Natá entra en ‘Las Meninas’: el barro panameño que pudo llegar a la corte de Velázquez

‘Las Meninas’ (1656), Diego Velázquez.
Ese objeto, aparentemente insignificante en la obra, es un búcaro. Ese búcaro podría tener su origen en Natá de los Caballeros.
  • 13/08/2026 00:00

Nuevas investigaciones sitúan a Natá de los Caballeros entre los centros productores de búcaros, las vasijas de barro que la aristocracia de los siglos XVII y XVIII utilizaba para beber agua y, en algunos casos, ingería como parte de sus rituales de belleza. El hallazgo abre una conexión inédita entre Panamá, las redes comerciales del mundo hispánico y el pequeño recipiente inmortalizado por Velázquez en ‘Las Meninas’

En una de las pinturas más estudiadas de la historia del arte occidental, hay una peculiar escena que durante siglos pasó casi desapercibida. En ‘Las Meninas’ (1656), Diego Velázquez representó a la infanta Margarita rodeada de sus damas de honor. Una de ellas, María Agustina Sarmiento, se inclina para ofrecerle un pequeño recipiente de barro sobre una bandeja de plata. Ese objeto, aparentemente insignificante, es un búcaro.

Ese detalle abre una puerta fascinante hacia una de las costumbres más singulares de la Europa barroca: la bucarofagia, es decir, la práctica de ingerir barro procedente de recipientes cerámicos especialmente apreciados por la aristocracia de los siglos XVII y XVIII, como secreto de belleza, una finalidad que ahora vemos como inaudita.

Durante mucho tiempo los búcaros fueron considerados simples vasijas destinadas a conservar y refrescar el agua. Sin embargo, según las investigaciones de la historiadora de arte Natacha Seseña (1931-2011), que fue quien acuñó el término “bucarofagia”, el consumo de barro de los búcaros, especialmente los procedentes de América, se realizaba principalmente para lograr una tez extremadamente pálida, considerada el ideal de belleza de la época.

Las investigaciones recientes dirigidas por Andrés Gutiérrez Usillos, director del Museo de América de Madrid y curador, ahondan en el complejo papel que estos objetos desempeñaron en la cultura cortesana. La exposición “Búcaros. Valor del agua y exaltación de los sentidos en los siglos XVII y XVIII”, presentada en el Museo de América, ha permitido revisar muchas de las ideas tradicionales sobre estas piezas.

Según Gutiérrez Usillos, los búcaros constituyen un fenómeno cultural global que permite comprender las relaciones entre agua, sensualidad, prestigio social y cultura material en el mundo hispánico de los siglos XVII y XVIII.

Según explica Gutiérrez Usillos, la investigación surgió a partir de una colección histórica de búcaros conservada en el museo, procedente del legado de la Condesa de Oñate. El proyecto buscaba responder preguntas que los historiadores llevaban décadas formulándose: ¿para qué servían realmente los búcaros?, ¿por qué algunas personas ingerían el barro?, ¿qué tipo de arcilla se consumía?, ¿era una práctica exclusivamente femenina o también masculina? Las respuestas han revelado un mundo inesperado.

Éstos búcaros, más que meros recipientes para beber agua, estaban elaborados con arcillas aromáticas que perfumaban el líquido y le conferían un sabor particular. Pero lo más sorprendente era que algunas mujeres de la nobleza consumían pequeños fragmentos de cerámica. Los cronistas de la época describieron cómo ciertas damas mordían los bordes de los recipientes o ingerían diminutas porciones de barro. Esta práctica estaba asociada a los ideales de belleza del Barroco. Se creía que el consumo de determinadas arcillas contribuía a blanquear la piel y a reducir el apetito, cualidades muy valoradas entre las mujeres de la aristocracia.

Durante décadas se pensó que la mayoría procedía de Tonalá, en México. Sin embargo, las nuevas investigaciones han identificado diversos centros productores distribuidos por el mundo hispánico, entre ellos Portugal, Extremadura, Cuautitlán y, de manera particularmente significativa para Panamá, Natá de los Caballeros.

Este descubrimiento adquiere especial importancia para la historia cultural panameña. La presencia de Natá entre los centros productores sugiere que el istmo pudo haber participado en una red comercial y artística que conectaba América con las principales cortes europeas. Las pequeñas vasijas que circulaban por Madrid, Lisboa o Sevilla podrían haber compartido origen con cerámicas elaboradas en territorio panameño.

Una de las figuras clave en esta nueva etapa de investigación es el arqueólogo de la Universidad del País Vasco Javier García Iñáñez, que junto a la Alcaldía de Natá, en conjunto con el Centro de Investigaciones Históricas, Antropológicas y Culturales (CIHAC-AIP) y el Centro Regional de Coclé de la Universidad de Panamá, ofrece hoy (13 de agosto) la conferencia ‘Natá para el mundo: Búcaros, la cerámica que se come’, un interesante recorrido por una de las expresiones más singulares de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Mientras Gutiérrez Usillos ha reconstruido la dimensión histórica y cultural de los búcaros, García Iñáñez ha aportado las herramientas científicas necesarias para estudiar las propias arcillas con las que fueron fabricados. A través de análisis mineralógicos, químicos y tecnológicos, García Iñáñez y otros especialistas han podido identificar procedencias, técnicas de manufactura y rutas de circulación. Gracias a estos estudios, el barro deja de ser un simple material para convertirse en una fuente documental capaz de revelar conexiones comerciales, intercambios culturales y movimientos de mercancías entre América y Europa.

La ciencia se complementa así con la historia del arte para ofrecer respuestas que los documentos escritos por sí solos no permiten obtener.

Esta combinación entre investigación histórica y análisis científico resulta especialmente valiosa cuando volvemos a contemplar ‘Las Meninas’. El pequeño búcaro que aparece en manos de la dama de honor deja de ser un accesorio decorativo. Se convierte en un testimonio material de un fenómeno cultural que involucró a artesanos americanos, comerciantes atlánticos, mujeres de la nobleza, médicos, coleccionistas y artistas.

Con estos hallazgos vemos que los búcaros no solo se miraban, también se tocaban, se olían, se empleaban para beber agua e incluso, en algunos casos, se consumían. Eran objetos capaces de activar simultáneamente varios sentidos y de expresar una compleja red de significados sociales.

Velázquez decidió incluir uno en la escena más célebre de la corte española. El pintor no podía imaginar que, casi cuatro siglos después, los investigadores tendrían que descifrar costumbres que habían pasado a ser secretos por el olvido de ciertas prácticas.

Y es precisamente ahí donde Panamá entra nuevamente en la historia. Si las investigaciones continúan confirmando el papel de Natá como centro productor de búcaros, el istmo no solo habría participado en las redes comerciales del imperio español, también habría contribuido a una cultura material que terminó inmortalizada en una de las obras maestras de la pintura universal.

La próxima vez que un visitante contemple ‘Las Meninas’, quizá ya no vea únicamente a la infanta Margarita y a su séquito. Tal vez descubra también la extraordinaria historia de un humilde recipiente de barro que viajó entre continentes, alimentó modas cortesanas y dejó su huella en la memoria artística de Occidente.