Cierre del estrecho de Ormuz amenaza con crisis alimentaria global peor que la pandemia, advierte la FAO

El economista jefe de la FAO, el peruano Máximo Torero, durante una entrevista con EFE este viernes en Roma (Italia). EFE
El estrecho de Ormuz concentra el tránsito de petróleo, gas y fertilizantes clave para la producción agrícola mundial, lo que amplifica el impacto de su cierre. Shutterstock
  • 04/04/2026 00:00

Escalada bélica en Oriente Medio eleva costos energéticos, fertilizantes y materias primas, presionando mercados agrícolas y generando riesgos económicos en múltiples regiones productoras

El bloqueo casi total del estratégico paso marítimo del Golfo Pérsico ha encendido las alertas de organismos internacionales. La advertencia es clara: si la interrupción se prolonga, el sistema alimentario mundial podría enfrentar un choque de proporciones históricas.

El economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Máximo Torero, sostiene que una paralización extendida de este corredor energético clave podría desencadenar efectos más graves que los registrados durante la crisis sanitaria global reciente.

Según el experto, el riesgo radica en un fenómeno de “efecto cascada”: el encarecimiento de la energía impacta directamente los costos de producción agrícola, lo que termina trasladándose a los precios finales de los alimentos.

Este punto marítimo concentra el tránsito de aproximadamente un tercio del petróleo global, además de una proporción significativa de gas natural, fertilizantes y compuestos químicos esenciales para la agricultura. Su interrupción, por tanto, altera simultáneamente múltiples cadenas de suministro críticas.

Fertilizantes disparados y países vulnerables

Uno de los impactos más inmediatos se ha registrado en el mercado de fertilizantes. En apenas semanas, sus precios han aumentado cerca de un 50 %, afectando con mayor intensidad a economías dependientes de importaciones para sus ciclos de siembra.

Países asiáticos como Bangladés, India y Sri Lanka, así como naciones africanas como Sudán y Kenia, figuran entre los más expuestos. En estos territorios, el aumento de costos compromete la producción agrícola en el corto plazo, elevando el riesgo de inseguridad alimentaria.

Sin embargo, el escenario podría escalar aún más si la crisis se prolonga. Grandes exportadores agrícolas —como Brasil, Argentina, Estados Unidos y Australia— también comenzarían a resentir el impacto.

En estos casos, los productores enfrentarían decisiones estratégicas complejas: reducir el uso de insumos, disminuir las áreas sembradas o migrar hacia cultivos menos demandantes. Cualquiera de estas opciones tendría consecuencias directas sobre la oferta global.

Subida de precios ya en marcha

Los efectos ya se reflejan en los indicadores internacionales. El índice de precios de los alimentos de la FAO alcanzó en marzo los 128,5 puntos, lo que representa un aumento del 2,4 % respecto al mes anterior y un incremento interanual del 1 %.

Dentro de este comportamiento, destacan los cereales, cuyos precios subieron impulsados por el trigo, afectado tanto por condiciones climáticas adversas en Estados Unidos como por la expectativa de menores siembras en Australia debido al encarecimiento de insumos.

El maíz mostró incrementos moderados, mientras que el arroz registró una caída, influida por factores estacionales y una menor demanda internacional.

Otros productos también reflejaron presiones al alza: los aceites vegetales aumentaron más del 5 %, los lácteos y la carne registraron incrementos más leves, y el azúcar experimentó una subida superior al 7 %.

Factores adicionales que agravan el panorama

A la disrupción logística se suman otros elementos que profundizan la incertidumbre. Los ataques a infraestructuras energéticas y plantas desalinizadoras en la región afectan la capacidad productiva y ralentizan la recuperación económica.

Asimismo, una eventual caída en la demanda de los países del Golfo —importantes compradores de alimentos— podría alterar los flujos comerciales globales, generando nuevos desequilibrios en el mercado.

El conflicto, que se intensificó tras acciones militares iniciadas a finales de febrero, introduce además un componente de volatilidad geopolítica que complica la planificación agrícola a nivel mundial.

Efectos diferidos: impacto en consumidores y mercados

Aunque los primeros impactos recaen sobre los productores, las consecuencias para los consumidores serán inevitables. Según la FAO, el traslado de estos costos hacia los precios finales comenzaría a sentirse con mayor claridad hacia finales de año.

La preocupación central es que las decisiones actuales de los agricultores —condicionadas por el encarecimiento de insumos— afectarán los rendimientos futuros, comprometiendo la disponibilidad de alimentos en los próximos ciclos productivos.

El economista advierte que el alcance de la crisis aún no es plenamente percibido por la población, pero insiste en la necesidad de evitar el pánico y centrarse en soluciones estructurales.

Reservas disponibles, pero costos en ascenso

Pese al escenario adverso, existen elementos que amortiguan parcialmente el impacto. La disponibilidad global de cereales sigue siendo relativamente alta, lo que ha contribuido a contener aumentos más bruscos en los precios.

No obstante, el problema principal no radica en la escasez inmediata, sino en el incremento sostenido de los costos de producción. Este factor, de no resolverse, podría erosionar progresivamente la estabilidad del sistema alimentario.

En este contexto, la reapertura del paso marítimo se perfila como una medida clave para aliviar las tensiones en los mercados.

Lecciones y desafíos a futuro

La crisis también deja aprendizajes relevantes. Uno de ellos es la importancia de diversificar tanto las fuentes de energía como los insumos agrícolas.

El avance hacia una matriz energética más variada ha mitigado en parte el impacto actual, pero expertos coinciden en que aún se requiere fortalecer la resiliencia del sistema.

La inversión en agricultura sostenible, el desarrollo de alternativas a los fertilizantes tradicionales y la reducción de la dependencia de rutas estratégicas vulnerables aparecen como prioridades en la agenda global.