Vivir agotado ya no es alerta: el cansancio como estilo de vida

El estudio Burnout 2025 de Konzerta indica que el 79% de los trabajadores en el país experimenta este síndrome. Depositphotos
En Panamá, además, el agotamiento suele minimizarse y pocas personas buscan ayuda psicológica. Depositphotos
El cansancio dejó de ser una señal de alerta para convertirse en credencial de esfuerzo.
  • 07/02/2026 00:00

El cansancio dejó de ser una señal de alerta para convertirse en credencial de esfuerzo. Vivir agotado pasó de ser una consecuencia a ser una identidad.

Hay personas que no recuerdan la última vez que despertaron descansadas. No porque hayan pasado una mala noche, sino porque dejaron de tener noches completas hace años. El sueño se fragmentó en siestas cortas, el desayuno se reemplazó por café y la agenda se convirtió en una carrera permanente contra el tiempo. En conversaciones cotidianas aparece como saludo: “ando muerto”, “no he dormido nada”, “pero hay que seguir”. Nadie se sorprende; al contrario, se interpreta como compromiso. El cansancio dejó de ser una señal de alerta para convertirse en credencial de esfuerzo. Vivir agotado pasó de ser una consecuencia a ser una identidad.

Durante su formación profesional, una enfermera panameña, cuya identidad prefiere mantener anónima, conversó con la Estrella de Panamá, y contó que aprendió que el día podía extenderse indefinidamente. Su rutina empezaba en la universidad, continuaba en el hospital y terminaba de madrugada frente a tareas y exposiciones. Dormía dos o tres horas y repetía el ciclo al día siguiente, sin espacio entre una obligación y otra. “ Yo venía con un ciclo así de que ya yo me había acostumbrado a dormir unas dos, tres horas e incluso irme corrido, así que yo no dormía. Para mí era normal, en el instante me daba sueño y ya después se me quitaba”, recuerda. Con el tiempo el cuerpo dejó de protestar y comenzó a obedecer. “Uno se acostumbra a esa vida porque actualmente, yo necesito ese constante movimiento porque es algo a lo que yo me acostumbré, que no es sano, pero el cuerpo se adapta”, dice. El agotamiento no era una excepción dentro de la carrera, sino el método para cumplirla; descansar parecía incompatible con la vocación.

La normalidad se rompió tras una semana completa sin dormir. Un proyecto de investigación, rondas hospitalarias y la exigencia de cerrar la carrera coincidieron en el mismo periodo. La prioridad era terminar, no detenerse. El resultado llegó de golpe: hemorragias en nariz y ojos, dolor de cabeza intenso y deshidratación. “Todos estábamos por inercia... la mayoría de mis compañeros se enfermó”, cuenta. El cuerpo finalmente puso el límite que la voluntad ignoraba. Solo entonces entendió que el cansancio no era un sacrificio pasajero, sino una acumulación peligrosa.

No es cansancio común

La psicóloga Katherine De León lo define como un agotamiento físico y emocional crónico que no desaparece simplemente durmiendo más un día. “El burnout es un agotamiento físico y emocional crónico que no se quita solo con descanso”, explica. A diferencia del cansancio normal, ese que desaparece tras dormir, este permanece incluso cuando la persona se detiene, porque el problema no es solo el cuerpo, sino la carga sostenida en el tiempo.

Según señala, no aparece únicamente en el trabajo. “También ocurre en la vida académica, familiar y personal”. Por eso se ha vuelto tan frecuente: las responsabilidades se acumulan en todos los espacios al mismo tiempo. Profesionales de la salud, estudiantes, docentes o trabajadores de servicios comparten el mismo patrón: alta responsabilidad y poca pausa. “Sucece po la sobreexigencia, la inestabilidad económica y una cultura que normaliza estar siempre ocupados. ”, afirma. “Se asocia el valor personal con la productividad, entonces descansar genera culpa”.

Esa culpa explica por qué muchas personas continúan aun cuando ya presentan señales claras. Irritabilidad, falta de concentración, desmotivación constante. La especialista advierte que suelen ignorarse porque se perciben como normales. Y cuando se normaliza, advierte, las consecuencias dejan de ser solo emocionales: “Puede derivar en ansiedad, depresión y problemas físicos”.

Una cultura que premia el agotamiento

Hoy el problema es social. Se valora estar ocupado permanentemente y descansar genera culpa, porque la productividad se asocia al valor personal. En Panamá, además, el agotamiento suele minimizarse y pocas personas buscan ayuda psicológica.

Las cifras confirman lo que ocurre en la consulta. El estudio Burnout 2025 de Konzerta indica que el 79% de los trabajadores en el país experimenta este síndrome; el 73% sufrió estrés el último año laboral y el 67% se sintió desmotivado. Sin embargo, la percepción más extendida no es el cansancio, sino la indiferencia: el 72% afirma que en su organización no existe ningún programa de bienestar y el 77% siente que a las empresas no les importa su salud mental. El agotamiento dejó de ser individual para convertirse en una experiencia compartida.

Dormir poco, sobrevivir a base de café y cumplir responsabilidades aún cuando el cuerpo pide detenerse no es sano. La enfermera lo reconoce cuando mira hacia atrás. Nadie le ordenó directamente no dormir. “Se me salió de las manos, y ahí fue que el cuerpo me obligó, tienes que descansar, a pesar de que yo no quería”. Entre todas las exigencias se instaló un mandato silencioso: siempre se puede dar un poco más. El descanso comenzó a sentirse como retraso y no como necesidad.

Cuando el cuerpo pasa factura

Prevenir el burnout y no persivir el cansancio como estilo de vida implica aprender a poner límites, dormir adecuadamente, reconocer las señales tempranas del agotamiento y buscar ayuda profesional cuando sea necesario. De León insiste en que ahí radica el problema central. “Las personas son responsables de cuidarse, pero también las empresas, las instituciones y el Estado”. Recomienda límites claros, sueño adecuado y apoyo profesional, aunque advierte que la prevención no depende únicamente de la voluntad individual.

Hoy la enfermera reconoce algo que antes no consideraba posible: el cansancio permanente no era fortaleza. Sin embargo, detenerse sigue siendo difícil porque el cuerpo descansa más rápido que la mente. La costumbre de rendir permanece incluso después de la pausa. Allí aparece la paradoja de la época: las personas no es que no puedan descansar, es que aprendieron a funcionar sin hacerlo. Y cuando el agotamiento se vuelve rutina, el peligro no es colapsar un día, sino aceptar que vivir así es normal, hasta olvidar cómo se sentía estar realmente bien.

Katherine De León
Psicóloga
Vivir agotado no es normal ni saludable