Monseñor Manuel Ochogavía: ‘Es necesario construir un Panamá que no esté de espaldas a las mayorías’

Manuel Ochogavía Barahona, sacerdote católico nacido en Las Tablas y obispo de la Diócesis de Colón y Guna Yala desde 2014. Cortesía
  • 05/04/2026 00:00

El obispo de Colón defiende un cristianismo comprometido con los problemas del país. Una lectura crítica del poder y la desigualdad, en un análisis contundente y directo de la realidad nacional

En un país donde la desilusión con la política está instalada en la sociedad y la promesa de la democracia postinvasión parece cada vez más frágil, la fe se presenta como una suerte de refugio o brújula. Así lo ve monseñor Manuel Ochogavía, ante el desencanto de la población y el creciente número de no creyentes, advierte que la espiritualidad no puede limitarse a rituales ni a templos. En este Polígrafo de La Estrella de Panamá, el obispo de Colón y Guna Yala defiende la idea de un cristianismo “que se implica” con la vida real, cuestiona los abusos de poder y reclama un diálogo genuino frente a gobiernos que imponen decisiones sin escuchar. Ochogavía habla sobre la tensión en Río Indio y las demandas de los campesinos, y analiza, desde la fe pero con mirada sociológica, el país. Plantea que la Iglesia debe acompañar con una esperanza que no solo mire al cielo, sino que camine junto a quienes sufren las injusticias en el mundo terrenal.

¿Cómo puede la fe sostener a las personas que sienten incertidumbre o miedo por el futuro?

La incertidumbre impulsa la búsqueda de la verdad y la inconformidad con discursos dominantes, llevando a cuestionar el sentido de la vida. En Occidente, este desconcierto está generando un retorno a la fe cristiana tras la secularización, al no encontrarse respuestas en propuestas actuales. En una cultura acelerada y efímera, persisten preguntas fundamentales que orienten hacia valores duraderos. Este fenómeno es visible en sociedades postcristianas como en Francia o Noruega, donde crece la búsqueda de sentido sobre la vida y la existencia. Para los católicos, la esperanza es la clave; creemos que este mundo no es el final, que la muerte, el odio y la guerra no tienen la última palabra. Los cristianos creemos que existe algo más, que es mejor; esa es la esperanza.

Ahora, en los últimos años, hemos visto una caída reciente de fieles en el cristianismo en América Latina y Panamá: ¿crisis de fe o es una búsqueda más auténtica de Dios?

En América Latina, bautizada católica, otras denominaciones cristianas ingresaron desde el siglo XIX, especialmente grupos protestantes. Su expansión se vinculó también a intereses políticos, particularmente de Estados Unidos, que buscaban debilitar la unidad e influencia de la Iglesia Católica en la región ligada a las comunidades de base, algo parte de la política de Washington, recogido en el Informe Rockefeller de 1969. A pesar de ello, la Iglesia ha mantenido su defensa de los pobres y valores sociales, conservando respeto incluso en contextos con fuerte presencia evangélica como Guatemala o Brasil. Sin embargo, hoy la región, y Panamá en particular, vive un proceso de secularización y descristianización. Más que por los cambios de denominación, más bien crece el número de no creyentes, sobre todo jóvenes que abandonan la práctica religiosa. Paralelamente, se da un sincretismo donde las personas mezclan creencias o viven una fe “a su manera”, sin compromiso. Así, la situación refleja tanto una crisis de fe como una búsqueda más individual y flexible de lo religioso.

La espiritualidad compite con una lógica de consumo y materialismo, omnipresente y muy potente. ¿Cómo la fe puede encontrar su lugar sin diluirse ni asumir esa dinámica mercantil?

Dentro del cristianismo, lamentablemente tenemos algunas experiencias negativas, no solo dentro de la Iglesia Católica, sino también dentro de otras denominaciones donde se ha convertido el concepto de la salvación, eje central del discurso cristiano, en un objeto de consumo. Hoy, la clave está en un discurso honesto: una fe que reconoce sus errores, pero propone con autenticidad un camino, sin imponerse. Eso lo estamos viendo con este regreso al cristianismo de países ahora seculares, pero antes con una tradición cristiana milenaria y católica. No digo que la Iglesia Católica tenga la salvación de todos, somos una iglesia pecadora con una historia de dolor que nos avergüenza también y de la cual pedimos perdón, pero que también con honestidad y con el deseo de corregirnos, creo que la gente ha visto esa honestidad. La fe no compite como mercancía, sino que se presenta como una opción libre, sólida y significativa.

Usted ha seguido de cerca la situación de Río Indio. ¿Qué le dicen las comunidades que se consideran afectadas por este proyecto de embalse que avanza la Autoridad del Canal de Panamá (ACP)?

Mi postura es de acompañar a los campesinos y así se lo he dicho a la ACP. Yo predico el evangelio y estoy hablando de un Dios que ama, un Dios que cuida; yo no puedo permitir o tolerar que se abuse de alguien. El tema debe verse desde varios enfoques; este no es una sola cara, tiene dimensiones culturales y ambientales. Son poblaciones ancestrales; aquí en Colón se les conoce como cholos, descendientes de los indígenas que ahí vivieron desde la época de la colonia y antes. Para ellos, la tierra no es solo un bien, sino parte de su identidad, su historia; allí están sus muertos y su vida; sin ella no son nada. Por eso es difícil; no es tan simple como trasladar a unas personas pobres y prometerles una casa. El fallo de la Corte de 2024, que restituyó la Ley 44 y volvió a la cuenca ampliada del Canal, alcanzando a Coclé del Norte, decisión que coincidió “casualmente” con este proyecto, donde nadie tiene seguridad de que no habrá más embalses. También hay implicaciones ambientales ignoradas y pronunciamientos de técnicos como los de la SPIA, de que el embalse de Río Indio no va a resolver por sí solo el problema hídrico del Canal. Se juega con medias verdades y las comunidades no confían.

