Ayaz Shah: ‘El arte debería cruzar las fronteras, en vez de hacerlas más gruesas’

Shah asistió a la Feria del Libro para presentar su obra “La Victoria”. Luis García | La Estrella de Panamá
  • 27/08/2026 14:25

El escritor danés-pastún conversa sobre “La Victoria”, su vínculo con Venezuela, identidad, realismo mágico y el derecho de los autores a narrar otras culturas

Ayaz Shah ha aprendido a vivir sin escoger un solo lugar al cual pertenecer.

Nació y creció en Dinamarca, su padre es pastún y una decisión casi impulsiva lo llevó hace más de una década hasta Venezuela. Llegó sin hablar español y pensando que serían unas vacaciones. Regresó a Europa convencido de que ya no podía continuar viviendo allí como antes y, pocos meses después, volvió a cruzar el Atlántico para instalarse en América Latina.

Venezuela fue primero descubrimiento. Luego se convirtió en residencia. Buenos Aires llegó después y terminó siendo el lugar desde el que escribió, en danés, una historia profundamente atravesada por los códigos latinoamericanos.

El resultado fue La Victoria, su primera novela, una historia protagonizada por Camilo, un taxista venezolano que llega a casa y descubre la desaparición de su esposa y sus dos hijas. Su búsqueda se desarrolla durante tres días y lo obliga, a la vez, a revisar las certezas sobre las que había construido su propia vida.

La obra fue publicada originalmente en Dinamarca en 2024, casi una década después de haber sido escrita. Ahora Shah la trae a Latinoamérica y llegó a Panamá como uno de los autores internacionales invitados a la Feria Internacional del Libro.

Actor además de escritor, Shah se mueve durante la conversación con la misma facilidad entre literatura, identidad, migración, religión, desigualdad, guerra y pertenencia. También cuestiona algunas de las categorías con las que Occidente suele interpretar al resto del mundo: desde el concepto mismo de realismo mágico hasta la idea de que un escritor únicamente está legitimado para narrar las historias correspondientes a su origen.

En entrevista con La Estrella de Panamá, el autor reflexionó sobre qué significa vivir entre culturas y explicó por qué dejó de considerarse “mitad” danés y “mitad” pastún para asumirse completamente como ambas cosas.

—Ha vivido entre Dinamarca, América Latina y sus raíces pastunes. Cuando alguien pertenece a tantos lugares, ¿termina sintiendo que pertenece a todos o que no pertenece completamente a ninguno?

—En realidad creo que ambas cosas. Hay como dos lados de la moneda. Cuando uno tiene diferentes raíces creo que es muy fácil encajar donde sea. Por ejemplo, cuando me mudé a Latinoamérica no me resultó extraño. Desde el primer momento sentí que estaba en casa.

Pero también es verdad que, cuando tienes varias raíces, no perteneces 100% a ningún lugar.

Aunque nací y crecí en Dinamarca, siempre sé que mi papá viene de otro lado. Cuando voy a visitar la tierra de mi padre y veo la naturaleza siento algo por dentro que no puedo explicar, algo que no siento con la naturaleza danesa.

Entonces no es tan sencillo como para alguien que nació y creció en el mismo lugar de donde viene su familia desde hace 15 generaciones.

—¿Por qué Venezuela?

—Hace casi 13 o 14 años yo tenía un amigo en Dinamarca que me dijo: “Mira, hay un pasaje barato a Venezuela”. Y yo pensé que era buenísimo, aunque le pregunté si Caracas no era un poco peligrosa.

Él me respondió: “Bueno, yo voy, pero si tienes miedo, quédate”.

Yo era jovencito y pensé: “No tengo miedo. Si él va, yo también”. Así que compré mi pasaje.

Después le dije que teníamos que planificar el viaje y él me preguntó: “¿Qué viaje?”. Le dije: “El viaje a Venezuela”. Y respondió que nadie iba a Caracas, que era una de las ciudades más peligrosas del mundo y que todo había sido una broma.

Me dijo: “Si yo te hubiera dicho que vamos a Somalia, ¿también habrías comprado el pasaje?”. Y yo le contesté: “Sí, porque confío en ti”.

No sabía qué hacer.

El día antes del viaje estaba caminando por una calle en Dinamarca y me crucé con una mujer hablando español con su hijo. Yo no hablaba nada de español, pero reconocí el idioma. Le pregunté en inglés de dónde era y me dijo que era venezolana.

