Stella Lauri: ‘Nunca debemos dejar de aprender’

La actriz, directora y gestora cultural Stella Lauri durante la entrevista sostenida con La Estrella de Panamá en el Teatro La Estación.
  • 30/06/2026 00:00

Con casi 40 años de trayectoria, la actriz y productora teatral repasa sus inicios en las tablas, su transición hacia la dirección teatral y la gestión cultural

Actriz, productora, directora, gestora cultural y psicóloga. A punto de cumplir cuatro décadas sobre los escenarios, Stella Lauri ha sido testigo de la transformación del teatro panameño desde una época en la que apenas existían salas y compañías hasta la consolidación de una nueva generación de artistas. En esta entrevista repasa sus inicios, la evolución de su carrera y los retos que ha asumido al frente de espacios como La Cuadra, Bambalinas y el Teatro La Estación. También reflexiona sobre el miedo como motor creativo, el vínculo entre la psicología y la actuación, el creciente liderazgo de las mujeres en las artes escénicas y la importancia de abrir oportunidades para garantizar el relevo generacional del teatro panameño.

Llevas casi 40 años en el ámbito teatral. ¿Cuéntame cómo empezaste y cómo ha sido esa evolución?

Estudié en el Colegio Javier y, cuando estaba en secundaria, el director tenía un gran amor por el teatro. Comenzó a formar un grupo teatral y trabajábamos principalmente con lecturas dramatizadas.

Sin embargo, esa inquietud venía de mucho antes. Cuando era niña, mis abuelos, que vivían en otro país, siempre me inscribían en cursos durante las vacaciones de verano. Un año me apuntaron a un curso de teatro. Yo todavía estaba en primaria y esa experiencia me marcó muchísimo.

Curiosamente, fui la única alumna inscrita. Pasé tres meses sola con el profesor, así que recibí clases prácticamente personalizadas. Aquello dejó sembrada una semilla que nunca desapareció. Más adelante, cuando ingresé a la Universidad de Panamá para estudiar Psicología, estaban formando un grupo de teatro en la Facultad de Psicología, así que también me integré.

Fue entonces cuando descubrí el Teatro Taller Universitario dirigido por el profesor Jarl Babot (q.e.p.d). Permanecí allí durante dos semestres participando en montajes de autores panameños que recuerdo con muchísimo cariño.

A partir de ese momento empecé a tomar todos los cursos que encontraba. Estudié en la Academia Italiana y allí participé en montajes que incluso llegaron al Teatro Nacional.

También tomé un curso de aproximadamente seis meses con Norman Douglas en el Teatro La Cúpula. La verdad es que ya no recuerdo si fue antes o en paralelo con la Academia Italiana, pero durante esos años todo curso que aparecía yo lo aprovechaba.

Entre los años 1980 y 1990, el mundo teatral era mucho más pequeño. Había muy pocos teatros y muy pocos teatristas, por lo que ingresar era bastante difícil. Yo veía este mundo como algo prácticamente inalcanzable.

Recuerdo admirar muchísimo a Ceila González, Elisa Fernández, Anina Horta y Aurea Horta. Ellas ya eran figuras importantes y yo me preguntaba cuándo tendría la oportunidad de compartir escenario con ellas.

Poco a poco fui ganando visibilidad porque ya comenzaba a participar en más producciones. Como había pocas obras, quienes disfrutaban del teatro asistían prácticamente a todas, y eso ayudaba a que los actores empezáramos a ser conocidos.

Luego empecé a trabajar con Cultura Escénica, grupo que surgió de la Academia Italiana. Con ellos montábamos una obra anual en el Teatro en Círculo y, a partir de ahí, comenzaron a llegar nuevas oportunidades.

Un día Anina Horta me llamó para actuar en el Teatro ABA. Para mí aquello era algo casi increíble; nunca imaginé que llegaría ese momento.

Más adelante comenzamos a producir nuestras propias obras. Junto con Gabriel Pérez Mateo hacíamos montajes pequeños en cafés, teatros alternativos y también en el Departamento de Expresiones Artísticas de la Universidad de Panamá.

Era un teatro completamente artesanal. Llevábamos el sofá de nuestra casa, recogíamos hojas de los jardines para la escenografía, buscábamos nuestro propio vestuario y conseguíamos un pick-up que transportara todos los elementos del montaje.

