especialistas, ayuda a reducir la culpa y a normalizar un malestar que, en la mayoría de los casos, es pasajero.

Volver a la cotidianidad después del descanso no es únicamente un cambio de agenda. Es, en muchos casos, un proceso silencioso de reajuste emocional. Un tránsito breve, pero significativo, entre la sensación de libertad y el retorno a las responsabilidades que sostienen la vida diaria. Comprenderlo —y transitarlo con paciencia— puede marcar la diferencia entre un regreso abrupto y una adaptación más amable.