¿Murió el trabajo estable?
- 07/02/2026 11:37
Cuando hacer bien el trabajo ya no garantiza orden ni previsibilidad
Para muchos profesionales, el trabajo ya no ofrece previsibilidad ni estabilidad sostenidas en el tiempo. Las tareas se cumplen, los problemas se resuelven y los cambios se implementan, pero el funcionamiento vuelve a alterarse antes de que algo termine de asentarse. En entornos cada vez más cambiantes, hacer bien el trabajo ya no produce el mismo efecto de orden y estabilidad que antes, y se instala una forma de operar marcada por el re trabajo, la urgencia constante y prácticas que dejan de percibirse como excepcionales.
Cuando este tipo de dinámica se sostiene, ocurre algo casi imperceptible: la ineficiencia deja de vivirse como un problema temporal y empieza a asumirse como parte del paisaje. Se normaliza trabajar apagando incendios, convivir con procesos poco claros y adaptarse continuamente a cambios que no siempre terminan de consolidarse. Lo urgente desplaza a lo importante y el esfuerzo constante se vuelve una condición de base más que una excepción.
Frente a este escenario, es habitual explicar lo que no funciona apelando exclusivamente al contexto: la burocracia, los procesos, las estructuras o la forma en que se toman decisiones dentro de la organización. Sin negar que estos factores existen y condicionan, quedarse solo en esa explicación suele inmovilizar. Desde la práctica del coaching profesional, estas dinámicas se observan con frecuencia en organizaciones que operan en contextos de alta complejidad, donde el margen de acción no siempre está en cambiar el sistema, sino en revisar cómo se opera dentro de él.
Los sistemas —entendidos como las formas habituales en que las personas, desde sus roles, trabajan, deciden y se coordinan— no cambian porque alguien lo declare, sino cuando quienes los habitan empiezan a operar de manera distinta. En muchos casos, el margen de acción disponible no está en transformar las estructuras formales de la organización, sino en revisar cómo ejercemos nuestra responsabilidad profesional: cómo conversamos y construimos acuerdos, cómo priorizamos, cómo decidimos y cómo sostenemos lo que acordamos, aun en condiciones imperfectas.
A esta forma de posicionarse frente al trabajo y al contexto es a lo que llamamos adultez profesional. No se trata de la edad ni de la trayectoria acumulada, sino de la posición desde la cual una persona se relaciona con su trabajo y con la realidad. En términos simples, implica pasar de una postura de espectador a una de protagonista. El espectador observa, evalúa y explica lo que otros hacen; el protagonista actúa, decide y se hace cargo de las consecuencias. La adultez profesional aparece cuando una persona deja de colocarse únicamente como observadora del sistema y asume responsabilidad por su participación en la forma en que ese sistema funciona.
Desde este lugar, el coaching profesional adquiere un sentido muy concreto. No se trata de motivar ni de dar respuestas, sino de crear un espacio donde profesionales y líderes puedan revisar la forma en que están observando su realidad laboral y organizacional. En una conversación de coaching, el foco no está puesto en explicar por qué el contexto no funciona, sino en mirar con mayor claridad cómo cada uno participa —desde su rol— en la construcción de los resultados que obtiene. El valor del coaching aparece cuando el profesional deja de preguntarse únicamente qué falla afuera y empieza a explorar qué puede hacer distinto en su forma de liderar, decidir y coordinar.
Cuando estas formas de operar se sostienen en el tiempo y se coordinan con otros, sus efectos comienzan a notarse más allá de lo individual. Equipos que priorizan con mayor claridad, profesionales que sostienen acuerdos y líderes que actúan con criterio van configurando patrones de trabajo más estables, aun en contextos cambiantes. Las organizaciones no se transforman solo por nuevas estructuras o procesos, sino por la manera en que las personas los habitan y los ponen en práctica cada día.
En un país que se consolida como hub regional, estas conversaciones adquieren especial relevancia. Abrir una reflexión más adulta sobre cómo trabajamos, decidimos y nos hacemos cargo de lo que hacemos es parte del desafío que enfrentamos como sociedad profesional y organizacional. Desde este lugar, el coaching profesional ofrece un espacio para revisar y fortalecer esa capacidad, no como una respuesta inmediata a todos los problemas, sino como un entorno para desarrollar protagonismo, criterio y responsabilidad en la forma en que profesionales y líderes toman decisiones, sostienen acuerdos y coordinan la acción dentro de las organizaciones.