La educacion, un rol para todos

  • 03/10/2026 00:00

La formación en valores, ética e integridad no puede recaer únicamente en escuelas y universidades. El hogar constituye el primer espacio educativo y el ejemplo de los padres resulta determinante para formar ciudadanos responsables

La educación suele asociarse de manera casi automática con aulas, maestros y programas académicos. Sin embargo, esta visión, aunque extendida, es incompleta. Las instituciones educativas cumplen un rol fundamental en la formación técnica y profesional de las personas, pero no son, ni pueden ser, el núcleo principal donde se construyen los valores, la ética e integridad. Ese proceso comienza mucho antes y, ocurre en un espacio más íntimo y determinante llamado hogar.

Desde los primeros años de vida, los niños aprenden observando. Antes de comprender conceptos complejos o memorizar contenidos académicos, absorben comportamientos, actitudes y formas de relacionarse. En este sentido, los padres no solo son cuidadores, sino los primeros educadores. Son ellos quienes modelan, con su ejemplo cotidiano, lo que significa el respeto, la responsabilidad, empatía, honestidad e integridad. Ninguna asignatura puede o debe sustituir la influencia constante de un entorno familiar coherente y comprometido.

¿Se le puede hablar a un joven de integridad y honestidad cuando su padre se pasa una luz roja, usa los hombros, se pasa las dobles líneas amarillas o intenta sobornar a la autoridad?, ¿se puede hablar de respeto y aprender a valorar a la mujer cuando su pareja abusa psicológica, verbal o físicamente en frente de los niños?, ¿se puede?

Por su parte, los colegios y universidades (que no son guarderías) están diseñados principalmente para desarrollar habilidades técnicas e intelectuales. Enseñan matemáticas, ciencias, lenguaje, tecnología y conocimientos específicos que permiten a una persona desempeñarse en una profesión. Por supuesto que también, pueden ofrecer orientación en valores, promover la convivencia, justicia, paz, democracia, integridad y reforzar principios éticos, pero estas acciones funcionan más como complemento que como base.

Pretender que estas instituciones asuman completamente la formación moral o incluso mental de individuos es trasladar una responsabilidad que no les corresponde por completo.

Las universidades cada vez más y, tras la pandemia, están llenas de jóvenes con múltiples problemas de salud mental y, algunos padres, pretenden que las instituciones donde la mayoría de sus docentes no tienen una preparación en psicología o psiquiatría, sean responsables de sus hijos(as). Además, muchas de sus instalaciones tampoco están preparadas para ser realmente inclusivas. Esto trae como consecuencia que, debido a las presiones académicas o sociales, terminen alargando su formación o, peor aún, creando hábitos que luego, una empresa no tiene porqué lidiar o comprender. Así de frío como lo lee amigo lector, así de frío es.

Cuando el hogar cumple su rol educativo a conciencia, el impacto en la formación integral del estudiante es profundo. Un individuo que crece en un ambiente donde se fomenta el respeto, la disciplina y pensamiento crítico llegará a la escuela con herramientas que potenciarán su aprendizaje. En cambio, cuando estos fundamentos no se establecen en casa, la escuela o universidad enfrenta una tarea mucho más compleja: enseñar contenidos mientras intenta llenar vacíos formativos que deberían haber sido atendidos previamente en el hogar.

Esto no significa que la educación sea una responsabilidad exclusiva de la familia o que las instituciones educativas carezcan de influencia en el desarrollo personal. Más bien, se trata de reconocer una complementariedad necesaria. La familia siembra las bases de la sociedad; la escuela o universidad construye sobre ellas. Sin ese cimiento sólido, cualquier intento de formación académica queda debilitado o peor aún, su resultado es inútil. ¿así o más claro?

En la actualidad, es común escuchar críticas hacia el sistema educativo por fallas en la conducta o valores de los jóvenes. No obstante, es importante cuestionar hasta qué punto estas expectativas son realistas. La educación en valores no puede delegarse completa y únicamente en terceros.

Hoy tenemos líderes que, cada cierto tiempo, se autoproclaman como la salvación de los múltiples problemas sociales y manipulan la conciencia a punta de regalos o promesas vacías y se nos olvida totalmente que, un líder sin integridad, de entrada, no es un líder legítimo.

Jean-François Lyotard, filósofo francés decía que “La educación académica es el arte de hacer visibles las cosas invisibles cuando hay bases bien formadas”, Esta frase acerca de la educación superior pone énfasis en el hecho de que recibir estímulos a través de nuestros sentidos no es suficiente para entender lo que nos rodea; necesitamos conceptos y buenas maneras de pensar para interpretar la realidad y comprenderla de verdad, reconociendo sus matices e importancia desde el hogar. pero ¿qué hacemos cuando el que entra a dicho sistema lo hace ciego, sordo o mudo en valores, ética, disciplina o integridad?

Reitero, las instituciones académicas, aunque esenciales, cumplen un papel distinto al del hogar: preparar a los individuos para enfrentar desafíos profesionales y técnicos. Reconocer esta diferencia no resta importancia a la escuela o universidad, sino que revaloriza el papel insustituible de la familia.

Hace meses atrás escribí un artículo cuyo título era “formadores somos todos” hubo críticas pues, claro está, tocaba algunas verdades que pocos quieren enfrentar cara a cara; en dichas críticas decían que la formación solo la debían impartir los educadores, ¿qué acaso los padres no son también educadores o formadores en especial cuando se habla de valores e integridad?

Recordemos esto amigos lectores, La ventaja competitiva de una sociedad, de un país, no vendrá de lo bien que se enseñe en sus escuelas o universidades la multiplicación y tablas periódicas, sino de lo bien que se sepa estimular la imaginación, creatividad, integridad, ética y moral de nuestros jóvenes de forma complementaria entre el hogar, sociedad y centros educativos.

Sin embargo, mientras como sociedad sigamos desestimando todo lo escrito anteriormente, o no nos sentemos a hacernos un examen de conciencia y observemos al monstruo desde sus entrañas para erradicarlo, todos los intentos aislados por crear hombres y mujeres de bien se irán al inodoro, porque una sociedad que no rema en una dirección, es una sociedad sin rumbo ni razón.