Óskar Ortiz, el rostro de quienes lo perdieron todo tras el terremoto de Colombia

Cedida
Óskar Ortiz y su esposa, Carolina, deberán comenzar de cero después de que el terremoto destruyera el hogar que construyeron tras 22 años de trabajo. Cedida
  • 14/08/2026 00:00

Tras el derrumbe de la vivienda que construyó luego de 22 años de trabajo, el comunicador que alzó su vida en Risaralda se aferra a Carolina, sus vecinos y la posibilidad de recomenzar

Óskar Ortiz sostiene el teléfono frente a lo que hasta el lunes era su apartamento. Detrás de él ya no hay una vivienda, sino una estructura abierta, torcida, con habitaciones expuestas y pedazos de vida suspendidos entre los escombros. Camina mientras habla. Señala una escalera que dejó de conducir a alguna parte, el baño de su casa, una pared recién pintada y el lugar exacto donde comenzó a sentir que el conjunto Quintas de Jardín Colonial, el hogar que levantó en Risaralda tras dos décadas de trabajo, se deshacía bajo sus pies.

La imagen se congela por momentos. La señal falla, pero la destrucción permanece.

“Aquí estaba bajando cuando las escaleras empezaron a desplomarse”, explica.

Durante 21 años de carrera, Óskar escribió muchas veces la palabra “damnificados”. La incluyó en titulares, reportes y textos sobre personas que habían perdido sus casas después de una tragedia. Era un término periodístico, una manera de describir a otros. Nunca imaginó que un día tendría que aprender su significado desde adentro: descalzo, vestido con una pijama y mirando cómo 22 años de trabajo se convertían en concreto roto.

Ahora él es uno de ellos.

También es parte de una historia que el mundo conoce desde el 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia. El movimiento, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, se sintió en Ecuador y Panamá y fue seguido por decenas de réplicas. Hasta este 13 de agosto, la tragedia dejaba al menos 273 muertos, más de 3.800 heridos y 377 desaparecidos, además de cerca de 12.600 viviendas destruidas.

Pero las cifras no cuentan que Óskar y su esposa, Carolina, acababan de pintar su apartamento.

Tampoco cuentan que aquella vivienda recopilaba la historia de ambos: los años de esfuerzo, los ahorros, los objetos escogidos juntos y la tranquilidad de haber terminado de pagarla apenas este año. Allí estaba todo lo que habían construido mientras Óskar trabajaba como periodista, vendía ropa y galletas para costear sus estudios, se mudaba de ciudad y aceptaba oportunidades lejos de su familia para buscar una vida mejor.

Todo comenzó a las 7:34 de la mañana.

Carolina acababa de regresar del aeropuerto, donde había dejado a su padre y a su hermana en el último vuelo que abandonó el país antes del terremoto. Se acostó junto a Óskar para descansar antes de hacer ejercicio. Era parte de su rutina salir a trotar. Entonces la cama se tambaleó y exclamó:”Terremoto”.

Al principio, Óskar creyó que exageraba. Después, el apartamento comenzó a moverse con una violencia que compara con una piscina de olas. Las paredes crujieron como en una película apocalíptica. El edificio parecía bailar y corroerse sobre sí mismo. La gente gritaba. Carolina lloraba.

Ambos habían prometido que, si alguna vez temblaba con fuerza, saldrían juntos. Bajaron corriendo desde el tercer piso. Cuando Óskar llegó a las escaleras, estas comenzaron a ceder y los escombros le cayeron encima. Alcanzó a avanzar. Detrás de él, el edificio siguió derrumbándose.

Todos lograron sobrevivir.

Cuatro horas después, cuando la urgencia dejó espacio para comprender lo sucedido, Óskar gritó. No fue un llanto contenido, sino un bramido de dolor: la descarga de quien ve derrumbarse en menos de un minuto el resultado de más de dos décadas de sacrificios.

La pérdida, sin embargo, no era solamente suya.