Vistas las cosas, avanzamos hacia un momento de conflicto social en Río Indio....

Siempre hay caminos para evitar el conflicto, pero hay varios elementos que tristemente parecen que irán hacia ese escenario. Primero, porque la actitud del gobierno actual es de no diálogo, y de imposición por la fuerza. Lo vimos en el 2025, con esta decapitación progresiva de todos los gremios y organismos que tengan una oposición al actual gobierno; triste que actualmente vivimos en un país donde disentir es ser tratado como un delincuente. Los acercamientos para una mesa de diálogo con los campesinos ha sido supuestamente para negociar, pero no se negocia sentándolos y solo dándoles órdenes sobre a dónde van a ser trasladados, es lo que está haciendo la ACP (...) ha ido dividiendo a los campesinos y comprándolos, pensando que de alguna manera lograrán imponer su agenda. Los campesinos están dispuestos a dar la vida por su tierra. ¿Y los que no van a salir, cómo los van a sacar? ¿A balazos, presos? Ese actuar genera conflicto.

¿Entonces, qué hacer para no llegar a ese punto crítico?

Debe haber un diálogo real. Los campesinos tienen derecho a luchar por su tierra y su vida. Creemos en la no violencia, pero ¿hasta cuándo va a tener la suficiente paciencia la gente, cuando entran a medir sus tierras sin permiso, con máquinas? También hay una campaña de desinformación contra los campesinos; lamentablemente, el poder económico ha logrado silenciar el tema. La gente tiene derecho a que el país conozca su versión.

¿Cómo puede la Iglesia acompañar estos procesos de conflicto sin polarizar, pero también sin guardar silencio ante las injusticias?

Primero, la Iglesia no puede negarse nunca a ser un espacio de encuentro, donde todas las partes puedan encontrarse. Facilitar encuentro y diálogo, pero también debe respetarse lo acordado. Con el diálogo de Penonomé tras el estallido social en 2022 fue una experiencia donde la Iglesia puso espacio, comida, especialistas y, al final, quedó en una gran frustración. Nos sentimos usados para apagar el rancho que se le había prendido a los gobernantes del momento; por eso somos más precavidos como Iglesia al servir como medio de diálogo. La Iglesia no está para apagarle el rancho a nadie; si el gobierno se ha equivocado, tiene que asumir la responsabilidad, no usarnos para tranquilizar a las masas, para luego no respetar lo que se acordó. Me preocupa que la opción de diálogo hoy día se esté convirtiendo en una posibilidad cada vez más lejana.

En Panamá se han dado diálogos importantes pese a su creciente desprestigio en los últimos años. ¿Cómo llegamos a este punto?

La desilusión del pueblo por las promesas no cumplidas por parte de este gobierno, de los gobiernos anteriores e incluso hasta la época de la dictadura ha ido dañando la confianza. Cuando el contrato social no es creíble, eso genera descrédito. La gente no quiere sentarse en una mesa para que la engañen. Nos ha hecho falta un proceso de democratización. La politiquería tiene efectos en la calidad de vida de los panameños; el país crece, pero la gente sufre más. Es necesario no construir un país de espaldas a la mayoría; Panamá se está construyendo de espaldas a las mayorías.

Desde el gobierno lo tachan de “radical de izquierdas”. ¿Cómo interpreta esos señalamientos?

Es un discurso muy trasnochado para meterle miedo al pueblo, diciendo que los que disienten de las políticas actuales obedecen a Nicaragua o Cuba (...) solo se busca descalificar y manipular la opinión pública. Soy hijo de un empresario de clase media, criado en el trabajo, en una empresa familiar. Creo en el evangelio que me habla del derecho a la vida, la justicia y que Dios ha creado este mundo donde todos tenemos, donde hay de todo y suficiente para que nadie pase necesidad. No soy de izquierda, ni quiero ser Óscar Romero, pero la Iglesia no se puede quedar encerrada en cuatro paredes. Quieren que la Iglesia se quede ahí quemando incienso y prendiendo velas a los santos en los templos. Claro que lo tenemos que hacer. Claro que tenemos que anunciar la palabra y cuidar los sacramentos, pero que el discurso de la Iglesia pisará callos en algún momento, lo va a tocar porque la Iglesia no puede estar comprometida con aquellos sectores que de alguna manera destruyen la vida de la gente; y eso va a ser así.

El mundo y Panamá enfrentan grandes crisis. ¿Cuál debe ser el rol de los cristianos: resistir la injusticia o poner la otra mejilla?

Siempre nos dicen que somos la religión de la otra mejilla. La resistencia pacífica es un discurso válido, pero el pensamiento cristiano nos llama a ser propositivos e implicantes. El reino de Jesús y su reino de justicia, de paz y fraternidad no solo es espiritual, sino de tener ese reino en la tierra. Como cristianos no podemos quedarnos por fuera del problema; debemos ser gestores de cambio en la sociedad, no podemos ser indiferentes, tenemos que actuar, aun cuando nos cueste la vida.

Monseñor Manuel Ochogavía
Obispo de Colón y Guna Yala
La Iglesia no está para apagarle el rancho a nadie; si el gobierno se ha equivocado, tiene que asumir la responsabilidad, no usarnos para tranquilizar a las masas, para luego no respetar lo que se acordó”