Yolani Rognoni: “Sé tu mejor aliada y no esperes la validación de otros”

Yolani Rognoni es autora de dos libros: ‘El camino de Pecas’ y ‘Tilde no encaja’.
  • 27/01/2026 00:00

Con una trayectoria desarrollada tanto en el cálculo como en las artes, la ingeniera civil y escritora busca demostrar que cualquier cosa es posible, si se trabaja con disciplina y determinación

Yolani Rognoni ha sido inquieta desde muy joven; esa misma inquietud la orilló a desarrollarse en diferentes facetas como la ingeniería civil, la enseñanza, el emprendurismo y la escritura. Si bien siempre tuvo una inclinación por las artes, también demostró destreza en física y matemáticas. “Simplemente se me daba fácil”, comentó entre risas.

Rognoni narra a ‘MÍA: Voces Activas’ cómo, a pesar de las dificultades de la vida diaria, pudo desarrollarse en todos los ámbitos que siempre quiso.

Licenciada en Ingeniería Civil por la Universidad de Georgia Tech (Estados Unidos), uno de los oficios que le brinda mayor satisfacción es el de escritora. A través de dos novelas: ‘El camino de Pecas’ y la más reciente ‘Tilde no encaja’, Rognoni busca poner sobre el mapa la injusticia que sufren los seres vivos.

Dos libros con los que condena la injusticia, ya sea resaltando la realidad de los animales que viven enjaulados en un zoológico o bien poniéndose en los zapatos de una joven llamada Tilde, quien a sus quince años regresa a su entorno de lujos tras vivir siete años en la más absoluta pobreza, contrastando las posibilidades de vida entre ricos y pobres, con un estilo rebelde y crítico, el mismo que la impulsó durante su trayectoria vital.

Háblanos un poco de ti. ¿Cómo llegas a ser lo que eres hoy en día?

Tengo que decir que mi vida ha sido una serie de accidentes afortunados que, poco a poco, han ido formando mi carrera. Empecé a trabajar en construcción, diseño estructural e ingeniería civil en los años 1990. También, de forma accidentada, conocí al que sería el amor de mi vida, me casé y me trasladé a Indonesia, un país en el que me mudé tras haber ejercido tan solo tres años de ingeniera civil. Sin embargo, la crisis económica en los países del sudeste asiático obligó a que nos fuéramos de allí. Más tarde, regreso a Panamá en el 2003, y volví a trabajar en la ingeniería civil dentro de una empresa contratista familiar.

Y después de eso, decidí incursionar en la docencia, ya que yo siempre quería trabajar con adolescentes. Tomando en cuenta que yo fui una adolescente muy rebelde en la secundaria. Esta actitud no trajo nada bonito porque mi pobre madre la llamó un buen par de veces a la dirección del colegio de monjas que estudiaba, quejándose de lo grosera que fui a pesar de tener muy buenas calificaciones. En la adolescencia, uno no piensa bien lo que dice y, por eso, me metía en problemas. Yo quería conectar con esos adolescentes y ver cómo en una etapa madura de mi vida podía ayudarlos a canalizar esas emociones.

De ahí regresé al ámbito de la construcción, y tuve la más linda oportunidad de trabajar en la ampliación del Canal de Panamá. Este es un sueño hecho realidad para todo panameño que tiene estas carreras afines. Ese fue un giro radical porque estaba preparando al Canal de cara a los futuros reclamos que se harían en torno a los gastos adicionales y costos incurridos en el proyecto por parte del contratista en esa época. Un trabajo nada fácil y bien intenso.

Ahora estoy trabajando en el proyecto de la Línea 3 del Metro de Panamá, y a partir de la experiencia en el Canal, me ha llamado mucho la atención el énfasis en la parte contractual, por ello estoy en la Administración de Contratos, que no solo se fija en los reclamos sino también en las adendas y el alcance de la obra con un equipo de profesionales que analizan cada uno de los aspectos del contrato de ese proyecto. Unas megaobras que contienen un trasfondo inmenso de gente que es invisible, y que se aseguran de que la obra avance.

¿Cómo has experimentado la discriminación por ser mujer a lo largo de tu vida profesional?

Cuando yo estudié Ingeniería Civil en la Universidad de Georgia Tech, había cuatro hombres por cada mujer. La proporción era increíble. De hecho, todos mis amigos de la universidad son todos los hombres. Mi experiencia me llevó a convalidar mi título en la Universidad Tecnológica de Panamá, 15 años después de haberme graduado. En los salones de ingeniería civil en esta otra universidad, la proporción era casi al revés y no quiero decir que es que había más mujeres estudiando esa carrera en Panamá, pero era notable lo que pasó dentro de ese lapso de tiempo, entre mi graduación y mi convalidación.

Las chicas que se graduaron en ingeniería civil fueron muchas desde entonces y esto se nota en los proyectos de construcción. Ya no te sorprendes al ver a una mujer con casco sobre el terreno. Cuando uno transita por la calle, y ve algún proyecto de construcción donde hay alguna coordinación, y ve un grupo de ingenieros, no te sorprendes de que entre ellos haya una ingeniera joven que haga su trabajo como todos.

