Un día en la feria de Chorrera

Mis aventuras en la feria vuelven el domingo. Con un buen tinto, observo la lotería: es el anuncio del locutor.
  • 31/01/2026 00:00
Dumas Alberto Myrie Sánchez
Especialidad:
Geografía Regional de Panamá. Licenciatura en Geografía e Historia. Maestría en Geografía Regional de Panamá. Docente en el Ministerio de Educacióny en instituciones de educación superior. Artículos de opinión en El Panamá América, La Estrella de Panamá y revista cultural Lotería. Autor de los libros “Memorias de un bardo” y “Escritos de un sobreviviente”.

Bajos bancos de arena se esconde el alcohol y el polvo de verano. Es una paradoja incierta ver a la chica blanca de lentes redondos. Un juego de barajas es el anuncio de la lluvia. Una que exhala el vientre humeante del carrito de hot dog y el pasto cubierto de canelones. Es el almíbar de mi musa Lorena lo que me pierde en mis clases de verano.

El mejor regalo al mago es un aplauso, entre sus actuaciones desgastadas. Mi reloj anuncia un columpio al éxtasis de las galeras. Una que olfatea la carne con buena pinta a quema. La que galopa hombro a hombro con el son de la mejoranera. Y una que no puede prescindir del vino bebido con caña. Son contadas las damas que no se arriman a la pista de baile.

Mi paso calibrado perfila una tarde sin estrellas. Es la suerte del artesano el juego de madera. Y las bisuterías se venden en bolsas con tono amable. Los lugareños llaman al distrito Chorrera. Y es que en lo popular y en el imaginario es lo correcto. Mientras tanto afuera, en las cercanías de la Pedro, los estacionamientos se pelean fin de semana.

El ir a la ciudad, en verano, siente los cambios de temperatura. Entretanto, las clases marcan el ritmo, con organigramas y exposiciones. La voz ronca, se mezcla con el tono profundo de locutor. Las jornadas cortan lo espontáneo de una mirada risueña. El ritmo de la clase dibuja mucha paciencia al explicar. Un compás que solo comprende el adulto.

Al volver a Chorrera, este verano emergente, se llena de talleres de redacción. Uno que siente las brisas de Diego Olstein. Y las lecturas guiadas de otros escritores. Es el arte de enseñar, a adultos, la vocación del buhonero cultural. Una que necesita ofertar un producto barato pero con enormes beneficios al comprador. Un final triste sería marchar sin ofrecer, gracias a Dios, por tanto.

Mis aventuras en la feria vuelven el domingo. Con un buen tinto, observo la lotería: es el anuncio del locutor, las balotas ganadoras. Un experimento social que lleva el amuleto del tarot y los baños de lavanda. En esto, se encienden los faroles del hipódromo, que indican la carrera de caballos, una que se pierde al leer, en los carros locos, a Julio Verne.