Aimée Lam Tunon: ‘El Pabellón de Panamá en Venecia debe ser una plataforma para todos’

El Visitante
  • 08/03/2026 00:00

Aimée Lam Tunon tiene la distinción de haber sido la impulsora y curadora del primer pabellón panameño en la Bienal de Venecia, en 2023 en la edición de Arquitectura. La exposición que presentó, titulada “Historias bajo el agua”, sembró los pilares para que Panamá se presentase de manera independiente en este evento de renombre global.

Debo recalcar que, desde 2003, la curadora y arquitecta panameño-italiana Paola Pisanelli Nero asesoró y curó algunas participaciones de Panamá en el Pabellón del IILA (Instituto Italo-Latinomericano) de la Biennale. Esta institución presentaba oficialmente a artistas de los países latinoamericanos que no tenían un pabellón nacional.

El Visitante conversó con Aimée Lam Tunon sobre cómo surgió ese primer pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia, sus observaciones sobre la historia de la participación de Panamá en este acontecimiento y el legado intelectual, ético y curatorial de “Historias bajo el agua”.

¿Cuál es tu formación académica y tu experiencia profesional? ¿Cómo llegaste a interesarte en la curaduría?

Mi formación académica es en arquitectura. Desde mis inicios he sentido una necesidad profunda de entender el mundo y, por lo tanto, el espacio. La arquitectura ha sido un método para organizar esa información. Realicé mi licenciatura en la USMA y luego continué mis estudios en Londres, donde cursé una maestría en Spatial Performance and Design [Rendimiento Espacial y Diseño] en la Architectural Association y, más adelante, una maestría en Biodiseño en Central Saint Martins.

El biodiseño, con su enfoque en diseñar con la naturaleza, transformó profundamente mi manera de ver el mundo. Empecé a entender que no existe una división real entre naturaleza y cultura. Ambas forman parte de un mismo flujo continuo de materia, información y transformación. A partir de ahí desarrollé mi enfoque profesional, al que llamo the poetics of nature [la poética de la naturaleza]. Se trata de una manera de entender el planeta como un sistema en constante recomposición.

Desde allí nace mi interés en la curaduría, práctica que no solo organiza información, sino que construye marcos de interpretación y genera narrativas e imaginarios alternativos. Las realidades pueden leerse y contarse de múltiples maneras, y me interesa explorar cómo el diseño puede convertirse en una herramienta para dar forma a relatos significativos. Al final, las historias no solo explican el mundo, sino que nos permiten imaginar y construir los mundos que deseamos habitar.

¿Cómo surgió tu idea del primer Pabellón de Arquitectura en la Bienal de Venecia? ¿Y cómo se gestionó el apoyo institucional y particular?

Mis años en la Architectural Association en Londres me formaron para entender que plataformas como la Bienal de Venecia son espacios reales de pensamiento y discurso capaces de generar cambios en nuestras sociedades. En el AA, la Bienal no es una aspiración lejana, sino parte de la conversación cotidiana: un escenario donde las ideas que se debaten en la escuela encuentran su expresión pública. Sus exalumnos han sido curadores, directores y protagonistas de la Bienal durante décadas. Para quienes nos formamos allí, Venecia no es una meta, sino una continuación natural. De ahí nace el interés.

Comencé a visitar cada edición desde 2015 y, año tras año, se hacía evidente que Panamá necesita tener su propio pabellón. Siempre fue mi meta y sueño ver a mi país representado oficialmente en ese escenario. Con el tiempo tomé la decisión de impulsar su participación como una iniciativa ciudadana. En muchos casos, los cambios culturales comienzan desde iniciativas independientes que trazan rutas nuevas y hacen posible lo que antes no existía.

Inicié las gestiones directamente con la Biennale, que recibió la propuesta con entusiasmo y me orientó en los pasos necesarios. Desarrollé una propuesta curatorial de investigación y la presenté para su evaluación. Una vez aprobada, me acerqué al Ministerio de Cultura, que debía fungir como comisionado oficial. Fue un proceso complejo y, en algunos momentos, complicado. Costó que se comprendiera el valor de que Panamá se presentara con su propio pabellón en el escenario cultural más importante del mundo por primera vez desde 1895, año de su fundación.

El Pabellón se materializó con un modelo de autogestión y financiamiento independiente. Conseguir los recursos en Panamá fue un proceso largo y desafiante, pero también permitió la construcción de un esfuerzo colectivo que se hizo posible gracias al compromiso de un equipo interdisciplinario, colaboradores, académicos, comunidades y personas que creyeron en la importancia de esta iniciativa. Esa misma dificultad confirmó la necesidad de llevar el proyecto adelante.

