El Niño, el agua y la sostenibilidad urbana

El 75% de las cuencas del país muestran una situación de estrés moderado constante, producto de la recurrencia de los eventos El Niño desde 2014 al presente.
La tendencia negativa detectada en las cuencas y bosques de Panamá coincide con la “fatiga del paisaje” observada tras eventos climáticos extremos.
  • 25/04/2026 00:00

Panamá enfrenta un aumento en la frecuencia e impacto de El Niño, con sequías que afectan agua, energía y el Canal. El 75% de las subcuencas presenta estrés hídrico moderado, evidenciando un deterioro acumulado en los recursos naturales y mayor vulnerabilidad climática

Durante los últimos meses la posibilidad de la ocurrencia de un evento de El Niño de intensidad moderada a severa ha obligado a los gobiernos a prepararse y desarrollar planes de contingencia. Para Panamá el fenómeno de el Niño es conocido desde 1982, cuando se tienen los primeros registros de sus impactos en la historia moderna.

Desde esa fecha, Panamá ha estado expuesta de forma recurrente a episodios de El Niño, con al menos 12 eventos cálidos identificados por la NOAA (agencia meteorológica de Estados Unidos), lo que confirma que se trata de un fenómeno frecuente dentro de los patrones climáticos del país

Los eventos de El Niño con los mayores impactos para Panamá se dieron en, 1982–1983 (muy fuerte), 1997–1998 (muy fuerte), 2014–2016 (muy fuerte), 2018–2019 (moderado) y 2023–2024 (débil). En términos generales los impactos más importantes sobre el país están relacionados con, la reducción de la disponibilidad y la sequía, que compromete la producción agropecuaria, el acceso a agua potable para la población, la generación de energía hidroeléctrica y la operación del Canal. Los eventos de 1982- 1983 y 1997- 1998 habían sido, -hasta el evento de 2014- 2016-, los eventos más traumáticos para la sociedad en su conjunto.

Los eventos de El Niño más severos de 1982- 1983 y 1997-1998, tuvieron 15 años de distancia entre ambos. A partir de 2014 esta realidad se ha modificado drásticamente, cuando se han dado tres eventos de El Niño catalogados con diversos niveles de severidad por la NOAA en intervalos de dos o tres años. Estos eventos han tenido un impacto considerable en la disponibilidad de agua y el estrés hídrico de los bosques y cuencas de Panamá.

Para tener una medida clara de su impacto, miremos lo ocurrido en la Cuenca del Canal durante estos tres eventos. En El Niño de 2014- 2016, se registró el período más seco que se haya registrado en esta cuenca desde 1914, con el lago Gatún llegando su nivel mínimo operativo histórico absoluto. Para el evento de El Niño 2018-2019, la ACP indica que cerró el 2019 como el quinto año más seco en 70 años de operación del Canal, con 20% por debajo del promedio histórico. Como consecuencia operativa, el Canal terminó imponiendo menos cupos de reserva.

Paradójicamente, el impacto más severo se dio, sin embargo, con El Niño catalogado por la NOAA como el más débil, el de 2023- 2024. La Autoridad del Canal de Panamá (ACP), señala en octubre de 2023 que el año había sido el más seco desde 1950, con 41% menos lluvia de la esperada, con una sequía que se extendió prácticamente hasta marzo de 2024.

Durante este período se dieron las mayores restricciones tanto en el calado como en el número de barcos que podrían utilizar el Canal, pasando de los entre 37 a 34 barcos diarios a 22 naves. La ocurrencia de este evento en el último trimestre de 2023 y el primer trimestre de 2024, contribuyeron a la gravedad de la situación hídrica. El posible evento de 2026 pareciera repetir su ocurrencia durante los mismos meses que el de 2023-2024.

Los impactos acumulados de El Niño (2014- 2024) y la disponibilidad de agua

Entender los impactos de las sequías generadas por los eventos de El Niño requiere el uso de imágenes de satélite, que permiten la extracción de indicadores como el Índice Normalizado Diferencial de la Vegetación (NDVI, por sus siglas en inglés), el cual permite medir la densidad y salud de la vegetación. El resultado de este análisis, -realizado en colaboración entre el Observatorio de Riesgo Urbana, Esri Panamá y Metromapas-, muestra un hallazgo sorprendente.

Hoy, el 75% de las subcuencas del país presentan una condición de ‘estrés moderado’, lo que significa que operan con una salud debilitada respecto a su promedio histórico. Esta condición de estrés moderado implica que, la vegetación ve reducida la función de ‘esponja’ que le permite regular el agua que va al suelo. Cuando los bosques no están sanos, el agua de lluvia corre rápidamente hacia el mar en lugar de filtrarse hacia los pozos subterráneos.

Además, existe un impacto directo en el calor local: una vegetación debilitada deja de liberar humedad al aire, lo que elimina el efecto de ‘aire acondicionado natural’ del paisaje. Esto provoca que la sensación térmica en el campo sea mucho más elevada que hace veinte años, lo que acelera la evaporación de las pocas reservas de agua que quedan en el suelo y aumenta el riesgo de incendios espontáneos.

Si reducimos el análisis a las cuencas y subcuencas donde se encuentran las 64 potabilizadores que existen en el país, podemos encontrar que 47 potabilizadoras (73.4%) caen bajo la categoría de subcuencas con ‘estrés moderado constante’, 8 (12.5%) en ‘estrés recurrente severo’, 4 (6.2%) en valores de vitalidad vegetal ‘cercana a la normalidad’ y 5 (7.8%) quedan sin datos.

Según el análisis realizado, los casos más críticos corresponden a las plantas potabilizadoras de Tolé y San Félix en la cuenca de Ríos entre Fonseca y Tabasará, La Pintada y Natá en Río Grande, Tortí en Río Bayano y Santa Fe en Río Santa María, todas asociadas a subcuencas que muestran la señal más fuerte de deterioro acumulado.

Junto a ellas aparecen otras potabilizadoras con vulnerabilidad persistente, aunque algo menor, como Penonomé y Capellanía en Río Grande, Chepo y Cañitas en Río Bayano, Soná y Cañazas en Río San Pablo, Santiago y San Francisco en Río Santa María, y Santa Marta, Divalá, San Francisco y Barú en Chiriquí Viejo.

En síntesis, la condición dominante no es la normalidad, sino una recuperación incompleta de las sequías a las que se han visto sometidos debido a los eventos recurrentes de El Niño, pero también a una condición de presión por deforestación y quema.

La evaluación sistémica del territorio panameño, fundamentada en el procesamiento de series temporales de imágenes de satélite con el Índice de Vegetación de Diferencia Normalizada (NDVI), revela una transformación estructural del paisaje tropical. Los resultados indican que Panamá opera bajo un déficit hídrico y vegetativo crónico, lo que sitúa a la mayor parte del territorio fuera de los umbrales de estabilidad biológica histórica.

No hay duda de que el mal manejo del agua y bosques dentro del desarrollo urbano, y económico en general, ha ocasionado un deterioro ambiental que ha sido ignorado y ocultado durante décadas. La recurrencia de las sequías originadas por los eventos de El Niño de los últimos 12 años ha exacerbado un problema estructural, que ha estado relacionado con las políticas desarrollistas del Estado, que desde la década de 1970 han promovido una visión extractivista, desordenada y acelerada, de la ocupación del territorio.

La pregunta que surge ante este escenario de deterioro ambiental es si las señales que muestran la vulnerabilidad del desarrollo urbano y económico, frente a los choques climáticos, lograrán convencernos de la urgencia de cambiar este modelo que parece mantener al país en una zozobra y crisis permanente.