Le conté que viajaba al día siguiente. Me pidió mi número y pensé que lo hacía por cortesía, pero una hora después recibí una llamada de un familiar suyo. Terminaron organizando para que me fueran a buscar al aeropuerto de Caracas.

Imagínate: el papá de la novia del hermano de una desconocida con la que me había cruzado en una calle de Dinamarca me esperaba en el aeropuerto. Me llevó a su casa y me dijo: “Como eres amigo de la familia, mi casa es tu casa”.

Creo que eso es algo muy latino, esa forma de recibir a las personas.

Era febrero. Dinamarca estaba oscura, hacía frío, y de repente yo estaba entre todos esos colores, sonidos y el Ávila. Del otro lado estaba el mar Caribe. Era como un sueño.

Después de un par de semanas regresé a Dinamarca y pensé: “No puedo vivir aquí si existe un lugar así”. Unos meses más tarde me mudé a Venezuela. Viví allí aproximadamente un año, después me fui a Buenos Aires y terminé pasando unos siete años en América Latina.

—¿Qué encontró en Venezuela y Argentina que sintió que debía convertirse en literatura?

—Creo que lo interesante como escritor es que estás tratando de representar una realidad. Lo que sucede con tu propia sociedad es que a veces resulta difícil verla con claridad, porque tu propia cultura es como tu familia. Forma parte de ti.

Entonces todo te parece normal.

Cuando te mudas, no importa si es a Latinoamérica o a cualquier lugar que no sea tu país, puedes observar la naturaleza humana de una manera más clara.

La hipocresía humana, por ejemplo, es algo que aparece mucho en mi primer libro. Creo que puedes verla con más claridad cuando no estás dentro de tu propia sociedad.

—En “La Victoria”, Camilo comienza buscando a su esposa y sus hijas, pero termina confrontando muchas de sus propias certezas. ¿A veces necesitamos perder algo para descubrir quiénes somos?

—Creo que sí. Sin entrar en demasiados detalles del libro, cuando perdemos algo ocurre un choque y ese choque mueve todo dentro de nosotros.

Lo interesante es cómo reaccionamos.

Puede suceder que cambiemos, pero también puede pasar lo contrario: que nos aferremos todavía más a aquello en lo que ya creíamos.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de “La Victoria”?

—Mi manera de escribir no es muy estructurada. No estoy pensando constantemente en estructura. Escribo lo que sale.

Escribí La Victoria mientras vivía en Buenos Aires y la escribí en danés. Era un poco extraño escribir una historia con realismo mágico y tan atravesada por Latinoamérica, pero hacerlo en danés.

Cuando terminé no sabía qué iba a hacer con ella. Tampoco estaba pensando: “Esta es una buena idea, ¿cómo voy a publicarla?”. Solamente escribí lo que salió.

La vida es una cosa muy rara y uno nunca sabe qué va a pasar. Años después estaba nuevamente en Dinamarca con el libro, lo mandé a editoriales y finalmente se publicó, gracias a Dios, aunque lo había escrito unos diez años antes.

—¿Qué cambió durante esa década? ¿La realidad descrita en el libro continúa vigente?

—Creo que sí, y para mí esa es una de las fortalezas de la manera en que escribo. Yo no trato de escribir exclusivamente para el tiempo en el que vivimos.

No estoy mirando demasiado las olas que pasan en la literatura o en el arte para intentar hacer aquello que se vende ahora.

Puede ser una buena estrategia si quieres un éxito rápido, pero corres el riesgo de que dentro de 15 años nadie quiera leer lo que escribiste porque solamente tenía sentido en ese momento.

Si escribes sobre algo más humano, algo que toca un poco más profundamente, puede sobrevivir. Puede leerse dentro de 20 o 30 años y seguir siendo relevante.

Yo también he cambiado. Hoy tengo más confianza en lo que hago.

Por ejemplo, el libro fue escrito en danés, pero contiene palabras en español, y la edición danesa tiene un glosario al final. Si lo hiciera hoy, probablemente no incluiría el glosario.

Cuando un texto danés contiene una frase en inglés nadie piensa que hay que traducirla; simplemente se asume que debes entenderla porque es un idioma mundial. Entonces, ¿por qué no puede pasar lo mismo con el español? Si no conoces una palabra, apréndela.

—Se suele asociar el realismo mágico con América Latina. Usted discrepa. ¿Por qué?

