Treinta años en cinco minutos: cómo elegir carrera en tiempos de la inteligencia artificial
- 02/11/2026 00:00
La inteligencia artificial añade nuevas preguntas. Está transformando tareas y modificando las habilidades que necesitan las empresas. Pero plantear la discusión como una elección entre estudiar o no estudiar deja fuera lo esencial. Conviene preguntarse qué aprender, qué habilidades desarrollar y cómo prepararse para un mercado laboral que seguirá cambiando
Si su hijo presenta por estos días una prueba de admisión universitaria y esta noche, durante la cena, le pregunta “¿qué estudio?”, ¿con qué información le respondería?
Seguramente usted tendrá una opinión. La abuela recordará las profesiones que ofrecían buenas oportunidades en su época. El tío hablará de algún conocido al que le fue extraordinariamente bien. El joven, que probablemente ya consultó a sus amigos y a la inteligencia artificial, llegará con sus propias ideas. Todos tendrán algo valioso que aportar. Y, sin embargo, una decisión que puede definir los próximos treinta años suele discutirse en cinco minutos.
Durante generaciones, el consejo parecía sencillo. Estudia una carrera universitaria y tendrás mejores oportunidades. Hoy merece una conversación más profunda. Según Gallup, en 2013 el 70% de los estadounidenses consideraba muy importante asistir a la universidad. En 2026, esa proporción había caído al 31%, su nivel más bajo desde que comenzó a formularse la pregunta en 1978. Es una percepción de Estados Unidos, no necesariamente de Panamá, y tampoco significa que la educación haya perdido valor. Sí muestra que la confianza en el diploma como garantía automática de progreso ya no puede darse por sentada.
La inteligencia artificial añade nuevas preguntas. Está transformando tareas y modificando las habilidades que necesitan las empresas. Pero plantear la discusión como una elección entre estudiar o no estudiar deja fuera lo esencial. Conviene preguntarse qué aprender, qué habilidades desarrollar y cómo prepararse para un mercado laboral que seguirá cambiando.
Panamá dispone de información para empezar a responder. La Encuesta de Mercado Laboral del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) aporta pistas que vale la pena llevar a la conversación familiar.
En la comparación publicada entre septiembre de 2025 y agosto de 2026 se registran 77,231 ocupados adicionales. Dos de los nueve grandes grupos ocupacionales, los profesionales, científicos e intelectuales y los técnicos y profesionales de nivel medio, reunieron 48,141 de ese aumento neto, aproximadamente el 62%. Casi dos tercios de ese incremento conjunto correspondieron a mujeres.
Las remuneraciones también ofrecen señales. Según el INEC, la mediana salarial mensual fue de $1,577 entre los profesionales, $950 entre los técnicos y $516 en las ocupaciones elementales. La de los profesionales fue aproximadamente tres veces la de este último grupo.
Estas cifras no comparan carreras universitarias ni indican cuánto ganará un joven después de graduarse. Describen ocupaciones de personas que ya trabajan como asalariadas y que tienen trayectorias distintas. Ayudan a entender el valor que el mercado asigna a ciertos conocimientos, pero no bastan para recomendar una carrera. La formación también importa. Más de nueve de cada diez ocupados no agrícolas clasificados como profesionales registraban estudios universitarios.
Hasta aquí la respuesta parecería bastante clara. Si las ocupaciones profesionales y técnicas reúnen una parte considerable del aumento de ocupados y muestran remuneraciones superiores, ¿no deberían nuestros hijos dirigirse hacia ellas?
Una cosa es observar lo que ofrece oportunidades hoy y otra anticipar qué ofrecerá dentro de cinco años.
Hace décadas, el economista Richard Freeman estudió ese problema en el mercado de los ingenieros. Recuperó una idea conocida como modelo de la telaraña. Cuando una profesión ofrece buenos salarios, muchos jóvenes deciden formarse para ejercerla. Pero estudiar toma tiempo. Al graduarse, pueden encontrar más profesionales compitiendo por los mismos puestos y condiciones distintas de las que motivaron su elección.
La abuela seguramente recuerda carreras que abrían muchas puertas. El tío conoce a alguien que prosperó con una de ellas. Sus historias pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, insuficientes para orientar una decisión nueva. Una anécdota puede ser completamente cierta y ser una pésima estadística. Pero una estadística también puede ser correcta y no alcanzar para anticipar el futuro.
La enseñanza no es ignorar las cifras, sino leerlas con perspectiva. Además de mirar qué ocupaciones crecen, necesitamos conocer cómo evolucionan sus remuneraciones, qué habilidades se demandan y cuántas personas se están formando para ingresar a ellas. Una fotografía del empleo actual no revela por sí sola cuántos graduados competirán mañana.
