Más allá de los escombros: cómo sanar las heridas psicológicas que dejan los terremotos en Venezuela

La catástrofe de Venezuela es capaz de dejar secuelas psicológicas en quienes sobrevivieron.
La psicóloga María Claudia Uribe recomienda dosificar la información sobre la tragedia, a fin de evitar la prolongación de la angustia.
  • 03/07/2026 00:00

La profesional de la salud mental, María Claudia Uribe, destaca que la atención emocional es tan esencial como la física, ya que ayuda a restablecer la capacidad de afrontamiento, reducir el trauma colectivo y prevenir secuelas más profundas

La tragedia que ha marcado en la última semana y media a Venezuela, a raíz de los sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 que derrumbaron edificios enteros y dejaron miles de muertos, es capaz de desencadenar un trauma colectivo cuyas heridas serán difíciles de sanar. Especialmente entre quienes perdieron a un ser querido o incluso sienten culpa por haber sobrevivido a una catástrofe de la que otros no pudieron salir con vida.

La psicóloga María Claudia Uribe, especialista en el manejo del duelo, aseguró en entrevista con La Estrella de Panamá que los primeros auxilios en tragedias de esta magnitud también deberían ser psicológicos, al igual que se vela por la integridad física de una víctima de un suceso de esta índole. Se trata de una labor cuyo objetivo primordial es restablecer la capacidad de la persona para afrontar un momento difícil como este.

“Todos estamos preparados para afrontar situaciones muy difíciles, incluso tragedias. Sin embargo, esa capacidad puede perderse temporalmente cuando nos sentimos sobrecargados y sobrepasados por lo ocurrido. La idea es ayudar a la persona a recuperar esa capacidad”, señaló.

Los primeros auxilios de salud mental

Los primeros auxilios de salud mental son esenciales y deben estar dirigidos a transmitir calma y seguridad a la persona que se encuentra en un cuadro de ‘shock’ tras afrontar los sismos, según Uribe.

“Para lograrlo es necesario facilitar la expresión de las emociones. Muchas veces, cuando estamos frente a alguien que está sufriendo, nuestra tendencia natural es querer sacarlo rápidamente de ese sufrimiento, evitar que hable de lo que le duele o tratar de darle una perspectiva más positiva. Sin embargo, las personas necesitan sentirse escuchadas y comprendidas desde lo que están viviendo y sintiendo”, explicó.

En ese sentido, Uribe sugiere que quien esté dispuesto a ayudar a otra persona en un cuadro psicológico complejo tras una tragedia realice primero una autoevaluación, sin importar si se trata de un profesional de la salud, un bombero, un rescatista, un familiar o cualquier persona con disposición de ayudar.

“Es importante preguntarse si se tiene la capacidad de mantenerse en calma para poder transmitir esa calma y seguridad. Tampoco podemos hablar de primeros auxilios sin observar el estado de salud mental de la persona. Hay que preguntarse: ¿cómo se encuentra en este momento?, ¿cuáles son sus necesidades más urgentes?, empezando por su integridad física: si está en un lugar seguro, si tiene acceso a agua, atención médica o un espacio adecuado para descansar, especialmente si se encuentra en un refugio temporal”, destacó.

La especialista subrayó que la escucha empática y sin prejuicios es esencial para ayudar a la persona a regularse emocionalmente ante una situación de tal magnitud.

“También debemos cuidar nuestro tono de voz, nuestro ritmo al hablar y la manera en que nos relacionamos con ella. Tenemos lo que se conoce como neuronas espejo, por lo que, en la medida en que estamos calmados, podemos transmitir parte de esa calma. Si estamos alterados, acelerados o angustiados, podemos transmitir lo contrario y desregular aún más a quien intentamos ayudar”, explicó Uribe, quien insistió en la importancia de validar las emociones del otro, ya que el nerviosismo y la angustia son reacciones normales ante un panorama de este tipo.

Frases como “Estoy aquí contigo”, “Entiendo que tienes miedo” o “Es completamente normal sentirse así” son claves para consolar a quien necesita ayuda.

Uribe también hizo un llamado a retomar las técnicas de estabilización utilizadas durante el confinamiento por la pandemia de 2020, como pedir a la persona que identifique cinco cosas que puede ver, cuatro texturas que puede tocar, tres sonidos que puede escuchar, dos olores y un sabor. Estas estrategias ayudan a redirigir la atención hacia elementos del entorno que representan seguridad, ya que el cerebro tiende a concentrarse en aquello que genera angustia.

“Después de un evento amenazante, el cerebro permanece recreando constantemente lo ocurrido. Por eso es importante ponerle nombre a lo que está pasando, expresar las emociones y, al mismo tiempo, conectar con elementos que generen seguridad, como la voz de quien acompaña, las personas cercanas o el entorno cuando este ya es seguro”, recordó.