En la planta baja estaba la tienda de doña María y el hombre que hacía los domicilios. En el segundo piso vivía Magali. En el tercero, doña Cris. En el cuarto quedó atrapada una vecina a la que otros residentes consiguieron rescatar. Ahora ella duerme con sus seres queridos en un gimnasio. En las seis torres afectadas vivían alrededor de 40 familias.

Óskar repite sus nombres porque no quiere que esta sea únicamente su historia. Tal vez no compartía la misma cercanía con todos, pero se conocían, se saludaban y habitaban el mismo pequeño universo. “Es un dolor personal, pero también colectivo”, resume.

Ese lunes no había señal estable. Para avisar que estaba vivo, el periodista hizo lo que sabía hacer: escribió. Envió un correo a su jefe y a recursos humanos para explicar que no podría trabajar. En unos párrafos narró cómo el edificio había bailado, cómo los escombros lo rozaron y cómo creyó que morirían. “Fue mi manera de hacer catarsis”, dijo.

Después de tantos años contando las historias ajenas, Óskar se descubrió escribiendo la suya.

En un morral logró empacar tres interiores, dos pantalonetas, tres pares de medias, dos camisas —una de la selección colombiana—, unos tenis y un micrófono para el celular. Era casi nada y, al mismo tiempo, todo lo que poseía.

El micrófono le pareció una broma de la vida: ni siquiera un terremoto le permitía dejar de ser periodista. Ahora lo usa para amplificar su testimonio y pedir que Colombia no olvide a quienes deben comenzar de nuevo. Los tenis, lo único recuperado de su apartamento, fueron bautizados como “los Highlander”: los inmortales.

Carolina ni siquiera tenía zapatos. Le prestaron unos tenis y una sudadera. Juntos caminaron ocho kilómetros hasta encontrarse con el hermano de Óskar. Bebieron agua, se abrazaron y lloraron. Aquella noche pudieron comer y dormir bajo techo, en casa de sus familiares en Manizales.

El presidente Abelardo de la Espriella declaró la emergencia económica, decretó tres días de duelo nacional y anunció un fondo para la reconstrucción, subsidios de arrendamiento y la movilización de recursos estatales. Colombia también comenzó a recibir ayuda humanitaria y equipos especializados de países como Estados Unidos, Ecuador y El Salvador, mientras otras naciones enviaron u ofrecieron alimentos, medicamentos, recursos económicos y rescatistas. La respuesta oficial ha recibido cuestionamientos por los criterios aplicados para aceptar algunas misiones internacionales.

Mientras el país calcula daños y organiza la reconstrucción, Óskar mide la pérdida en objetos pequeños: un cepillo de dientes, una almohada, la billetera, los documentos, una chaqueta o esa ropa vieja que su madre conserva en Bogotá y que ahora constituye buena parte de cuanto tiene.

Empezar de cero significa descubrir cuánto se daba por sentado.

Sin embargo, entre todo lo que se cayó, algo permaneció en su sitio. En una pared del baño del apartamento, rodeada por la destrucción, quedó firme una fotografía de Óskar y Carolina.

Él decide leerla como un mensaje: se derrumbó la vivienda, pero no el hogar.

Su familia conoce los comienzos repetidos: su abuela crió sola a cuatro hijos, su padre quebró y tuvo que levantarse nuevamente, a sus suegros se les incendió el restaurante y volvieron a trabajar. Óskar cree que casi cualquier colombiano puede contar una historia parecida: la de perder, resistir y recomenzar.

Por eso hace chistes incluso frente a las ruinas. No porque el dolor sea pequeño, sino porque ya existen suficientes razones para llorar.

Óskar mira hacia lo que fue su casa y dice que, aunque hoy parece un infierno, algún día volverá a ser su paraíso. Tendrá que empezar de cero, como sus vecinos, como tantos colombianos. Pero no estará solo: Carolina sigue a su lado y aquella fotografía continúa en pie, recordándole que lo esencial logró sobrevivir.

La tierra destruyó el concreto. El hogar, en cambio, quedó intacto.