El icónico Monte Fuji

El Monte Fuji entró en la lista de Patrimonio Cultural Mundial de la UNESCO el 22 de junio de 2013. Cedida
  • 04/10/2026 00:00

Para los budistas el nacimiento del Monte Fuji fue durante el período Jomon (14,500 aec - 300 aec)

Probablemente uno de los volcanes más famosos en el mundo sea el Monte Fuji. Con sus 3776 metros de altura se impone no solo en la geografía japonesa sino también en la psique global. El Fujisan, como se le conoce en Japón desde tiempos inmemoriales, ha formado parte de las tradiciones, cultura visual y mitos del país del sol naciente. Hoy lo conoceremos un poco más.

Algo de Historia

Cuando hablamos del Fujisan —Monte Fuji— no lo hacemos de cualquier volcán, sino del que entró en la lista de Patrimonio Cultural Mundial de la UNESCO el 22 de junio de 2013, y forma parte del Sanreizan —tres montañas sagradas— junto con los monte Haku y Tate.

El culto a las montañas tuvo su nacimiento durante el período Nara (710-794) y el estatus de montaña sagrada surge con las creencias del Shugendo —Vía, Prueba y Práctica—, amalgama de budismo, sintoísmo y taoísmo.

Para los budistas el nacimiento del Monte Fuji fue durante el período Jomon (14,500 aec - 300 aec), consagrado a la diosa Sengen-Sama, también conocida como Konohanasakuya-hime, hija de Ohoyamatsumi, el dios de la montaña, y su esposa, la diosa Nigini.

En su cima existe un santuario dedicado a la diosa y en agosto los peregrinos escalan a la población de Fujijoshida para presenciar el Yoshida no Himatsuri —Festival de fuego de Yoshida—, en que se rinde homenaje al santuario de la diosa para implorar que el volcán no haga erupción. La última vez que el Monte Fuji mostró su furia fue el 16 de diciembre de 1707 durante la conocida «Erupción Hoei».

Existen muchas leyendas sobre la procedencia de su nombre así que dependiendo de sus kanjis el significado puede ser «Inmortal», «muchos soldados», «sin igual» o «interminable». Sea cual fuese el origen, lo cierto es que su atractivo visual es inigualable. El cono que está cubierto de nieve cinco meses al año y desde el período Edo (1603-1868), cuando la capital del Japón se mudó a Edo —actual Tokyo—, en los días soleados se podía apreciar desde varias de las vías que conformaban la Gokaido —cinco carreteras—. Fue entonces cuando atrajo las miradas de las diversas artes culturales que ya florecían en dicha época.

Una montaña sagrada no podía ser escalada por mujeres, pero para el período Meiji (1868-1912) esto cambió gracias, como comenta Lindsey DeWitt en su artículo «Visualizando y observando la exclusión de las mujeres de las montañas sagradas en Japón», en mayo de 1872, mediante edicto el Gran Consejo de Estado determinó: «Se abolirá inmediatamente cualquier práctica remanente de exclusión femenina en tierras de santuarios y templos, y se permitirá escalar montañas para adorar.»

El culto a las montañas tuvo su nacimiento durante el período Nara.
En la actualidad

El Monte Fuji es un icono reconocido mundialmente, fue inspiración del afamado Katsushika Hokusai (1760-1849), quien lo retrató en su serie de Ukiyo-e —xilografía— «Treinta y seis vistas del Monte Fuji» —que en realidad eran cuarenta—, así como también en diversas poesías, incluidas las del famoso Matsuo Basho (1644-1694):

Joyas de aguacayendo en un sueño,reino de magiaEl sol golpea su frenteen la cima del Monte Fuji.

Un culto que data del período Edo anima a sus seguidores a escalar el monte, el Fuji-ko, en nuestros días se encuentra integrado al sintoísmo y se dice que las personas que escalan el volcán tendrán un renacimiento, serán purificadas y por tanto «capaces de encontrar la felicidad».

Como contraste, en sus llanuras está el bosque de Aokigahara, del que las leyendas cuentan que allí residen Oni —ogros, demonios—, Yurei —fantasmas— y Yokais —monstruos—. A finales del período Edo Japón sufrió hambrunas interminables y las familias muy pobres se vieron obligadas a abandonar a los ancianos y niños pequeños con la esperanza de que fuesen acogidos por la diosa Sengen-Sama, situación que Shohei Imamura nos relata en «La balada de Narayama» (Narayama bushiko, 1983).

El Monte Fuji es un icono reconocido mundialmente, fue inspiración del afamado Katsushika Hokusai (1760-1849).

El Monte Fuji es la tarjeta de presentación del Japón, símbolo que se utiliza para identificar al país no solo en el exterior sino también internamente. Para los japoneses existen diferentes Fuji, dependiendo de la época del año, hora o lugar desde el que se observa. No se sorprenda cuando le hablen del «Fuji al revés», que aparece en los billetes de mil yenes y que se aprecia en la región de los cinco lagos —Kawaguchiko, Motosuko, Saiko, Yamanakako y Shojiko— cuando se refleja en las mansas aguas, o el Aka Fuji —Fuji rojo— trabajado en xilografía por Hokusai, que a finales del verano y principios de otoño deslumbra al atardecer.

Dos que dependen del sol y la luna son los «Fuji diamante» y «Fuji perla», el primero puede apreciarse cuando el ápice del monte se superpone al sol y el segundo cuando la luna llena está justo encima del cráter. La leyenda dice que soñar con el Monte Fuji la primera noche del año trae buena fortuna durante el resto del año.

Si usted desea que el Fuji sea parte integral de su vida, puede realizar una ceremonia de bodas sintoístas en el pequeño santuario de Fujisan Hongu Sengen Taisha. No podemos despedirnos sin mencionar que existen las versiones kawaii —adorable, bonito, encantador— del mismo que nos hacen olvidar por un momento que se trata de un volcán.

El Monte Fuji es conocido a nivel mundial, aunque en lo personal prefiero recordarlo junto al kaiju —monstruo gigante— Godzilla, ya que ambos han protagonizado no menos de diecinueve películas donde el impasible volcán presencia las luchas del otro gigante japonés.

Rolando José Rodríguez De León es Doctor en Comunicación Audiovisual y Vicedecano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Panamá.