La otra historia del Canal: identidad, despojo y memoria en Panamá
- 22/03/2026 00:46
Más allá de la ingeniería, la construcción del Canal implicó la desarticulación de comunidades, municipios y una red económica clave en el istmo
Durante siglos, el Istmo de Panamá fue mucho más que un punto de tránsito. Fue un territorio vivo, densamente habitado, con pueblos, mercados, cultivos y redes comerciales que conectaban continentes. Sin embargo, esa historia quedó en gran medida eclipsada por una narrativa dominante: la del Canal como proeza de ingeniería.
Un estudio reciente de la historiadora panameña Marixa Lasso, publicado el 13 de marzo en la Revista IdeAs, titulado ‘De ruta interoceánica panameña a Zona del Canal estadounidense’, replantea esa visión y revela un proceso menos conocido, pero profundamente determinante: la transformación de la ruta interoceánica panameña en un enclave territorial estadounidense, acompañado de la eliminación sistemática de sus pueblos y habitantes.
Mucho antes de la construcción del Canal, Panamá ya era un eje clave del comercio global. Desde el siglo XVI, con la consolidación de caminos como el Camino Real y la ruta fluvial del río Chagres, el istmo articuló el tránsito de mercancías entre el Virreinato del Perú, Europa y África.
A lo largo de esta ruta surgieron poblados como Cruces, Gorgona o San Juan de Pequení, que se convirtieron en centros económicos y culturales. Con el paso del tiempo, especialmente en el siglo XIX, esta red se fortaleció con la fiebre del oro en California y la construcción del ferrocarril transístmico en 1855, que atrajo migrantes de diversas partes del mundo.
Lejos de ser un espacio vacío, la región interoceánica era, a inicios del siglo XX, el corazón económico de Panamá: una zona con municipios activos, diversidad étnica, producción agrícola y una intensa vida urbana.
El giro decisivo llegó con el Tratado Hay-Bunau-Varilla, que otorgó a Estados Unidos el control de una franja de territorio de diez millas de ancho a lo largo del canal, con facultades para gobernarla “como si fueran soberanos”.
Lo que siguió no fue una transición inmediata ni uniforme, sino un proceso gradual de transformación política, legal y territorial.
En un inicio, las autoridades estadounidenses parecían dispuestas a mantener los pueblos existentes. Las municipalidades panameñas continuaron operando, aunque bajo supervisión extranjera, y los alcaldes locales fueron progresivamente reemplazados por funcionarios estadounidenses.
Pero pronto comenzaron los cambios estructurales.
Uno de los primeros impactos fue la imposición del sistema legal estadounidense en la Zona del Canal. Los habitantes, aunque seguían siendo ciudadanos panameños, pasaron a estar sujetos a tribunales extranjeros.
A esto se sumó la eliminación del derecho al sufragio dentro del territorio: los residentes debían salir de la zona para poder votar, debilitando así la vida política local.
Paralelamente, las ciudades de Panamá y Colón perdieron el control de sus puertos históricos debido a interpretaciones unilaterales del tratado. Nuevas entidades como Ancón y Cristóbal asumieron funciones clave, profundizando la separación entre el enclave y el resto del país.
En pocos años, la ruta interoceánica comenzó a desconectarse de la estructura política panameña que la había sostenido durante siglos.
Entre 1904 y 1907, la transformación se aceleró. Las municipalidades fueron eliminadas y reemplazadas por distritos administrativos controlados por la Comisión del Canal Ístmico.
Este cambio significó el fin de siglos de organización política local. Los pueblos dejaron de ser entidades con autonomía para convertirse en espacios gestionados directamente por una autoridad extranjera.
Al mismo tiempo, se introdujeron regulaciones sanitarias y urbanas que reorganizaron el territorio bajo criterios ajenos a la realidad local. Estas normas no solo redefinieron la infraestructura, sino que también establecieron una segregación espacial entre áreas “estadounidenses” y “nativas”.
Esta clasificación incluía a todos los no estadounidenses: panameños, afrodescendientes, inmigrantes antillanos y asiáticos. La segregación no era solo administrativa, sino profundamente racial y social.
Contrario a lo que durante décadas se creyó, la desaparición de los pueblos de la Zona del Canal no fue consecuencia directa de la construcción del canal ni de la creación del lago Gatún.
Según documenta Lasso, la decisión de despoblar la zona respondió a una visión política del territorio: la de un espacio controlado exclusivamente por Estados Unidos, sin población local permanente.
El punto de inflexión llegó en 1912, cuando el presidente estadounidense William Howard Taft firmó una orden ejecutiva que autorizó la expropiación total de las tierras dentro de la Zona del Canal.
El resultado fue contundente: 41 pueblos fueron eliminados y alrededor de 40.000 personas expulsadas.
La despoblación se ejecutó en pocos meses y en medio de gran incertidumbre. Los habitantes recibieron poco tiempo para abandonar sus hogares, sin claridad sobre compensaciones o derechos.
Muchos desmontaron sus casas para trasladarlas en tren hacia Panamá o Colón. Otros se resistieron y fueron forzados a salir mediante medidas como la suspensión de servicios básicos o incluso incendios.
Las consecuencias fueron profundas como el desarraigo de comunidades enteras, el colapso de economías locales, el aumento del hacinamiento en las ciudades terminales y por primera vez en siglos, la ruta interoceánica quedó desconectada de la vida panameña.
Tras la expulsión de la población, la Zona del Canal fue reorganizada como un “pueblo de compañía”, controlado completamente por el gobierno estadounidense.
No existía propiedad privada: viviendas, comercios y servicios pertenecían a la administración del canal. Además, se consolidó un sistema de segregación racial institucionalizado, con comunidades separadas para trabajadores blancos (gold roll) y negros (silver roll).
La antigua diversidad urbana y cultural fue reemplazada por un espacio funcional, diseñado exclusivamente para la operación del canal.
Más allá de la transformación territorial, Lasso destaca un efecto menos visible, pero igual de profundo: el impacto en la identidad nacional.
La pérdida de la ruta interoceánica —eje histórico del país— obligó a redefinir el imaginario panameño. Intelectuales del siglo XX comenzaron a construir una identidad basada en el interior rural, alejándose del pasado cosmopolita y comercial del istmo.
Este giro implicó también llevó al debilitamiento de la tradición marítima, el rechazo al cosmopolitismo asociado a la zona canalera y el surgimiento de discursos excluyentes hacia poblaciones inmigrantes
En este contexto, figuras como Vasco Núñez de Balboa fueron reinterpretadas como símbolos de una identidad nacional alternativa, marcada por la pérdida y la reivindicación histórica.
El trabajo de Marixa Lasso plantea una pregunta crucial: ¿qué significa para Panamá haber perdido, durante gran parte del siglo XX, el control de su principal eje histórico?
La historia del Canal no puede entenderse únicamente como un logro técnico. También es la historia de una desposesión territorial, de comunidades borradas y de una ruptura en la continuidad histórica del país.
Hoy, más de dos décadas después de la reversión del Canal, esa memoria sigue siendo fragmentaria. Las huellas de la antigua ruta interoceánica permanecen, en muchos casos, ocultas bajo la selva o diluidas en el paisaje urbano.
Recuperarlas no es solo un ejercicio académico. Es un paso necesario para reconstruir una narrativa nacional más completa, que reconozca no solo el canal, sino también a las personas y comunidades que dieron vida al istmo mucho antes de su construcción.