La transformación tecnológica vuelve esa mirada aún más importante. La encuesta del INEC registra un aumento de 41.5% en los ocupados de información y comunicación entre septiembre de 2025 y agosto de 2026. Esa actividad no equivale al conjunto de las carreras STEM, ni una variación entre encuestas basta para establecer una tendencia duradera. Aun así, invita a preguntarnos si preparamos a los jóvenes solo para las profesiones de hoy o también para adaptarse a las de mañana.
Claudia Goldin y Lawrence Katz describieron la relación entre educación y tecnología como una carrera que ayuda a explicar la evolución de las diferencias salariales. Cuando las habilidades se actualizan al ritmo de los cambios productivos, aparecen más posibilidades. Y la inteligencia artificial hace particularmente visible esa necesidad de adaptación.
No se desprende de ello que todos deban estudiar programación ni que algunas profesiones estén destinadas a desaparecer. Un médico que utiliza herramientas de diagnóstico, un contador que automatiza tareas rutinarias o un economista que trabaja con grandes bases de datos muestran otra posibilidad. El conocimiento de una profesión puede combinarse con competencias tecnológicas.
Hay, además, una razón menos evidente para estudiar una carrera cuando el futuro es incierto. Una buena formación universitaria o técnica no solo transmite conocimientos útiles hoy. Enseña a investigar, razonar, distinguir la evidencia de las opiniones y resolver problemas que todavía no conocemos. Enseña a aprender.
En economía tiene valor conservar la posibilidad de elegir entre distintas alternativas futuras. Una formación sólida amplía esas opciones. Nadie sabe qué profesiones tendrán mayor demanda dentro de veinte años, pero saber seguir aprendiendo resulta útil bajo muchos escenarios. La mejor educación no prepara únicamente para el primer empleo. También ayuda a adaptarse al segundo, al tercero y a los que vendrán.
Por eso, al orientar a un joven, importa algo más que identificar la carrera mejor remunerada del momento. Hay que considerar si la formación desarrolla conocimientos sólidos, habilidades transferibles y capacidad de actualización. La incertidumbre no elimina el valor de la educación. Refuerza la importancia de aprender a aprender.
¿Por qué no contar con un Semáforo de Carreras? Una plataforma pública y sencilla que reúna información sobre las perspectivas laborales de las distintas opciones de formación universitaria y técnica. No para decirles a los jóvenes qué estudiar, sino para ayudarlos a decidir mejor.
El punto de partida sería reunir datos que hoy están dispersos. Las estadísticas ocupacionales del INEC mostrarían tendencias generales. Los registros educativos permitirían conocer matrícula y graduación, es decir, no solo cuántos profesionales trabajan hoy, sino cuántos podrían incorporarse mañana. Y, cuando la cobertura y el acceso lo permitan, los registros administrativos de empleo y cotización aportarían información sobre las trayectorias de los egresados.
La plataforma podría comenzar con carreras de alta matrícula y ampliarse gradualmente. Sería útil mostrar inserción laboral, remuneraciones y evolución de las oportunidades ocupacionales, siempre con información clara sobre fuentes, cobertura y limitaciones. Más adelante podrían añadirse indicadores de actualización de los programas y desarrollo de competencias.
No se trataría de asignar una nota definitiva a cada profesión. Una carrera puede facilitar una inserción rápida y ofrecer una remuneración inicial moderada. Otra quizá requiera más tiempo para consolidarse y abra después oportunidades diferentes. El propósito del semáforo sería mostrar esas diferencias, no resolver decisiones complejas con una luz verde o roja.
La orientación vocacional seguiría siendo indispensable. Elegir una profesión también exige reconocer intereses, aptitudes y aspiraciones. Una sociedad necesita talentos diversos. La información debería ampliar las posibilidades de cada joven, no reducirlas.
La herramienta también serviría a universidades y centros de formación técnica. Conocer las trayectorias de sus egresados permitiría actualizar programas, fortalecer competencias y acercar la oferta educativa a la evolución de las necesidades productivas. Una mejor decisión individual puede convertirse, así, en una mejor decisión colectiva.
En la cena familiar seguirán teniendo un lugar los recuerdos de la abuela y la experiencia del tío. El joven seguirá necesitando consejos y espacio para descubrir qué le apasiona. Lo que cambiaría es la posibilidad de contrastar esas historias con información sobre salarios, formación y trayectorias laborales.
Ninguna estadística garantiza el éxito profesional ni puede describir con certeza el mercado de trabajo de dentro de diez años. Una buena educación, en cambio, puede ofrecer herramientas duraderas para seguir encontrando caminos cuando cambien las ocupaciones. Y una buena orientación puede ayudar a elegir con más criterio desde el principio.
La próxima vez que alguien pregunte “¿qué voy a estudiar?”, no hará falta elegir la respuesta por él. Lo importante será que tenga información suficiente para encontrar la suya.
La vocación es personal. La información debería ser pública.