—No lo veo como algo latinoamericano; lo veo como algo mundial. Incluso la expresión “realismo mágico” me parece muy europea.

Desde cierto punto de vista europeo es como decir: nosotros estamos aquí, esto es el realismo, y si aparece un fantasma entonces eso es magia.

Pero en Latinoamérica, Asia, África o Medio Oriente, si pasa un fantasma puede ser tan real como nosotros. Esa manera de contar historias existe en muchísimas partes del mundo. Hace cien años también existía en Europa.

Una vez me invitaron a una feria literaria en Ghana y una mujer del público me dijo: “Yo nunca he estado en Latinoamérica, ¿pero estás seguro de que esto es Latinoamérica? A mí me parece muy africano”.

Le respondí justamente esto: esa manera de entender el mundo existe en muchas partes.

En ese sentido, Estados Unidos y Europa son casi la periferia. Son ellos los raros, no necesariamente el resto del mundo.

—Su protagonista no está construido para caerle bien al lector. ¿Le interesa más que comprendan a Camilo o que lo juzguen?

—Que lo comprendan.

En actuación decimos que no tienes que amar a tu personaje, pero sí tienes que entenderlo. Creo que ocurre lo mismo en literatura.

Si juzgamos a Camilo, no vemos al Camilo que existe dentro de nosotros.

Es muy fácil decir: “Ese es un tipo malísimo y yo estoy bien”. Pero creo que el ser humano tiene una enorme facilidad para juzgar el pecado de los demás.

Si yo robo puedo decir: “Bueno, yo robo, pero por lo menos no soy corrupto”. El corrupto puede mirar al ladrón y pensar: “Yo jamás haría eso”. Incluso quien ha cometido algo peor puede encontrar otra conducta ajena que le permita sentirse moralmente superior.

Así somos.

Es muy fácil juzgar el pecado que no es el nuestro. Por eso quiero que cuando la gente lea sobre Camilo o sobre los demás personajes pueda reconocer alguna parte de ellos en su propio corazón.

—La novela aborda patriarcado, religión, superstición, clase y libertad individual. ¿Hasta qué punto una cultura explica nuestro comportamiento y cuándo empieza a convertirse en una excusa?

—Creo que van de la mano.

La cultura es algo muy importante. Puedes decir que son las paredes de la casa en la que vivimos.

Pero es verdad que también puede convertirse muchas veces en una excusa. Creo que la moral debería ser un filtro para la cultura.

La moral no tiene que llegar para cambiar completamente una cultura, pero sí debería filtrarla para que permanezcan las cosas buenas y podamos cuestionar aquellas que no lo son.

Eso puede ser muy difícil con nuestra propia cultura porque la tenemos demasiado cerca.

También por eso, como escritor, a veces es más fácil escribir sobre algo que no es completamente tuyo: cuando lo tienes demasiado cerca resulta difícil observarlo con claridad.

—Usted es extranjero escribiendo sobre Venezuela. ¿Dónde coloca la frontera entre observar profundamente una cultura y apropiarse de una historia que pertenece a otros?

—Es una pregunta interesante precisamente por esto de la claridad.

Recuerdo que cuando estaba en Venezuela una mujer me dijo que la situación para las mujeres en Afganistán era difícil. Yo le respondí que imaginaba que sí, pero que en Venezuela también había cosas que podían cuestionarse.

Le puse un ejemplo relacionado con cómo ciertas familias normalizaban cirugías estéticas como regalos para adolescentes. Para ella no había nada extraño en eso. Para mí, habiendo nacido y crecido en Dinamarca, era algo muy difícil de entender.

Y seguramente existen cosas iguales en mi cultura danesa que yo no percibo o en la cultura pastún que tampoco veo porque forman parte de mi normalidad.

Ahora, si yo quisiera escribir sobre Uganda sin haber vivido allí y sin saber nada del país, probablemente terminaría escribiendo desde una mirada exótica. Eso sería distinto.

Pero si conoces un lugar y has vivido allí, creo que sí puedes escribirlo.

Además está el otro lado de la pregunta: si yo no puedo escribir sobre Venezuela porque no soy venezolano, entonces un actor venezolano tampoco podría participar en una obra de Shakespeare porque Shakespeare era inglés.

¿Dónde colocamos esas fronteras?

Creo que el arte debería cruzarlas en lugar de hacerlas más gruesas.

