Emprender: la opción que los jóvenes ya casi no consideran
- 17/08/2026 00:00
Casi la mitad de los desempleados tiene menos de 30 años y, aunque el desempleo juvenil alcanza el 19.9%, entre los jóvenes de 15 a 29 años que buscan empleo, menos del 1% aspira a trabajar por cuenta propia. La mayoría se inclina por un empleo asalariado, reflejando la búsqueda de estabilidad y las barreras que dificultan convertir el emprendimiento en una alternativa real
De acuerdo con la última Encuesta de Mercado Laboral del país publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Censo, hoy, hay 227,302 personas desocupadas, y casi la mitad de quienes buscan trabajo tiene menos de 30 años. La tasa de desempleo de los jóvenes de 15 a 29 años asciende a 19.9%, casi el doble del promedio nacional de 10.4%. Pero el dato más revelador no está en cuántos jóvenes no encuentran empleo, sino en qué tipo de empleo buscan. Los números invitan a interpretar que existe una generación que aspira, casi sin excepción, a tener un empleo asalariado.
La misma encuesta les pregunta a los desocupados qué tipo de trabajo buscan, y la respuesta de los jóvenes resulta reveladora. De cada cien jóvenes de 15 a 29 años que buscan empleo, cerca de 57 aspiran a un puesto asalariado y otros 43 tomarían cualquier ocupación; en cambio, menos de uno busca emprender un negocio propio. Entre los más jóvenes, los de 15 a 19 años, prácticamente ninguno señala el trabajo independiente como su meta.
El panorama apenas cambia si se mira al conjunto de todas las edades: entre los desocupados, apenas ocho de cada mil aspiran a trabajar por cuenta propia. En un país orgulloso de su vocación comercial y de su cultura emprendedora, llama la atención que la aspiración de emprender sea hoy tan poco común entre quienes buscan trabajo. Antes que independizarse, la mayoría de los jóvenes parece buscar la tranquilidad y la seguridad de una planilla.
Que casi ningún joven aspire a montar su propio negocio no es un dato menor, porque el emprendimiento juvenil es una de las palancas más potentes de una economía. Cuando los jóvenes emprenden, impulsan la innovación y transforman ideas creativas en soluciones reales para la sociedad. Crean, además, sus propios empleos y, con frecuencia, empleos para otros, de modo que cada negocio joven que nace es una vía directa para aliviar el desempleo en lugar de engrosar la fila de quienes esperan una vacante. El emprendimiento también abre camino a la independencia financiera de una generación que hoy aspira, sobre todo, a la seguridad de un salario, y dinamiza los mercados locales, especialmente en las provincias del interior, donde la actividad económica es más frágil y una pequeña empresa puede marcar la diferencia. Renunciar a ese espíritu, entonces, no es solo una preferencia personal de los jóvenes: es una oportunidad que el país deja sobre la mesa.
A esos beneficios se suma uno menos visible pero decisivo: un tejido amplio de pequeñas y medianas empresas vuelve a la economía más resiliente, porque reparte el riesgo entre muchos actores en lugar de concentrarlo en unos pocos grandes empleadores, retiene el talento joven que de otro modo emigra y ensancha la base productiva y tributaria que sostiene lo público. Cada joven que emprende deja de competir por una vacante escasa y, a menudo, pasa a ser quien la ofrece.
Conviene aclarar para evitar equívocos, que aspirar a un empleo asalariado no tiene nada de malo. Un buen puesto, con salario digno y seguridad social, es una meta legítima y el sostén de la mayoría de los hogares panameños. El problema no es que los jóvenes busquen la seguridad de un empleo estable, sino que casi hayan dejado de contemplar la alternativa de crear algo propio. Una economía sana necesita las dos cosas a la vez, empleados y emprendedores, y hoy estamos cultivando solo una. Esa carencia pesa aún más en un momento en que el mundo se transforma a gran velocidad: la economía digital, impulsada por la automatización y la inteligencia artificial, está redefiniendo qué trabajos existirán mañana. En ese escenario, los países que salgan mejor librados serán los que cuenten con una base amplia de personas capaces de crear, innovar y abrir sus propios caminos, y no solo de esperar a que alguien más los abra.
Conviene interpretar estos datos con cuidado, sin convertirlos en un simple reproche generacional, como se ha mencionado que, los jóvenes prefieran un salario no significa, necesariamente, que hayan perdido ambición. La casi nula búsqueda de trabajo independiente refleja también barreras estructurales: la falta de capital y de acceso a crédito para quien recién empieza, la aversión al riesgo tras años de choques económicos encadenados: la pandemia, el cierre de la mina, el conflicto bananero, guerras comerciales y un ecosistema de emprendimiento aún débil, con trámites, informalidad y poca protección para quien se aventura por su cuenta. A ello se suma un sistema educativo orientado, en su mayor parte, a formar empleados y no fundadores de empresas.
Visto así, la “pérdida del espíritu emprendedor” es menos una falla de carácter que el resultado previsible de un entorno que premia la seguridad del salario y castiga el riesgo de emprender. El dato del INEC no describe a una generación conformista, sino a una que ha aprendido, de la manera más dura, que emprender en Panamá puede resultar caro, incierto y aveces solitario.
Si el objetivo es reencender ese espíritu y hacer que emprender vuelva a ser una opción que valga la pena, la política pública tiene varios frentes. El primero es el financiamiento: crédito semilla, garantías y capital de arranque para el primer negocio, de modo que la falta de recursos deje de ser un obstáculo que hoy detiene a la mayoría. El segundo es el acompañamiento: incubadoras y aceleradoras con alcance real en el interior del país, y no concentradas solo en la capital, que guíen al joven emprendedor desde la idea hasta el mercado. El tercero es la formación: educación financiera y emprendedora incorporada con seriedad en la escuela y la universidad, para que emprender se conciba como una salida tan válida como buscar empleo. El cuarto es reducir la fricción de trámites, informalidad y cargas iniciales, que hace del emprendimiento formal una carrera de obstáculos. Y, en paralelo, mejorar la calidad del empleo asalariado al que la mayoría aspira: si la meta de casi todos es un empleo formal, este debe ofrecer seguridad social, estabilidad y salarios dignos.
El quinto frente, y no el menor, es la información. Ninguna de estas medidas puede evaluarse sin estadísticas que la sigan de cerca: son los datos del INEC los que permiten saber si los créditos, las incubadoras y la formación efectivamente se aplican y si mueven la aguja. Medir de manera periódica cuántos jóvenes buscan trabajar por cuenta propia, cuántos abren un negocio y cuántos lo sostienen es lo que distingue un programa que funciona de uno que se queda en el papel; si esa proporción sigue por debajo del uno por ciento encuesta tras encuesta, será señal de que hay que corregir el rumbo. Esa medición es, además, la mejor garantía de un uso responsable de los recursos públicos: como el presupuesto del Estado es limitado, conviene concentrarlo en los programas que los datos demuestren eficacia, en lugar de repartirlo en subsidios dispersos que nadie evalúa.
Preferir un salario a emprender es hoy una decisión razonable de los jóvenes panameños, pero no tiene por qué ser permanente. Depende de que el país convierta el emprendimiento en una opción realista con financiamiento, acompañamiento y formación y de que mida, con rigor y de forma sostenida, si esas políticas están dando resultado.