Nosotros mismos imprimíamos los boletos y hacíamos absolutamente todo. Era un trabajo de enorme esfuerzo, pero también de mucha pasión. Así, poco a poco, uno va encontrando su lugar dentro del teatro.

Después conocí a Edwin Cedeño. Él comenzó a dirigir algunas de las obras de Cultura Escénica y, un día, me propuso participar en la apertura de un nuevo teatro. Así nació La Cuadra, un proyecto que abrimos junto a Edwin Cedeño y Diana Abouganem.

Tiempo después, mientras estaba en La Cuadra, pensé que debía existir un teatro dedicado exclusivamente a los niños. Una cosa era adaptar la escenografía los fines de semana para presentar funciones infantiles y otra muy distinta era contar con un espacio pensado únicamente para ese público. Entonces decidí abrir Bambalinas. Fueron seis años maravillosos de mi vida. Lamentablemente llegó la pandemia y, junto con la difícil situación económica del país, me vi obligada a cerrar el teatro.

Cuando abrimos el Teatro La Estación, después de que La Cuadra fuera vendida. Ese proyecto nació junto con otros socios y, desde entonces, gran parte de mi trabajo se ha concentrado en producir espectáculos.

Hace un par de años decidí asumir otro reto: dirigir. La verdad es que durante mucho tiempo tuve muchísimo miedo de hacerlo. Siempre he pensado que un director necesita herramientas y yo sentía que todavía no las tenía.

Por esa razón empecé a prepararme. Tomé talleres de dirección escénica y de dirección de actores, y poco a poco fui sintiéndome lista para asumir ese nuevo rol.

Hoy ya he dirigido un par de obras y debo decir que ha sido una experiencia que he disfrutado muchísimo.

¿Cómo lograste superar ese miedo?

El miedo nace, principalmente, del desconocimiento. Yo me preguntaba: “Como me han dirigido tantos directores diferentes, ¿eso significa que ya sé dirigir?”. Y la respuesta era no.

Cada director tiene su propia manera de trabajar. Hay quienes están más enfocados en el espectáculo, otros en los actores, otros en el análisis profundo del texto. Cada uno tiene una metodología distinta.

Yo pensaba que, por haber trabajado con muchos directores, ya tendría las herramientas suficientes, pero descubrí que no era así. Entonces se abrió un curso de dirección impartido por Edwin Cedeño, quien para mí ha sido un verdadero mentor.

Cuando tomé ese curso me di cuenta de que mis miedos estaban totalmente justificados. Realmente no sabía todo lo que implica dirigir. No es cierto que porque alguien te dirija automáticamente aprendes a dirigir. Puedes adquirir intuición, observar, absorber conocimientos, pero hay muchísimas decisiones que el director nunca verbaliza porque ocurren en su cabeza.

Poder comprender cómo piensa un director, cómo mueve cada pieza dentro del escenario y por qué toma determinadas decisiones me abrió un universo completamente nuevo. Después tomé un curso de dirección de actores con Raquel Toledo, que también me ofreció otra perspectiva y me dio nuevas herramientas.

Fue entonces cuando finalmente me atreví. Aun así, sigo pensando que hay muchísimas cosas que desconozco. Todavía me siento bastante amateur en muchos aspectos. Sin embargo, ya di el primer paso y, hasta ahora, me siento muy satisfecha con los trabajos que he realizado.

Siempre creo que cada montaje puede hacerse mejor. Cada obra representa un reto distinto.

El miedo sigue ahí, pero ahora es diferente. De hecho, ojalá nunca desaparezca. Ojalá nunca deje de dolerme el estómago antes de salir al escenario. Si algún día llego completamente tranquila y relajada antes de una función, creo que algo estaría mal.

Creo profundamente que la preparación es una responsabilidad. Las herramientas que adquirí fueron las que me dieron esa pequeña seguridad inicial, una seguridad que continúa creciendo con cada producción.

Nunca debemos dejar de aprender. Creo que esa es una de las claves de esta profesión.

Eres psicóloga de profesión. ¿Cómo se conecta el teatro con esa disciplina?

Sí. Yo soy psicóloga, aunque no clínica. Mi especialidad está más orientada a la psicología social e industrial, particularmente al comportamiento del consumidor. Sin embargo, al final todo parte del comportamiento humano.