—¿Hubo algo sobre Venezuela que creyó comprender al llegar y que después entendió de otra manera?

—Cuando llegué no hablaba español; solamente inglés. Yo quería entender la sociedad, la política, todo, y hablaba con la gente.

Pero si solamente hablas inglés en un país como Venezuela probablemente tus conversaciones se limitarán a determinados sectores, principalmente clase media alta hacia arriba. Eso solamente te ofrece un punto de vista.

Yo sentía que entendía la sociedad porque tenía amigos y personas con quienes conversar, pero cuando aprendí español pude hablar con otros sectores sociales.

Eso me dio una mirada mucho más realista.

Y no ocurre solamente con el idioma. Pasa dentro de cada país: tienes tu grupo, que puede pertenecer a una determinada clase social o compartir tu posición política, y desde ahí intentas entender toda la sociedad.

Eso también dificulta comprender nuestro propio país.

Cuanto más tiempo pasé allí, más fui aprendiendo. Después de irme, además, regresaba a Venezuela casi todos los años.

—¿Cuál ha sido uno de los prejuicios más importantes de los que ha tenido que desprenderse?

—En Dinamarca y en muchos países europeos existe la idea de que si naciste y creciste allí, pero tienes raíces de otra parte, eres “segunda generación de inmigrantes”. Y tus hijos serán “tercera generación”.

Cuando haces arte también aparece una expectativa: si eres segunda generación de inmigrantes, tu obra debe hablar de inmigración o del lugar del que viene tu padre.

Para mí, como artista, era muy importante liberarme de eso.

También fue una de las razones por las que quería que La Victoria fuera mi primer libro.

Cuando lo enviaba a editoriales en Dinamarca surgía la pregunta de quién puede contar qué historia. Me preguntaban si era latino.

Y eso me parecía interesante porque un danés rubio aparentemente puede escribir sobre Latinoamérica, Medio Oriente, África, Europa o lo que le dé la gana.

Pero si perteneces a una minoría parece que el latino solamente puede escribir sobre Latinoamérica, el africano sobre África, el afgano sobre Afganistán y el asiático sobre Asia.

En la práctica terminas creando un mundo en el que un grupo puede contar todas las historias y las minorías solamente pueden contarse a sí mismas.

Yo quería romper con eso.

—¿Cómo ha influido esa etiqueta de “segunda generación de inmigrantes” en su propia identidad?

—Con las personas normales, gracias a Dios, nunca tuve grandes experiencias de racismo en Dinamarca. Pero durante los últimos 25 años el discurso político y mediático sobre inmigrantes y segunda generación de inmigrantes ha sido constante.

Aunque no necesariamente lo experimentes todos los días en tu vida personal, llega un momento en que piensas: “Entonces, ¿quién soy?”.

Yo nací y crecí en Dinamarca. No crecí en Afganistán; nunca he vivido en Afganistán.

Antes decía que era mitad y mitad. Ahora digo que soy danés-pastún, porque soy las dos cosas.

No soy una versión amputada de un danés ni una versión amputada de un afgano. Siento que tengo una doble identidad y para mí eso es incluso mejor que ser solamente una cosa.

—En un momento en que consumimos información cada vez más rápido, ¿para qué sirve todavía la literatura?

—Por esa misma razón creo que sirve aún más que antes.

Ahora es tan difícil para la gente enfocarse en algo. Y me parece una lástima que eso también empiece a entrar en la literatura, que cada vez sea más fácil sacar un libro sin mucha profundidad o que no demande demasiado de quien lo lee.

Creo que es importante que exista una ola que vaya en contra de los reels, TikTok y todo eso.

—También es actor. Un actor habita personajes creados por otros y un escritor crea personajes que otros terminarán habitando. ¿Cuál de esas experiencias lo hace sentirse más vulnerable?

—Es mucho más vulnerable escribir.

Cuando estás actuando y a alguien no le gusta el personaje que interpretas puedes decir: “Yo solamente acepté el papel. Otra persona lo creó”.

Cuando escribes sucede otra cosa. La gente piensa: “Tú debes ser alguna de estas personas”, “esto tiene que ser lo que verdaderamente piensas” o “si escribiste sobre esto, ¿será porque lo defiendes?”.

Por eso escribir me parece mucho más vulnerable.

También entendí que es imposible hacer feliz a todo el mundo.