Sin embargo, todavía existe una gran desigualdad en los puestos a los que pueden aspirar las mujeres. Sobre todo, cuando hay empresas que todavía no tienen un recurso humano que tenga estructuras en las que se puede aspirar a ciertos puestos, sino que se toman como guía criterios subjetivos por parte de los supervisores o gerentes. Hay una tendencia que gira en torno a dar promociones y subidas de salarios a los hombres, más que a las mujeres. Esto sí es evidente. Hay una industria en la que las mujeres hemos incursionado, pero todavía nos falta muchísimo por hacer.

Tú también eres una mujer de letras, ¿de dónde nace tu pasión por la escritura?

Yo siempre he sido muy lectora. Para mí, alguien que diga que su pasatiempo es leer es como si yo dijera que es mi pasatiempo respirar. Así crecí. Mi hogar era de mucha lectura, las mesas de noche de mis padres estaban atiborradas de libros y se conversaba en las cenas familiares sobre lo que leíamos.

Durante un encuentro a los 19 años de edad con mi profesora de filosofía en la secundaria Carmen Cabello, yo le planteé que quería ser escritora y le pregunté qué es lo que debería hacer para llegar a serlo. Ella me dijo una respuesta: ‘lee, sigue leyendo, ninguna lectura es mala. Sé libre, fluye y escribe cuando te sientas lista’. Ella también tenía un rol importante en el suplemento ‘Talingo’ del diario La Prensa y fue jefa de su departamento de corrección.

Al mismo tiempo que entraba en la ingeniería, una carrera muy basada en el cálculo, empecé a tener esta inclinación por las artes y la literatura y me interesé en todo lo que tenía que ver con las galerías de arte y el cine independiente. Todo lo que nutriera ese otro lado.

¿Con qué propósito haces ‘El Camino de Pecas’?

Cuando estaba en Georgia Tech, me encantaba ir al zoológico de Atlanta como una forma de despejar la mente. De un tiempo para adelante, los zoológicos dejaron de gustarme tanto y empecé a darme cuenta de que los animales estaban encerrados. Eso me afectaba un poco y ya no era una actividad desestresante, me tocaba el lado empático de mi ser.

Cuando estaba en Tailandia – un país en el cual viví un año – me fui al zoológico y estando allí me encontré una vida real que da forma a la ilustración del libro: un tigre amarrado a una cadena enorme atada al cuello sostenida por una losa de concreto. Pensé: ‘Increíble la fuerza del animal, a pesar de que estaba sometido aquí’. Ahí, llego a la casa y escribo 13 capítulos de la novela en 13 días. Fue un proceso súper rápido. Quería contar la historia de un animal que tenía esa ansia de libertad desde el otro lado del zoológico.

A medida que iba escribiendo, me pareció una narración perfecta, y la publiqué ya durante mi faceta de docente con el apoyo de grandes personas como la profesora Isolda de León. El año pasado hablé con la editorial Piggypress, y me recomendó que hiciéramos una reedición de este libro que salió en formato bilingüe.

¿Cómo abordas la injusticia en tu novela ‘Tilde no encaja’?

‘El camino de Pecas’ no tiene una temática distinta a la de ‘Tilde no encaja’. Mi última novela se adentra en una trama de corrupción, que se destapa hacia el final, y en la que sufre una parte muy necesitada de la población en la que la clase dominante se aprovecha del contexto para hacer un negocio. Es un simbolismo de lo que hemos observado en la pandemia, o con la falta de agua en algunos lugares.

También incursionaste en la venta de granola artesanal. ¿Cómo desarrollaste ese emprendimiento?

Yo también tengo una afición a la cocina, pero no soy chef. Regresé a Panamá de México en el 2018, y recuerdo que todos los días desayunaba granola y café. Era una adicción, no desayunaba otra cosa. Sabiendo que la granola que consumía en México no iba a estar disponible en Panamá, quise resolver esa necesidad haciendo mi propia granola. La empecé a hornear en casa y, un buen día, decidí emplear la miel de caña cuando me pasé por MercaPanamá, la compré y fue un sabor realmente distinto a la miel de abeja que usaba.

Después, decidimos hacer de la granola casera un emprendimiento familiar que empezó con las dificultades que trajo consigo la cuarentena por la pandemia. Sin embargo, el sabor del producto hizo que tuviera mucha aceptación.

¿Qué mensaje le das a las mujeres que lean esta entrevista?

Que no caigamos en la trampa de la vida perfecta que no existe y que se vende en las redes sociales. Eso que se presenta cuando vemos que nuestras amistades y nuestro entorno tienen una vida perfecta, y nos preguntamos el ‘¿Porqué a mí no?’. Por cada una de esas imágenes de felicidad, hay veces en las que las personas se sentían solas y desconsoladas, que no podían. Mi mensaje es: No te critiques. Sé tu mejor aliado, tu mejor porrista, no esperes a que alguien más te dé el ánimo que necesitas. Válorate. Ese es mi consejo.

Yolani Rognoni
Ingeniera civil y escritora
Sé tu mejor aliada, tu mejor porrista, no esperes a que alguien más te dé el ánimo que necesitas. Válorate.”