La respiración también puede ser una herramienta muy útil. Se puede invitar a la persona a inhalar durante cuatro tiempos, hacer una pausa de dos tiempos y exhalar durante otros cuatro tiempos, lo que ayuda a recuperar cierta calma en momentos de desasosiego.

La especialista en duelo también hizo un llamado a contar con redes de apoyo e informarse a través de fuentes confiables. Asimismo, recomendó la dosificación de la información, ya que en estos contextos tanto las víctimas como la ciudadanía pueden saturarse con el flujo constante de noticias en redes sociales.

“Aunque exista la necesidad de saber qué está pasando, ese exceso de información muchas veces aumenta la angustia”, recalcó Uribe.

La asimilación de la pérdida

La especialista recordó que el duelo es, ante todo, un proceso. Si bien la pérdida de un ser querido puede ocurrir de forma inmediata, la asimilación emocional de quien mantenía un vínculo afectivo con esa persona puede tomar mucho tiempo. Cuando, además, la pérdida ocurre en el contexto de una catástrofe natural y existe la distancia —por ejemplo, personas que están en Panamá mientras su familiar fallece en Venezuela— el desafío es todavía mayor. En estos casos, al cerebro le resulta más difícil asimilar una realidad que no puede observar directamente.

“En estos casos aparecen algunos elementos adicionales. Cuando nos enteramos de una muerte súbita, violenta y caótica, la mente suele recrear constantemente el escenario de la tragedia. Como no estuvimos allí, tratamos de imaginar qué ocurrió: qué sintió la persona, si sufrió, cuánto tiempo estuvo atrapada, qué pensó en esos momentos. Surgen imágenes intrusivas que aumentan la carga emocional”, describió Uribe.

La psicóloga explicó que este tipo de pensamientos forman parte del proceso de asimilación del duelo, pero pueden intensificarse cuando la muerte ha sido súbita, violenta y caótica. Al no haber estado presentes, las personas tienden a reconstruir mentalmente lo ocurrido, lo que incrementa la aparición de imágenes intrusivas y la carga emocional.

A esto se suma la pérdida de los rituales de despedida, que afecta a quienes no pueden estar presentes en el sepelio de su ser querido o no pueden ver el cuerpo del fallecido, lo que prolonga la asimilación de la pérdida y puede reforzar la negación de lo ocurrido.

También es frecuente la aparición del sentimiento de culpa del sobreviviente. La persona puede cuestionarse por estar a salvo mientras su familiar sufrió la tragedia. Este sentimiento suele agravarse cuando existen dificultades para viajar, ya sea por la situación del país, limitaciones económicas, el estatus migratorio o el colapso de la infraestructura, lo que incrementa la sensación de impotencia.

“En general, ante situaciones tan dolorosas tendemos a creer que teníamos algún control sobre lo ocurrido. Pensamos: ‘Si hubiera hecho esto’, ‘Si hubiera estado allí’, ‘Si no hubiera salido’. Desde la salud mental trabajamos precisamente en cuestionar esa ilusión de control. Ayudamos a la persona a comprender que haber sobrevivido no fue un acto de egoísmo, sino una circunstancia completamente ajena a su voluntad. No tenemos control sobre cuándo ocurren las tragedias, a quién afectan ni de qué manera. Por supuesto, el dolor del sobreviviente es real y merece ser validado. Haber sobrevivido no hace que su sufrimiento sea menor; la persona también ha vivido una experiencia profundamente traumática. El trabajo terapéutico consiste en ayudarla a elaborar esos sentimientos, comprender de dónde provienen y aceptar que muchas de las circunstancias escapaban totalmente a su control”, dijo.

La salud mental como respuesta a la tragedia

La atención en salud mental es tan importante como la atención física durante una catástrofe y debe formar parte de la respuesta desde los primeros momentos de la emergencia, según Uribe. Contar con equipos especializados y una preparación previa ayuda a prevenir que el impacto psicológico se agrave, facilita la recuperación física y permite que las personas actúen con mayor claridad para protegerse y seguir las indicaciones de los equipos de rescate. Por ello, considera fundamental que la salud mental sea parte integral de la atención inmediata a las víctimas de este tipo de catástrofes.

“Cuando la salud mental no es atendida, la persona afectada aumenta el riesgo de desarrollar problemas psicológicos más persistentes y también puede dificultar la recuperación física. Una persona en estado de pánico extremo puede tener dificultades para pensar con claridad, seguir instrucciones de evacuación, ponerse a salvo o proteger a sus familiares. Incluso puede aumentar el riesgo de sufrir lesiones adicionales o perder la vida. (...) Es fundamental incorporar la atención en salud mental como parte de la respuesta integral ante cualquier desastre. No solo favorece la recuperación individual, sino también la recuperación de toda la comunidad”, alertó.

María Claudia Uribe
Psicóloga
Cuando la salud mental no es atendida, la persona afectada aumenta el riesgo de desarrollar problemas psicológicos más persistentes y también puede dificultar la recuperación física.”