¿Crees que el Pabellón de Arquitectura y tu trabajo como curadora se han representado cabalmente en el material divulgativo en torno al Pabellón de Panamá en la Bienal de Arte de Venecia?

El proyecto curatorial del Primer Pabellón de Panamá en la Bienal de Arquitectura de esta institución, titulado “Stories from Beneath the Water” [Historias bajo el agua], examinó las transformaciones territoriales y sociales producidas por la construcción del Canal, con especial atención a los procesos de división, control y borramiento histórico que afectaron a comunidades y paisajes del antiguo territorio de la Zona del Canal.

Más que una exposición sobre el pasado, el proyecto proponía una reflexión sobre la memoria: la necesidad de reconocer historias desplazadas, voces invisibilizadas y territorios ausentes de los relatos oficiales. Desde esa perspectiva, la manera como se construye y comunica la historia del propio pabellón adquiere una relevancia particular.

Impulsamos el Pabellón como una iniciativa independiente de carácter público y cultural. Fue un esfuerzo ciudadano que permitió abrir por primera vez un espacio para Panamá dentro de esta plataforma internacional y contribuir al desarrollo del sector a largo plazo.

Por ello, considero fundamental que se entienda como un proceso colectivo al servicio del país y de su comunidad cultural. Al tratarse de un precedente donde antes no existía una estructura consolidada, resulta esencial que su origen y las condiciones que hicieron posible su realización se documenten y se transmitan con claridad. La construcción de memoria institucional es, en este sentido, una responsabilidad cultural.

En algunos casos recientes, la participación de Panamá no se ha comunicado con la debida precisión. Más allá de mi esfuerzo personal, esto plantea una cuestión de rigor histórico y de transparencia institucional. El hecho de que la historia del propio pabellón se haya narrado de forma imprecisa resulta aún más problemático si consideramos que el proyecto inaugural abordaba precisamente los riesgos del borramiento y la importancia de preservar la memoria. Sabemos que cuando las historias se omiten, parte de esa memoria colectiva se pierde y, con ella, la base de nuestra identidad cultural.

Como primer intento, también iniciamos un proceso de exploración: buscamos demostrar que Panamá podía tener una participación nacional en la Bienal de Venecia. Desde el inicio, nuestra intención fue establecer un precedente para que quienes vengan después puedan aprovechar y fortalecer, entendiendo esta primera participación como un punto de partida para el desarrollo futuro de la presencia cultural de Panamá en la Bienal. Compartimos la experiencia acumulada —desde los procesos curatoriales hasta los contactos institucionales y logísticos necesarios para hacer posible la participación— con un espíritu de continuidad y construcción colectiva.

A medida que Panamá empieza a formalizar su participación, es crucial que elaboremos formas de selección y curaduría a través de procesos abiertos, claros y competitivos, que aseguren una verdadera diversidad de opiniones y un cambio real de puntos de vista.

La existencia de una convocatoria pública por sí sola no garantiza su apertura. Para que un concurso cumpla verdaderamente su función, necesitamos bases, criterios de evaluación y jurados claros, independientes y representativos del sector cultural. De lo contrario, el proceso puede reducirse a una formalidad administrativa.

En casos recientes, aunque abrimos convocatorias dirigidas a artistas, dejamos fuera de procesos abiertos de selección las decisiones curatoriales. Esto limita la diversidad de enfoques que pueden dar forma al proyecto curatorial, que es precisamente el marco conceptual que orienta la participación nacional.

En muchos países, como el Reino Unido, instituciones culturales como el British Council gestionan convocatorias públicas abiertas para seleccionar el equipo curatorial del pabellón nacional. De este modo, establecen criterios claros de evaluación y fomentan la participación de distintas voces del sector, renovando las perspectivas curatoriales en cada edición y fortaleciendo la legitimidad de la representación nacional.

Si con el primer pabellón abrimos ese camino, el reto para las futuras participaciones será enriquecerlo y ampliarlo. De este modo, la presencia de Panamá en la Bienal puede formar parte de un esfuerzo cultural más amplio en el que distintas disciplinas y generaciones contribuyan a construir una representación diversa y sostenida en el tiempo. No debemos entender el pabellón como un espacio restringido, sino como una plataforma de todos y para todos: una oportunidad para mostrar la riqueza cultural del país ante el mundo y, al mismo tiempo, fortalecer nuestro propio ecosistema creativo.

El autor es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).