El Viaje de Dante en ‘La Divina Comedia’
- 15/03/2026 00:01
‘La Divina Comedia’ nos lleva de la mano por El Infierno, El Purgatorio y El Paraíso
Leer un clásico de lo que se conoce como “literatura universal” es una experiencia de muchos caminos, pero, sobre todo, es un camino que nos lleva casi siempre a la literatura occidental, europea, a esa literatura marcada por los griegos, los latinos y el cristianismo. Este es nuestro universo clásico que, visto desde América Latina, de acuerdo con el punto de partida ideológico o político cultural puede ser designado, simplista o maniqueistamente, como eurocentrista, excluyente y racista, o apropiación de una herencia o capital cultural, que también nos pertenece en toda su complejidad. Jorge Luis Borges, quien escribiera un prólogo a la Divina Comedia, de Dante Alighieri (1265-1321), pertenecería, sin duda, a la segunda opción, quien mencionó a esta obra como un “viaje sobrenatural”.
En efecto, una fuerte tendencia anti-humanista, anti-intelectualista y anti-letrada, entre nosotros, ha vaciado esta herencia que nos pertenece a todos y creo que el distanciamiento u olvido de la literatura “clásica” o “universal”, más que consagrar un rechazo a un canon de textos literarios y, por ende “obligatorios” de lectura, oblitera el hecho de que la Divina Comedia anuncia, dentro de su universo jerarquizado y estructurado del orden medieval, la modernidad de lo que somos hoy: el viaje. Sin el viaje, que conquista mundos, la modernidad no habría aparecido en el universo de lo que hemos logrado y padecido. Por ejemplo, 1492 fue resultado de un viaje que no fue un “viaje sobrenatural”, sino un viaje conjetural y atribulado, que marcó históricamente esta modernidad.
La Divina Comedia nos lleva de la mano por El Infierno, El Purgatorio y El Paraíso, tres estaciones de ese viaje que hace el poeta Dante de la mano segura y sabia de otro poeta, Virgilio (70 a. C. – 19 a. C.), cuya obra, La Eneida, relata el viaje de Eneas tras la guerra de Troya. Y no se diga del viaje de Ulises, a quien Dante lo pone en El Infierno, entre los mentirosos por haber engañado a los troyanos con el ardid del caballo. Lo cierto es que, además, como un gesto moderno de las literaturas nacionales, que se hace común entre los emergentes Estados nacionales de la modernidad, La Divina Comedia no fue escrita en latín, sino en italiano toscano, precediendo por dos siglos la traducción alemana de la Biblia por Lutero en 1521.
No fue Dante, en efecto, un aventurero lanzado al mundo desconocido, aunque hay que decirlo, la Divina Comedia comienza porque el poeta, por un mal sueño, se encontró en medio de una “oscura selva, fuera de todo camino recto”, una selva que se opone, de acuerdo a nuestro lenguaje contemporáneo y postcolonial, al mundo “civilizado”, que es el mundo teológico de Tomas de Aquino, que ha de recorrer el poeta con un impulso clasificador de toda la tradición intelectual y religiosa hasta entonces conocida, donde hasta el profeta Mahoma, encuentra su lugar en El Infierno, pues Dante, muy lejos de la tolerancia, solo aceptaba el discurso religioso cristiano (aunque tampoco le tembló la mano para poner a algunos papas en El Infierno por corrupción), pero, ciertamente, a los que rompían la Unidad de aquel mundo, por haber provocado la ruptura y el cisma, como a Mahoma, les estaba reservado el noveno foso donde se descuartizaban los cuerpos por un demonio que, con una espada, se encargaba, sin cesar, de tan sangrienta ocupación.
Aquí, seguramente, habrían caído también Lutero y todos los libres pensantes de la Ilustración, liberales y revolucionarios, y, por supuesto, los científicos, si Dante los hubiese conocido en su época. Pero allí, en medio de la selva, acechado por sus temores, inseguridades, y fatigado, aparece ciertamente Virgilio, enviado por Beatriz, el amor platónico del poeta Dante, quien, preocupada por el destino del poeta, le pide a Virgilio que lo lleve por los sinuosos caminos del Infierno y del Purgatorio hasta el lugar deseado del Paraíso, y ya en El Infierno, Virgilio le dice a Dante: “Conviene que descendamos lentamente, de modo que vaya acostumbrándose el olfato a este hedor nauseabundo; que después, ya no nos hará impresión”.
Es un viaje entre los muertos, las sombras, y Virgilio (que fue reclamado del limbo por Beatriz), como todo buen guía, no deja a su pupilo a la merced de la improvisación y, en este sentido, es interesante comparar que, si Goethe, en el siglo XIX, crea a Mefistófeles, para que guíe al insatisfecho Fausto por el conocimiento y los confines del mundo, Dante se le hace saber, de antemano, cuál sería el destino de su viaje, El Paraíso, un destino que le estaba vedado al Fausto, pues el suyo era el Infierno, un destino firmado con su propia sangre, pero a pesar de todo, es redimido al final por un ángel por la voluntad de Fausto de persistir en la búsqueda, un espíritu, en fin, que resume la modernidad del espíritu inquieto y científico.
En el mundo dantesco, que es un mundo lleno de héroes literarios y filosóficos, políticos, reyes y papas, Virgilio era un guía que el poeta encuentra en el umbral del Infierno y, como Dante era un admirador de la cultura griega y romana, encontró una solución tremendamente estratégica, para no dejar a sus héroes en El Infierno, a pesar de no haber conocido la fe cristiana, y creó entonces el limbo, que es el primer círculo del Infierno, donde incluso están aquellos filósofos árabes, Al-Ándalus, como Averroes, que hizo extensos comentarios sobre Aristóteles, pilar de la filosofía occidental.
A todo esto hay que decir que, lamentablemente, aparte de Beatriz y de María, y otras Santas, que están en el Paraíso, encuentra a Cleopatra en El Infierno por lujuriosa. Y si fuese por la usura bancaria, Dante, seguramente, habría encontrado a Panamá en la tercera zona del séptimo circulo del Infierno, tras los tiranos, asesinos y suicidas.
Encuentra Dante a Lucifer, “el soberano del reino del dolor”, que está en el centro de la tierra, en el último circulo del Infierno, el noveno, que es el más profundo, acompañado de los traidores, tras el octavo circulo, que es donde están los innumerables malos consejeros de los gobernantes.
De aquel círculo helado de Lucifer, Virgilio, lo lleva hasta el final del Purgatorio, donde las almas limpian sus pecados, antes de ingresar al Paraíso, y allí encuentra a dos pintores que fueron la transición del mundo bizantino, con sus estáticas e inflexibles formas, al movimiento y dinamismo del renacimiento: Cimabue y Giotto, es decir, Dante era un intelectual de su tiempo, atento al mundo que le rodeaba, un mundo que también le había condenado a la persecución política y a los exilios, y terminó muriendo lejos de su querida Florencia, pero esta le rinde honor en una tumba monumental en la Basílica de Santa Croce, junto a otros grandes de aquella ciudad como Miguel Ángel, Galileo Galilei y Nicolás Maquiavelo.