Cuando publiqué el libro, un medio danés muy de izquierda cuestionaba que, según ellos, yo estaba promoviendo demasiado la religión. Yo pensaba: “Ni siquiera estoy tratando de promover nada y, además, el libro habla principalmente del catolicismo cuando yo soy musulmán”.

Después, desde otro sector ideológico, me dijeron que el libro era blasfemo.

Entonces pensaba: ¿cómo puede estar promoviendo la religión y al mismo tiempo ser blasfemo?

La gente interpreta una obra desde sus propias experiencias.

Por eso tomé una decisión: no voy a defender mi obra. Una vez sale, adquiere vida propia y cada persona puede pensar lo que quiera sobre ella.

—¿Cuánto de nuestra identidad escogemos y cuánto nos viene impuesto por familia, cultura, religión o sociedad?

—Creo que nacemos con algo verdadero dentro de nosotros y que durante la vida se van colocando capa tras capa todas esas otras cosas: cultura, familia, sociedad.

Lo difícil de vivir es reencontrar esa especie de alma, eso que es real o verdadero y que no viene necesariamente de tu cultura o tu familia.

—”La Victoria” nació de su experiencia latinoamericana, pero llegó primero a lectores europeos. ¿Qué significa traer ahora la historia nuevamente a América Latina?

—Ni siquiera puedo explicar lo feliz que estoy de estar aquí por esa razón.

Cuando salió en Dinamarca estaba feliz y agradecido, y también cuando empezó a llegar a otros países. Pero hay algo especial en llevar una historia latina nuevamente a Latinoamérica.

Siento que llegó a casa.

También me interesa muchísimo ver cómo la recibe el público latinoamericano.

En Ghana una persona me decía: “Esta historia parece de Ghana”. Ahora la están traduciendo al portugués y un brasileño me dijo: “Esta historia es tan brasileña”.

Me ha sucedido en distintos países.

Ahora quiero ver si las personas de la parte de Latinoamérica que habla español también sienten: “Sí, esto es de aquí”.

—Comentó que su padre es de origen afgano. Frente a la realidad que actualmente se atribuye a este país, especialmente para las mujeres, ¿cómo observa usted esa situación?

—Primero debo aclarar que mi papá es pastún y pertenece al mismo pueblo que vive también en Afganistán, pero viene del lado pakistaní de la frontera. Geográficamente, cuando voy a la tierra de mi familia, estoy en Pakistán.

Nunca he estado en Afganistán, así que me resulta difícil hablar sobre una realidad que no conozco con mis propios ojos.

Obviamente leo los periódicos y conozco lo que se informa. No creo que sea fácil ser mujer en Afganistán ahora. Pero también creo que tenemos que recordar que Estados Unidos y muchos países europeos estuvieron aproximadamente 20 años en guerra allí.

Y eso no es un apoyo al gobierno actual. Significa simplemente que, cuando analizamos un lugar, tenemos que mirar la realidad completa.

Había mejores oportunidades para que las mujeres estudiaran durante ese periodo, eso es verdad. Pero fueron también veinte años de guerra, con una población sometida a violencia y destrucción.

Me parece importante hablar de todas esas cosas porque de lo contrario el análisis pierde profundidad y se puede terminar insinuando que la guerra fue buena o que valió la pena. Yo nunca creo que la guerra sea una buena solución.

Afganistán ha sufrido décadas de conflicto: guerra contra la Unión Soviética, guerra civil y después otros veinte años de guerra.

Imagínate una sociedad en la que una persona de 50 años prácticamente solamente ha conocido unos pocos años de paz.

Es profundamente triste.

Y creo que la realidad actual no fue creada solamente por quienes están hoy en el gobierno. También es consecuencia de décadas de guerra y destrucción.

—Después de haber vivido entre tantos países, idiomas y culturas, ¿qué ha descubierto que todos los seres humanos tenemos en común?

—Creo que tenemos casi todo en común.

La gente normal en todos los países quiere vivir en paz, quiere una vida con familia, una vida con amor y quiere poder sobrevivir dentro de su sociedad.

No creo que eso sea solamente de hoy. Probablemente era igual hace cien años o hace mil.

En ese sentido, el ser humano es muy parecido. Lo que queremos es más o menos lo mismo.

Y justamente por eso me entristecen tanto las guerras.

Siempre pienso: ¿cuándo ha ganado algo la población normal en una guerra?

Es gente en el poder de un lado luchando contra gente en el poder del otro.

Los que pierden siempre son la gente normal.