La psicología social te da las bases para entender cómo actuamos las personas y eso es precisamente lo que refleja una obra de teatro: los comportamientos humanos. Lo más bonito del teatro es que el público puede identificarse con lo que ve en escena. Puede reconocer situaciones propias y decir: “Ese personaje soy yo”, “Así es mi mamá”, “Así es mi hermana” o “Así es una amiga”.

El teatro genera esa identificación y, al mismo tiempo, permite que las personas analicen su propia realidad a través de las historias que están viendo. Por eso creo que la psicología y el teatro tienen muchísimo en común.

La construcción de un personaje no parte únicamente de su apariencia física. También requiere comprender profundamente su psicología. Si uno no entiende quién es ese personaje, qué piensa, qué siente, cuáles son sus motivaciones y conflictos, difícilmente podrá interpretarlo con verdad.

Para darle autenticidad al público hay que conocer al personaje desde adentro, y ahí es donde la psicología juega un papel fundamental.

¿Percibiste machismo dentro del teatro? ¿Crees que esa realidad ha cambiado con el tiempo?

Te soy muy honesta: nunca fue algo que yo viviera de una manera especialmente marcada.

Lo que sí ocurría era que la mayoría de los directores eran hombres. También la mayoría de los instructores y de los profesores con los que tomé mis primeros talleres eran hombres.

Los primeros directores que me dirigieron también lo eran. Con el paso de los años eso comenzó a cambiar. Poco a poco empecé a trabajar bajo la dirección de mujeres y también con textos escritos por mujeres. Y eso es muy interesante porque la sensibilidad cambia.

No significa que una sea mejor que la otra, sino que cada mirada aporta una perspectiva distinta sobre determinados temas. Creo que las mujeres han ido ocupando espacios que históricamente estaban dominados por hombres.

No fue algo que yo percibiera como una barrera cuando empecé; simplemente era la realidad de aquel momento. Con el tiempo las mujeres fueron incorporándose como directoras, dramaturgas, productoras y creadoras.

Hoy, por ejemplo, en La Estación somos cuatro socias mujeres y un hombre. Las mujeres somos mayoría y hemos producido espectáculos dirigidos por mujeres, escritos por mujeres e interpretados por mujeres.

Creo que el papel femenino dentro de las artes ha adquirido un protagonismo mucho mayor.

Hoy vemos directoras, ministras de Cultura y mujeres ocupando espacios de liderazgo en distintos ámbitos artísticos.

Y me parece importante que existan tanto hombres como mujeres aportando sus puntos de vista. Muchas veces coincidimos, pero también tenemos perspectivas diferentes que se complementan muy bien.

¿Hay relevo generacional femenino en el ámbito del teatro panameño?

Yo creo que sí existe un relevo muy importante. Hoy contamos con la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá y con una Escuela de Teatro, algo que no existía cuando yo empecé.

Hace poco hubo una graduación con muchísimos estudiantes, lo que demuestra que hay una nueva generación muy interesada en esta profesión. Sin embargo, durante aquel conversatorio dije algo que considero fundamental: el relevo no significa sustitución.

No se trata de reemplazar a quienes ya tienen una trayectoria. Se trata de acompañar a las nuevas generaciones, abrirles puertas y darles oportunidades.

Yo siempre digo que puedes estudiar cien cursos, pero si nadie te ofrece una primera oportunidad para actuar, es muy difícil abrirte camino.

Ese relevo no solo ocurre sobre el escenario. También está ocurriendo detrás de él. Hoy vemos mujeres interesadas en iluminación, sonido, producción, dirección, escenografía y todas las áreas que forman parte del ecosistema teatral. Nos corresponde facilitar ese proceso.

Hice un ejercicio de autocrítica y pensé que deberíamos organizar más audiciones para producciones de teatro adulto. Las audiciones suelen hacerse para musicales, pero son menos frecuentes en montajes de otros géneros. Abrir esos espacios también forma parte del relevo.

Además del conocimiento técnico, debemos transmitir disciplina, compromiso y amor por el teatro. El relevo consiste precisamente en eso: acompañarlos, compartir la experiencia y combinar la innovación de quienes llegan con el conocimiento acumulado por quienes llevamos décadas en este camino. Solo así el teatro seguirá creciendo.